A María José, la declaración del estado de alarma le cogió en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de un hospital sevillano, donde tuvo que ser ingresada al no responder al tratamiento. Dos semanas antes le habían diagnosticado una neumonía en el pulmón derecho, pero jamás pensó en ese momento que engrosaría la lista de enfermos de covid-19. Días después llegó a temer por su vida: «La analítica iba a peor, la dificultad respiratoria cada vez aumentaba más, el dolor costal era intenso y la fiebre no cedía. Pensar que te vas a morir y llegar a razonar que tu familia va a estar mejor sin ti».

Dos meses después de que el Gobierno recurriera al mecanismo que prevé la Constitución para poder confinar a la población y tratar de contener la propagación de la pandemia, esta pediatra de Urgencias de 42 años cuenta los días para reincorporarse al trabajo tras librar -y ganar- una dura batalla contra el virus. Cuando a ella le diagnosticaron la neumonía el 1 de marzo no se había confirmado aún ninguna muerte en España por Sars 2019-nCoV. Hoy se contabilizan ya más de 27.300 fallecimientos y el número de casos confirmados por PCR roza los 230.000.

«Cuando volví a planta tras salir de la UCI era un cadáver. Delgada, sólo tenía huesos, los ojos hundidos… Me miré al espejo después de varios días y no me reconocía. Ha sido una pesadilla, una vivencia horrible», recuerda María José M., uno de los primeros casos diagnosticados en Sevilla. Por descarte, sospecha que el contagio debió de producirse en el hospital en el que trabaja y, a la vista de cuándo comenzó a tener los primeros síntomas y el periodo de incubación medio de la enfermedad, en torno a la tercera semana de febrero.

Que ningún enfermo se sienta solo. Hay mucha gente esperándote fuera y merece la pena pelear para ganar la guerra», comenta una pediatra sevillana que superó la covid-19

El patógeno no sólo pasa factura en los pulmones, también obliga a un aislamiento difícil de llevar. «Lo más duro, lo peor de todo ha sido la sensación de soledad. La gente es encantadora y se esfuerza en que tu estés bien, pero físicamente no tienes a nadie al lado a quien abrazar o besar. Recuerdo que cambiaron de turno a una enfermera que normalmente está en pediatría conmigo y entró a verme, me dio la mano y no la solté en un buen rato. No podía dejar de llorar», cuenta a El Independiente.

Su testimonio es un canto a la vida y un mensaje de esperanza a los pacientes contagiados que se enfrentan a la enfermedad en los hospitales con la incertidumbre de saber si, como ella, podrán recuperarse. «Que no se sientan solos. Hay mucha gente fuera esperándote y merece la pena pelear para ganar la guerra. Tu marido, tus hijos, tus sueños… La vida te espera fuera y tienes que estar convencido de que vas a salir», proclama.

A 220 kilómetros, en una UCI parecida a la que estuvo ingresada durante cinco días María José M., el doctor Galeas se enfrenta desde hace semanas al mayor reto profesional desde que hace 17 años ejerce como intensivista en el Hospital Regional de Málaga. Para él, las alarmas se encendieron días antes de que el Gobierno restringiera los movimientos de la ciudadanía para frenar la transmisión.

El doctor Juan Luis Galeas, en la UCI del Hospital Regional de Málaga.

Durante una guardia, sobre las 6.30 de la mañana, tuvo que tomar la decisión de intubar a una embarazada contagiada por covid-19, que había empeorado notablamente durante la madrugada, para que se le extrajera el bebé por cesárea. Aquel día descubrió no la gravedad del coronavirus -minusvalorada en Europa de forma generalizada cuando el foco parecía lejano y estaba activo tan sólo en China- sino «el reto que iba a suponer» enfrentarse a la mayor crisis sanitaria del último siglo.

«Con esa paciente me di cuenta de lo adverso que iba a ser todo. A mí me ha chocado especialmente la manera de acelerarse. Estábamos preparándonos para recibir la epidemia y de un día a otro la cosa se aceleró y se convirtió en un caos», comenta el médico Juan Luis Galeas (56 años), que hace tres semanas se sometió a la prueba y tuvo la confirmación de que había pasado la enfermedad de forma asintomática.

