Hace poco más de dos semanas, el abogado Gonzalo Boye aseguró en una entrevista con Catalunya Ràdio que Carles Puigdemont y Toni Comín estarían este martes en la sesión de apertura del Parlamento Europeo «sin duda». «No revelaremos la estrategia, entre otras cosas porque sería mucho más aburrido», dijo el letrado, que sin embargo el lunes calificó de «previsible» la decisión del Tribunal General de la UE, que rechazó las medidas cautelares solicitadas por el expresidente de la Generalitat para poder estar en el Hemiciclo. O sí que había «dudas» hace dos semanas, o la decisión de la corte de Luxemburgo no fue tan «previsible» como Boye dijo después.

En algo tuvo razón. El desenlace no fue ni mucho menos aburrido y estuvo precedido por el ya habitual ejercicio de escapismo que caracteriza los periplos de Puigdemont por Europa. Un, por momentos, ridículo juego del escondite que no condujo a nada: Puigdemont no estuvo en el Parlamento Europeo, tampoco entró en Francia por miedo a ser detenido y dejó descabezada una manifestación que reunió en las inmediaciones del Parlamento Europeo a cerca de 5.000 independentistas sin un propósito concreto.

Desde el minuto uno, el ansia de la manifestación había sido acompañar a Puigdemont, Comín y Junqueras en su entrada triunfal en la sede del parlamentarismo comunitario. Pronto se supo que no sucedería. Después, el objetivo tornó en visibilizar el desafío independentista a las puertas de las instituciones con su principal líder a la cabeza. Tampoco. Ni siquiera estuvo Quim Torra, que se quedó en Cataluña con la excusa del alto riesgo de incendios que justifica su presencia en el Palau de la Generalitat.

Puigdemont pasó el lunes y el martes en un hotel de Kehl (Alemania) mientras por redes jugaba al despiste para mantener caliente la manifestación

Para no desalentar a la tropa, Puigdemont sorprendió en la noche del lunes con una foto peculiar. Aparecía él, con camisa blanca y sonriente, posando junto a la parte trasers de un autobús rotulado en Lleida. «Muy feliz de encontrarme con la gente que ha venido de nuestro país a defender los derechos de los ciudadanos europeos. Gracias inmensas por haber venido a hacernos compañía», escribió el expresidente de la Generalitat, alimentando las dudas sobre si realmente estaba en Francia, donde corría el riesgo de que España reactivara la euroorden y reclamase su entrega.

No lo estaba. Ni lo estuvo nunca. El martes continuó el juego del despiste, esta vez por boca de su abogado. Gonzalo Boye hizo ronda de radios y televisiones para decir que Puigdemont y su comitiva se encontraban «en Alsacia». Más fuegos de artificio: Alsacia es una región históricamente disputada por Francia y Alemania, no del todo delimitada, perfecta para alimentar el relato vaporoso que rodea todos los movimientos del líder de Junts per Catalunya y su equipo jurídico.

La maniobra de despiste era tan obvia que no se le escapaba a nadie, por mucho que los abogados de Puigdemont tratasen de cebar el misterio. En una intervención en Espejo Público, Boye aseguró que se encontraban «en Alsacia, a 3 kilómetros del Parlamento Europeo». Cuando Susanna Griso dio por sentado que Puigdemont estaba, por tanto, en Alemania, el letrado reconvino a la presentadora: «Eso lo ha dicho usted».

Fotos de Google y un taxi fantasma

Griso tenía razón. Puigdemont y su equipo pasaron la noche y la mañana en un hotel de Kehl, ciudad alemana a la orilla del Rin, frontera natural que la separa de Estrasburgo y por tanto de Francia. El expresidente de la Generalitat no traspasó esa línea, mientras su equipo alertaba de la presencia «importante» de policías españoles que podían capturar a Puigdemont sin trámite judicial por un convenio firmado entre España y Francia a principios de siglo en el marco de la lucha contra ETA. Sonó a excusa.

Mientras tanto, sin embargo, Boye, convertido en estrella mediática y tuitera del procés, contribuía a la confusión tuiteando imágenes de Estrasburgo cogidas de Google junto al mensaje: «Excelente clima en Estrasburgo sol y mucha gente» [sic].

Después, toda vez hecha pública la ubicación de Puigdemont, Comín y el resto de la comitiva en un hotel alemán, el laberinto houdinesco tuvo un recoveco más. El expresidente y sus abogados se dejaron grabar por la prensa subiendo a un taxi, mientras Boye aseguraba que se dirigía a Estrasburgo junto a Josep Costa y tuiteaba fotos desde la carretera.

La parroquia independentista, dividida entre los animados por el desafío de Puigdemont y los temerosos de que pudiera ser detenido, se consumía expectante por el desenlace. Fue bastante prosaico. En algún momento, tras la tramoya, Puigdemont había bajado de ese taxi, que continuó sin él hasta la manifestación independentista, donde Boye intervino para asegurar que acabarán ganando, aunque ahora se rían de ellos.

No le escuchó Puigdemont, de nuevo en paradero desconocido, camino de Waterloo mientras Quim Torra cerraba el acto con una intervención por videoconferencia.