«De la misma manera que el centauro tenía un cerebro humano en un cuerpo no humano, ahora tenemos que intentar que ese ‘cuerpo’ electrónico cada día más poderoso se mantenga también bajo el control de la inteligencia individual». La crisis provocada por la expansión del coronavirus ha cogido a José Antonio Marina (Toledo, 1939) trabajando en Proyecto Centauro, ensayo que tiene previsto lanzar en abril y en el que seguirá transitando los intrincados senderos de la inteligencia humana.

En esta entrevista concedida a El Independiente horas antes de que Pedro Sánchez anunciara el estado de alarma, el filósofo y escritor -director de la Cátedra Nebrija sobre Inteligencia Ejecutiva y Educación- reflexiona sobre la pandemia, la actitud de los gobernantes para hacer frente a este colosal desafío sanitario y el coste que se pagará. «Puede servirnos para mostrar hasta qué punto somos vulnerables y que todos dependemos de todos», sentencia.

Pregunta.-¿Está preparada la sociedad española para hacer frente a una crisis desconocida y de enorme dimensión como ésta del coronavirus?
Respuesta.-Nadie está absolutamente preparado para una pandemia, pero creo que tenemos un sistema sanitario de gran calidad que, por desgracia, ha debilitado su capacidad clínica e investigadora por los recortes de los pasados años.

P.-¿Se ha minusvalorado la dimensión del problema y se ha reaccionado tarde teniendo cercano el caso de Italia?
R.-Es fácil hacer juicios a toro pasado. Al tomar decisiones de tanta repercusión económica y social hay que sopesar muchas cosas. Recordemos las críticas que hubo cuando se canceló el ‘Mobile World Congress’. Ahí tenemos a Gran Bretaña que no está tomando medidas. Es posible que las medidas se hubieran tenido que adelantar una semana.

Occidente carece en este momento de potencia filosófica para enfrentarse a las ideas de China; eso es peligroso»

P.-Al final, la medida más contundente es que se trabaje desde casa en la medida de lo posible, el cierre de colegios…
R.-Ésa es la que se puede imponer por la Administración, pero las medidas más eficaces son las de mantener las prácticas higiénicas personales y la de evitar la interacción social.

P.-¿Encuentra alguna explicación al hecho de que en la Comunidad de Madrid haya el triple de casos que en todo el Reino Unido?
R.-No, salvo el hecho de que nosotros tenemos un diferente concepto de proximidad física diferente a la de los británicos.

P.-Se nos pide a los ciudadanos responsabilidad para hacer frente a esta situación. ¿Ve a nuestros gobernantes a la altura de las circunstancias?
R.-No veo otras propuestas mejores.

P.-¿Tiene justificación que las comunidades autónomas no hayan sido capaces de sincronizar sus medidas de prevención, con independencia de la tasa de incidencia en cada una, para contener la propagación del virus?R.-Uno de los problemas de la descentralización autonómica es que muchos de los mecanismos de cooperación y armonización entre comunidades no funcionan. Sucede, por ejemplo, en Educación. Y también en Sanidad.

P.-«La incompetencia de los gobernantes es reflejo de la incompetencia de los ciudadanos». ¿Comparte la afirmación de Daniel Innenarity?
R.-Sigo a Innerarity desde hace muchos años y su Teoría de la democracia compleja me parece un gran libro, pero esa afirmación es incompleta. La completaría así: «La incompetencia de los gobernantes es reflejo de la incompetencia de los ciudadanos, que es reflejo de la incompetencia de los gobernantes». Nos movemos en causalidades circulares. La calidad de los maestros es reflejo de la calidad del sistema educativo, que es a su vez reflejo de la calidad de los maestros. Las modas son un reflejo de las preferencias del público, que a su vez está dominado por las modas. Hace años discutí con el director de una de las televisiones nacionales que, siguiendo la escuela italiana, sostenía que la calidad de los programas de televisión dependía de la calidad de los espectadores: ‘Si ustedes ponen delante de la pantalla espectadores que quieren música clásica y espacios refinados, en dos semanas se los proporcionarían. Si lo que quieren es porno, también’. Tiene una parte de razón, pero olvidaba el poder que tiene la televisión para dirigir las preferencias.