«Una romería»

El intensivista malagueño constata que la población está empezando a relajarse y advierte de que una segunda andanada podría «ser peor que la primera», cuando la presión asistencial colocó al borde del colapso a no pocos hospitales del país antes de que se lograra aplanar la curva. «Ahora mismo estoy asomado tras los cristales de una ventana de mi casa y veo a personas sin mascarillas, sin guardar la distancia… Parece una romería», lamenta.

En primera línea del frente de batalla contra esta enfermedad aún tan desconocida, como otros miles de sanitarios de todo el país, Galeas ha atendido en estos dos meses y medio a decenas de enfermos con coronavirus embutido en su mono de protección y con gafas y mascarillas. «El ser humano es nada y cualquier circunstancia, como un virus, puede ponerlo patas arriba. No podemos estar confiado en nuestra tecnología al 100 %. Todo se puede desbordar en un momento», reflexiona.

David de la Rosa, en el hospital barcelonés en el que trabaja.

Al principio de la crisis David de la Rosa, neumólogo del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona y miembro de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), explicó a este diario cómo funcionan los respiradores para los enfermos de covid-19. Entonces el pico de enfermos en Cataluña estaba empezando. A la semana de hablar con El Independiente estaba metido de lleno en la crisis cuando los muertos de todo el país superaban los 900 diarios. «Nos convertimos en un hospital monográfico de coronavirus», cuenta.

Se trataba de una situación de crisis como no había vivido antes y en la que ha tenido que hacer jornadas de trabajo de 12 horas. Tuvieron que partir el día en dos turnos para poder asistir las 24 horas a los enfermos. Los neumólogos iban dando soporte a otros facultativos que se habían reconvertido en médicos de la covid-19. «Todos han sacado lo mejor de sí. Especialistas que tras 12 horas de turno se iban a casa y estudiaban cosas del pulmón para tener más criterio al enfrentarse a los pacientes», destaca. 

Había tantas cajas en fila que no se veía el suelo, era como un mar de féretros. La sensación que tenías es que estabas en una guerra», recuerda un tanatopractor

El compañerismo se ha reforzado. “Antes no teníamos un grupo de WhatsApp y ese grupo nos ha permitido compartir información y preguntas», comenta. Lo peor de todo era que al llegar a casa, tras todo el día en un edificio con enfermos, tenía que apartarse de su familia por si tenía el virus y no contagiar. 

En el hospital barcelonés en el que ejerce conviven ahora pacientes con coronavirus y la avalancha otros enfermos que llevan dos meses desatendidos. «¿Cuánto va a durar esto? No sabemos, pero lo mismo nos quedan dos años», se responde el facultativo.

«Estábamos en la UVI y nos dijo que íbamos a ser la unidad de referencia en el Hospital Ramón y Cajal; nosotros creíamos que no iba a ser tan masificado». Carmen Pérez, enfermera de Unidad de Críticos quirúrgicos del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, recuerda el día en el que su centro se puso serio con el coronavirus. Pero en la segunda semana de marzo se dieron cuenta de que estábamos en una pandemia. «Fue el día que no dejaron de entrar enfermos de tres en tres en la UVI y se llenó la unidad. Tuvieron que habilitar una nueva zona», recuerda.

La enfermera Carmen Pérez, en una jornada de trabajo en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid.

La gran ola que paralizó el país, hace ahora dos meses, le pilló en mitad de una mudanza y con una obra en casa que lleva paralizada 40 días. Así que vive con su familia en casa de su madre. Pero cualquier complicación personal se queda pequeña con lo que veía a diario en el trabajo. «Horroroso», resume. Pocas palabras más necesita para describir cómo han sido los meses de trabajo en los que había más muertos que jornadas. «Éramos un hospital de guerra con casi las once plantas con pacientes con covid-19», detalla. 

