Los argentinos están hartos de sufrir la que se ha denominado cuarentena más larga del mundo, pero mantienen alerta su ingenio. Llaman al confinamiento, que el presidente Alberto Fernández ha prolongado de nuevo hasta el 20 de septiembre, cuareterna. El «aislamiento social, preventivo y obligatorio» empezó el 20 de marzo con el objetivo de contener la propagación del coronavirus.

Argentina registra 228.239 casos positivos, a 2 de septiembre, según los datos de la Universidad Johns Hopkins. Han fallecido 8.919 personas. La zona donde se concentran más positivos y fallecimientos es el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), que comprende la capital y su amplio casco urbano.

En las últimas fechas han aumentado los casos también en Jujuy, en el norte, y también en Río Negro, en el sur. La tasa de letalidad es menor que en otros países de la región como México, Colombia o Brasil.

En el Área Metropolitana de Buenos Aires se concentra el 30% de la población argentina, unos 15 millones de personas. El gobernador es Axel Kicillof, a quien muchos ven como el delfín del peronismo, el heredero de Cristina Fernández de Kirchner, hoy vicepresidenta. El alcalde de Buenos Aires es una de las estrellas de la oposición, Horacio Rodríguez Larreta, de Juntos por el Cambio, la formación que lidera el ex presidente Mauricio Macri.

El presidente Alberto Fernández justifica la medida del confinamiento (rechaza hablar de cuarentena al tiempo que la decreta) en un principio: «Una economía que cae siempre se levanta, pero una vida que termina no la levantamos más». Pero, en un país donde el 40% sobrevive de la economía informal, empieza a extenderse el hartazgo y la preocupación por la falta de ingresos.

Quienes viven en el Gran Buenos Aires sólo pueden salir a hacer compras esenciales. El transporte público está reservado a trabajadores de servicios prioritario. Los niños sólo pueden acompañar a sus padres a esos recados, si bien en la capital, bajo gobierno opositor, tienen algo más de libertad.

El confinamiento se pensó como una solución final, no como un medio… No hay testeo o rastreo masivo y así las soluciones matizadas son imposibles», dice Gonzalo Sarasqueta

«El confinamiento se pensó como una solución final, no como un medio. Se equipó más al sistema de salud, se propagó comunicación sanitaria, pero no se aplicó una estrategia de testeo y rastreo masivo. No hay mapa de contagios. Las soluciones matizadas son imposibles así. Es una medida totalizante: todos adentro», explica Gonzalo Sarasqueta, coordinador del programa de posgrado en la Universidad Católica Argentina, con sede en Buenos Aires. 

Hay quienes, sin embargo, subrayan que la cuarentena no es igual de estricta en todo el país, y creen exagerada esa alusión a la «cuarentena más larga del mundo». Es el caso de Camila Farias, consultora política que trabaja en la Secretaría de Coordinación Estratégica de la Municipalidad de Paraná (Entre Ríos). Según Farias, «hace semanas que no hay una cuarentena total y estricta en todo el país. Se han ido flexibilizando salidas y actividades en diferentes zonas de manera paulatina y en las zonas más complicadas por la circulación comunitaria se fue avanzando o retrocediendo de fase de aislamiento tomando en cuenta la velocidad de duplicación de casos».

‘Banderazo’ contra el gobierno

El 17 de agosto el gobierno peronista vio en la calles la primera gran protesta desde que asumió el poder en diciembre de 2019. Lo denominaron el banderazo, porque muchos de los asistentes protestaron bandera en mano. Esa jornada es un festivo en Argentina, cuando se conmemora la muerte del libertador José de San Martín. Pero los argentinos no pueden celebrar en familia. Ni salir salvo para lo estrictamente necesario.

En el banderazo confluyeron los que están en contra de prolongar el confinamiento por la asfixia económica con los que consideran que el gobierno peronista aprovecha el parón para imponer sus políticas.

«Hay un gran hartazgo. El temor a enfermarse empieza a perder fuerza frente al temor a no llegar a fin de mes. Nuestro sistema económico no soporta una parálisis de esta naturaleza. Las protestas lo cristalizan. Las movilizaciones empezaron por el núcleo liberal duro, pero se están sumando sectores que pertenecen al sector del trabajo, clase media baja», afirma Gonzalo Sarasqueta.