No tener ideas claras nos lleva a tomar decisiones erráticas o equivocadas. Por eso debemos repensar la democracia»

P.-¿A qué tipo de ciudadano confiaría su futuro?
R.-Ése es el tema de mi próximo libro, titulado Proyecto Centauro. Resumiendo mucho, sería un ciudadano capaz de tomar buenas decisiones para coordinar su búsqueda personal de la felicidad con la búsqueda de lo que los ilustrados llamaban ‘felicidad política’. Para más detalles, tendrá que leer el libro.

P.-En uno de sus últimos artículos abogada usted por «repensar la democracia». Explíquese…
R.-La sociedad se rige por lo que llamo ‘Ley universal del aprendizaje’, que dice así: «Toda persona, toda organización, toda sociedad para sobrevivir deberá aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia su entorno. Y, si quiere progresar, habrá de hacerlo a más velocidad». Vivimos cambios acelerados e intentamos pensarlos con sistemas conceptuales de hace siglos. En Algo va mal, Tony Judt refiriéndose al presente hace una afirmación decepcionada: «Nuestra incapacidad es discursiva: simplemente ya no sabemos como pensar en todo esto». En efecto, no sabemos cómo pensar nuestra situación económica, política y social. Lo hacemos con conceptos inventados hace mucho tiempo, que se mantienen gracias a deslizamientos en su significado que los permiten sobrevivir, pero a costa de provocar graves confusiones. Así sucede con  ‘Estado’, ‘Nación’, ‘soberanía’, ‘mercado’, ‘dinero’, ‘valor económico’, ‘capitalismo’, ‘socialismo’, ‘feminismo’, ‘género’, ‘identidad’, ‘representación’, ‘voluntad popular’… Están apareciendo conceptos nuevos como ‘democracia iliberal’, ‘política basada en evidencias’ o ‘inteligencia artificial aplicada al gobierno’. No tener ideas claras nos lleva a tomar decisiones erráticas o equivocadas. Por eso debemos repensar la democracia.

P.-Esta crisis está poniendo claramente de manifiesto el contraste entre China y las democracias occidentales a la hora de afrontar esta grave pandemia. ¿Las libertades tienen un límite?
R.-Por supuesto. He advertido en varias ocasiones de que China no sólo aspira a ser la primera potencia económica y tecnológica, sino también cultural. Defiende la idea de que tiene un sistema democrático mejor que el liberal. Cree que Europa se equivocó al poner la libertad en la cima de los valores. Ellos, que ahora se declaran confucianos, afirman que la ‘armonía’ o la ‘justicia’ son superiores. Además, defienden la idea de que un partido único basado en el mérito es más eficiente que la pugna entre partidos. En este momento, Occidente carece de potencia filosófica para enfrentarse a esas ideas, y eso me parece peligroso.

P.-Junto a las vidas humanas, ¿qué es lo más importante que va a perder España con esta crisis sanitaria y económica?
R.-Creo que mucha gente saldrá perjudicada familiar, social y económicamente. Y debemos intentar paliar esos efectos.

Todas las crisis tienen un efecto paradójico: perdemos todos en calidad social y puede ganar alguien en el terreno económico»

P.-¿Ganará alguien con esta crisis?
R.-Todas las crisis tienen un efecto paradójico: perdemos todos en calidad social, y puede ganar alguien en el terreno económico.

P.-Se cierran fronteras, se veta la entrada en países, los aviones se quedan en tierra… ¿No es una paradoja que ocurra esto en la era de la globalización?
R.-Es que la globalización encierra contradicciones. Con frecuencia, por ejemplo, la inteligencia se universaliza y el corazón se localiza. De ahí el auge de los nacionalismos, integrismos y fanatismos.

P.-¿Qué le podemos enseñar a los niños de esta crisis?
R.-Aparte de cuestiones de higiene o preventivas, puede servirnos para mostrar hasta qué punto somos vulnerables y que todos dependemos de todos.

P.-Vino la crisis financiera y no aprendimos la lección. ¿Aprenderemos la de ésta?
R.-Me temo que no, porque las sociedades aprenden con lentitud. Sin embargo, creo que proporciona argumentos contra dos ideologías peligrosas por lo excesivas: el nacionalismo y el ultraliberalismo. Una crisis como ésta no puede ser resuelta por el mercado. Necesita la intervención estatal. Y no basta con una nación cerrada sobre sí misma, sino naciones cuya soberanía sea permeable y compartida.