Ya van recobrando la vida normal, dentro de lo que cabe. «Las secuelas psicológicas que deja son verdad. Todos dormimos poco y algunos han recurrido al psicólogo», confiesa al periodista. En el hospital, Carmen se mantiene en zona covid. «El virus no se va a ir, vamos a seguir recibiendo pacientes. Creo que se irá pasando el susto porque somos olvidadizos y según los dejen ir saliendo la gente se va a olvidar», añade. Tienen miedo a lo que pueda pasar en octubre.

Respeto por los fallecidos

La nieta de Pilar no pudo despedirse de su abuela, fallecida en un hospital barcelonés por coronavirus. Pero sí pudo ver cumplido el deseo que encarecidamente le rogó a Jordi Fernández Ruiz, responsable de tanatopraxia de la empresa Serveis Funeraris de Barcelona (Grupo Mémora): recuperar la medalla de la Virgen que su ascendiente portaba para tenerla más presente el resto de su vida.

«No se podía hacer porque se trataba de una fallecida por covid-19, pero me dio tanta pena que esperé a que no quedara nadie para no comprometer a ningún compañero, me puse el equipo de protección individual, abrí la caja y el sudario y retiré la medalla. Sólo la mirada agradecida de la chica cuando se la entregué en el tanatorio de Sancho de Ávila mereció todo el esfuerzo», revela Jordi Fernández, que lleva 16 de sus 46 años como profesional funerario.

Jordi Fernández, en su lugar de trabajo.

Él, que está acostumbrado a trabajar con la muerte, no ha podido dejar de conmoverse ante la situación que se vivió en Barcelona semanas atrás por la avalancha de fallecidos en el pico de la pandemia y tardará mucho tiempo en olvidar una imagen que se le ha quedado grabada a fuego en su retina: la morgue habilitada en el aparcamiento del cementerio de Collserola. «Había tantas cajas en fila que no se veía el suelo, era como un mar de féretros, todos iguales. La sensación que tenías es que estabas en una guerra y no dejaban de llegar difuntos. He vivido situaciones difíciles, pero ésta ha sido muy dura», comenta.

El tanatopractor no pasa por alto lo duro que ha debido de ser para las víctimas morir en soledad y para las familias no haber podido despedirse de sus seres queridos como consecuencia de las restricciones establecidas en el estado de alarma, al prohibirse los velatorios y reducirse a dos el número de acompañantes en los entierros.

Conscientes de estas circunstancias, comenta, han tratado de realizar su trabajo en todo momento «con máximo cariño y respeto». «Sabíamos que éramos los últimos», comenta Jordi Fernández, que aprendió el oficio en el Instituto Francés y con la experiencia de otros compañeros más veteranos. Él lamenta que en España no haya formación reglada en tanatopraxia: «Que cualquiera pueda manipular a un difunto es una barbaridad».

David Rivadeneira, con mono blanco, a las puertas del Hospital de Fuenlabrada en uno de los traslados.

En Madrid, muchos de los fallecidos fueron trasladados hasta la morgue intermedia habilitada en el Palacio de Hielo por la Unidad Militar de Emergencias (UME), activada desde el primer día para combatir a este enemigo invisible desde múltiples frentes aprovechando su experiencia en catástrofes naturales y grandes emergencias.

El sargento primero David Rivadeneira es uno de los 1.200 militares de la UME que de media participan cada día en labores de lucha contra el coronavirus. Integrante del Grupo de Intervención en Emergencias Tecnológicas y Medioambientales (GIETMA), ha coordinado uno de los equipos dedicados a realizar los traslados de pacientes de covid-19 desde hospitales públicos a Ifema o a hoteles medicalizados. Superada la fase crítica en Madrid, su labor está hoy más centrada en labores de desinfección y formación.

La experiencia de la UME

«Nunca hubiera imaginado que tendría que actuar en una crisis como ésta. Hubiera deseado que no hubiera ocurrido, pero me ha enriquecido bastante. Es una vivencia para el resto de la vida», dice este suboficial madrileño de 38 años, que llegó a la Unidad Militar de Emergencias en junio de 2015 tras haber pertenecido durante 13 años a la unidad de carros de combate con base en el acuartelamiento de El Goloso (Madrid).

