Miquel Iceta Llorens, primer secretario del PSC y uno de los más fieles valedores de Pedro Sánchez al frente del PSOE, es un líder atípico que comparte con el presidente en funciones una cualidad esencial: la resiliencia. Iceta, como Sánchez, resurgió de las cenizas para liderar el PSC roto por el cisma de los catalanistas y en caída libre electoral tres años después de haber perdido unas primarias frente a Pere Navarro, que contó con el apoyo de todos los capitanes metropolitanos con los que Iceta había compartido dirección socialista durante una década.

Tras su particular travesía en el desierto, el PSC vuelve a sentirse ahora como un partido ganador y atribuye ese éxito a su líder y la apuesta más que arriesgada que en su momento hizo Iceta por Pedro Sánchez. Sabía que con Susana Díaz y una política de confrontación dura con el nacionalismo el socialismo catalán seguiría languideciendo, y apostó a todo o nada por Sánchez en las primarias que devolvieron al actual presidente a la dirección del PSOE, convirtiéndose en uno de sus principales apoyos.

Pese a ello, hasta ahora había aceptado ningún cargo que implicara abandonar Cataluña, consciente de que la crisis en esta comunidad debe ser la prioridad del PSC. Frente a las quinielas que le otorgaban ministerios tras la moción de censura, Iceta siempre respondía que era más necesario en Barcelona. Ahora el Senado y la amenaza del 155 parecen haberle hecho cambiar de opinión, apoyado por unos resultados electorales en las generales del 28-A que validan su gestión al frente del partido.

Patinazos o globos sonda

Pese a estas credenciales, Iceta se ha convertido en las dos últimas contiendas electorales en uno de los activos más arriesgados del PSOE. Sus polémicas declaraciones sobre el modo de reconducir la crisis territorial catalana han marcado tanto las elecciones generales del pasado 28 de abril como las autonómicas de 2017 en Cataluña. Aunque muchos ven en esos teóricos «patinazos» auténticos «globos sonda» del socialista catalán para que el PSC recupere su papel central en la política catalana.

Iceta marcó el discurso de PP y Cs en el inicio de campaña gracias a la entrevista en Berria, en la que afirmó que «si  65% quiere la independencia deberá encontrar un mecanismo para encauzar esto», una afirmación que permitió asegurar a los candidatos de ambos partidos que el PSOE había pactado ya bajo mano la celebración de un referéndum independentista. Algo parecido a lo que sucedió durante la campaña de las autonómicas de 2017, convocadas por el 155, en la que avanzó su predisposición a conceder indultos a los responsables del 1-O. Una afirmación que según algunos expertos le costó en horas el apoyo de unos 100.000 votantes que se pasaron del PSC a Cs y fue una de las claves del discreto papel de los socialistas en esos comicios.

«Va a conceder un indulto a los golpistas» ha sido la pregunta que Pablo Casado y Albert Rivera han repetido a Pedro Sánchez en los debates electorales, y el enunciado de no pocos discursos de los candidatos de ambos partidos, junto al pacto secreto con los independentistas para celebrar el referéndum tras la entrevista en Berria. Cuatro días antes de publicarse, Iceta había reunido a su «consejo de sabios» en el PSC para oír sus opiniones sobre el escenario electoral y la estrategia socialista. Reunión que el propio Iceta concluyó afirmando: «ahora, sobre todo, que nadie meta la pata».

Pedro, líbranos de Rajoy

Más allá de estas afirmaciones, Iceta ha conseguido en los últimos años lo que durante mucho tiempo creyó imposible: convertirse en un líder con enorme gancho en campaña. Eso sí, a su manera. Su baile junto a Pedro Sánchez al ritmo de Queen en el cierre de campaña de las catalanas pasará a los anales como ejemplo de desinhibición que las críticas de sus rivales no han conseguido deslucir y que está en el origen de no pocas escenas similares protagonizadas, entre otras, por Soraya Sáenz de Santamaría.

Cuando se presentó por primera vez como cabeza de lista reconoció que durante años había estado convencido de que su condición de homosexual -fue el primer político español en hacerlo público- y su físico condicionarían su candidatura, pese a que ya se había revelado como uno de los mejores diputados del Parlament. Pero lo cierto es que esas cualidades no han hecho más que asentar su imagen pública.

De sus años en la segunda fila, Iceta conserva un profundo conocimiento de la política institucional y, sobre todo, de partido. Empezó en el PSC por la política municipal, como casi todos en el socialismo catalán. En la comarca del Baix Llobregat de la que han surgido gran parte de los líderes del PSC de las últimas tres décadas. Pero pronto dio el salto a Madrid, como integrante del Gabinete de Presidencia de Felipe González, con Narcís Serra de valedor y vicepresidente. Un máster en fontanería de La Moncloa del que nunca ha abjurado.

Al regresar a Barcelona, tuvo un papel clave en el ascenso de José Montilla, por entonces alcalde de Cornellà. Fue Iceta quien se lo presentó a Serra como un valor seguro para ocupar la secretaría de Organización del partido, tras la primera crisis del PSC. Cuando Montilla tomó el relevo a Serra, el equipo integrado por el ex president, Iceta en el Parlament y José Zaragoza a las riendas del partido vivió los mejores años del PSC, cuando los socialistas gobernaban en la Moncloa con José Luis Rodríguez Zapatero, la Generalitat de la mano del tripartito, y tres de las cuatro capitales catalanas.

Después vendría la pérdida del poder en Madrid y Barcelona a partir de 2010, el cisma en el partido con la salida de todo el sector catalanista liderado por Ernest Maragall, Antoni Castells o Joaquim Nadal y la dolorosa derrota interna frente a Pere Navarro. Han sido cinco años dedicados a la reconstrucción del socialismo catalán, que a partir de ahora volverá a una fórmula abandonada desde los tiempos de Narcís Serra. La de un primer secretario alejado de Barcelona por sus responsabilidades en Madrid.