Rivadeneira sueña con que llegue «pronto» el repliegue, lo que significaría que «hay cero contagiados y cero fallecidos». De momento, él y miles de militares más se afanan cada día en ir comiéndole terreno al virus y en ayudar en todo lo que sea necesario. «El valor más importante que tiene el Ejército y la UME es el cuidado de la persona, tanto a nivel de grupo como en el trato con la población. Eso es lo más importante. Y es el mejor arma para luchar contra cualquier enemigo», destaca el sargento primero.

Desde el pasado 15 de marzo, cuando empezó a desplegarse en las provincias donde cuenta con batallones, la UME acumula 1.734 actuaciones de desinfección en centros sanitarios, 4.129 en residencias de mayores y otras 2.909 en instalaciones críticas como aeropuertos y estaciones de tren. También suma más de 300 intervenciones en traslados de fallecidos (1.692) y enfermos (1.186), ha participado en 220 misiones de transporte logístico, ha contribuido al montaje de 58 campamentos de distinto tipo y ha realizado más de 1.260 acciones de concienciación.

«La Gran Vía vacía»

«La Gran Vía de Madrid vacía». Esa imagen ha impactado a Manuel G., un policía nacional con más de 15 años de experiencia que participa en el operativo puesto en marcha por el Ministerio del Interior para controlar que los movimientos de personas y vehículos sean estrictamente los autorizados. Según confiesa, están siendo los meses más difíciles desde que ingresó en el Cuerpo: «Es duro porque no sabes a lo que te enfrentas».

Cuando el 14 de marzo seguía las noticias por televisión y conoció que el Gobierno iba a decretar ese día el estado de alarma, pensó: «La que se nos viene encima». Desde su patrullero, tiene una visión privilegiada de cómo se ha comportado la población desde que se declaró el confinamiento. «Con el paso del tiempo, sí; pero al principio la gente no era muy consciente. Muchos pensaban que esto era una tontería», opina.

El agente lamenta que, por miedo al contagio y por la necesidad de cumplir las recomendaciones sanitarias, no hayan podido acercarse más a las personas que reclaman ayuda a la Policía cuando sufren algún problema en casa -una caída, por ejemplo- como sí harían en condiciones normales. «Se actúa de otra manera, el riesgo está muy presente», reconoce.

Manuel G. destaca la lección de solidaridad que ha ofrecido la ciudadanía y no tiene dudas de que esta experiencia le va a marcar como policía. «Muchas veces somos muy valientes cuando nos enfrentamos a cosas que vemos, que tenemos cara a cara. A veces parece que tenemos una coraza, pero en situaciones como ésta se demuestra que somos vulnerables», apostilla.

Ana Llabona, voluntaria de Cruz Roja

Una de 40.000 voluntarios

Ana Llabona, sevillana de 29 años, tendría que estar el 15 de mayo subida en un avión trabajando como auxiliar de vuelo. El 4 de mayo se reincorporaba a su empresa (es fija discontinua), pero ahora está en paro. Estar desempleada no significa estar con los brazos cruzados. El primer fin de semana tras el comienzo del estado de alarma «estaba muy alterada dándole mil vueltas a lo que venía y me planteé qué podía hacer yo, porque no soy sanitaria, pero necesitaba hacer algo». Así que, viendo que a ella no le importaba salir, porque no tenía miedo, empezó a pensar y terminó entrando en la web de Cruz Roja y ofreciéndose como voluntaria. En dos semanas estaba trabajando como voluntaria en el departamento de voluntariado de Cruz Roja en Sevilla. 

Una segunda línea de acción fundamental para la coordinación de los más de 40.000 voluntarios de Cruz Roja que asisten a la sociedad, durante esta crisis, en múltiples actividades, desde reparto de alimentos, asistencia a enfermos, hacer la compra de alimentos y medicamentos a simplemente hablar con los mayores, «porque hay muchos solos».

Cada semana, las unidades de Cruz Roja le informan de las acciones que acometen y la necesidad de manos que tienen. Ahí entra Ana y dispone de los recursos que la situación necesita para que la ayuda llegue a los destinatarios finales. Ana sigue sin tener miedo al virus; ahora le preocupa más el futuro. No sabe cuándo podrá volver a volar.

Cristina Chamorro, trabajadora en una residencia de mayores.

«Se prohíbe el paso a toda persona ajena a la residencia». Ésta es la leyenda que exhibía el letrero que se encontró Cristina Chamorro cuando el 10 de marzo se incorporó a su trabajo como TCAE (Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería) en la Residencia Nuestra Señora del Carmen en Cantoblanco, Madrid. «En esos días saltó la alarma en uno de los módulos porque algunas personas podían tener el virus», señala. Murió una persona, pero no se atribuyó a la covid-19. «A partir de ese fin de semana fue una locura», indica echando la vista atrás. 

Sin mascarillas de protección y con la residencia infestada por el coronavirus, las muertes se sucedieron. No hay cifra pública exacta de los fallecidos, pero se calcula que puedan haber superado el centenar. Cristina lo desconoce, ella sabe que han muerto muchos abuelos, pero entre el 29 de marzo y el 23 de abril no fue a trabajar. Se quedó en casa pasando la covid-19. Sus compañeras de piso «se han portado genial» y le ayudaron haciéndole la comida durante su aislamiento. 

“Ya te vas a la luna”, le decía una usuaria con demencia cada vez que se ponía un mono que les facilitaban para entrar en la zona con enfermos. Ahora con más recursos de protección la situación está más tranquila, pero todo “ha cambiado, la atención ha cambiado, la vida de ellos ha cambiado, su casa ya no es como era”, concluye.

Ciencia contra el rebrote

Gloria Sánchez es bióloga científica titular del Centros Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) especializada en virus. Lleva años buscando virus en las aguas residuales de las ciudades. Desde que dijeron que el coronavirus podía estar presente en las heces, se hicieron con los reactivos necesarios y empezaron a buscar al Sars 2019-nCoV en muestras de toda España.

El Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA-CSIC) recibió en marzo el encargo de buscarlo en la Región de Murcia y, antes de que en algunas localidades fuesen detectados casos, su equipo había dado ya con restos del material genético del coronavirus en las aguas residuales. «Esto también se está haciendo en otras zonas y a nivel internacional también. Nos permite ver que el virus ya está en una población determinada antes de que sean diagnosticados», explica. En abril analizaron muestras de agua que se habían tomado en Valencia en febrero y pudieron dar con el coronavirus.

Gloria Sánchez junto a Walter Randazzo y Enric Cuevas, miembros de su equipo.

Con esta experiencia ya están trabajando en sistematizar la recogida de datos y la comunicación de resultados para crear un sistema de alerta temprana que ayude a las administraciones a reaccionar antes. «Esto es especialmente importante de cara al otoño ante una posible nueva ola», destaca. Habrá dado frutos así el intenso trabajo que su equipo lleva haciendo hace meses. «Todo con el fin de aportar nuestro granito de arena», agrega.

A diferencia de científicos de otras áreas, ella y su equipo no han estado confinados y han podido ir a trabajar durante el estado de alarma. «La ciencia se ha volcado con esta crisis desde el principio. Todos nos hemos volcado para aportar», mantiene orgullosa.

Pese a todo, no es muy optimista de cara al futuro. «Ahora todos se vuelcan con la investigación, pero cuando tengan que recortar, nos volverán a recortar; no hemos sido una prioridad», lamenta. Y cita un ejemplo reciente: «Los investigadores sobre el cáncer y los microplásticos no han podido ir a sus laboratorios, pero las peluquerías del país ya están abiertas. Se saben cuándo van a volver los futbolistas y cuándo se podrá ir a misa, pero no sé cuándo mis compañeros podrán volver al trabajo».