En las protestas en Argentina se suman los anticuarentena, los antivacunas, los antigobierno y los que meten consignas políticas de corte opositor. También hay gente que sale porque el dinero no le alcanza», dice Camila Farias

Según Camila Farias, consultora política en Entre Ríos, «en las protestas que se sucedieron en Argentina se suman a los anticuarentena, los antivacunas, los antigobierno y los que aprovechan para meter consignas políticas de neto corte opositor. Se mezclan también con gente que genuinamente sale a protestar porque tuvo que cerrar su negocio, porque el dinero no le alcanza y está harta de las restricciones impuestas por las medidas».

Argentina ya estaba en quiebra antes de la pandemia y llevaba dos años en recesión. Ahora está sufriendo una caída del PIB mayor que la registrada en la crisis de 2001. Ahora cientos de miles de negocios están cerrados.

El gobierno, que ha dedicado 1.100 millones de dólares en ayudas a las empresas, ha prohibido los despidos desde abril. Los asalariados siguen cobrando su sueldo, gracias a la ayuda del Estado. Pero muchos, un 40% del país, va al día. Trabaja en la economía informal, no tiene un sueldo si no acude a su tiendita.

Al principio hubo poco contagio y mucho miedo. Ahora la gente no aguanta más. Hay poco miedo y muchos contagios», afirma Daiana Bárbaro

La situación es cierto que no es igual en todo el país. En Misiones, por ejemplo, en el norte, frontera con Brasil, no hay riesgo de colapso hospitalario y la propagación está bajo control. «Hay muchas particularidades según la distribución geográfica y la densidad de población. En Misiones no tenemos casos activos. La gente tiene más libertad aunque hay restricciones», explica desde Posadas Daiana Bárbaro, de la consultora Bienteveo.

«Al principio hubo poco contagio y mucho miedo. Ahora la gente no aguanta más. Hay poco miedo, porque se suman otros problemas, y muchos contagios. La gente está perdiendo el miedo y deja de lado las medidas de protección», añade Bárbaro.

La grieta se ahonda con la pandemia

Esa grieta argentina de la que empezó a hablar el periodista Jorge Lanata va haciéndose cada vez más profunda. La pandemia ha contribuido a ahondar la división entre dos Argentinas que parecen irreconciliables.

«Quienes apoyan al gobierno temen por su salud. Quienes se oponen al gobierno temen por su trabajo. Quienes apoyan al gobierno celebran su gestión ante la pandemia. Quienes se oponen al gobierno critican su gestión ante la pandemia. Son dos universos que se mueven paralelos… La sola existencia del otro es suficiente para atacarlo y ‘odiarlo’. Los expertos lo llaman ‘polarización afectiva'», escribe Hugo Alconada Mon en La Nación.

Ya pasó en la campaña electoral de 2019, cuando el presidente Mauricio Macri se enfrentó a Alberto Fernández, elegido por Cristina Fernández de Kirchner para que el peronismo recuperara el poder. Lo logró en primera vuelta de manera sorprendente.

«Argentina está polarizada hace tiempo. Primero hubo consenso pero ya no lo hay. Ocupar el espacio público tiene un significado político: estás en contra de las medidas preventivas del gobierno. Hay dos imaginarios que se enfrentan hace tiempo: por un lado, el ideario más liberal, cree en la república, instituciones, libertades individuales, el mérito, el mercado como asignados de recursos, y por otro lado, un ideario más nacional y popular, que incide en el estado, el cuidado, la justicia social, y la igualdad. Con esas lentes se interpreta lo que está sucediendo», remarca Sarasqueta.

La gestión de Fernández primero fue muy aclamada, tanto que logró cuotas de aprobación de un 80%. Su estrategia fue centralizar. Se mostró proclive al consenso y daba ruedas de prensa con frecuencia. El viernes pasado dio un giro y dejó esos directos con preguntas. Es un síntoma de que la situación empeora.

Hubo deslices llamativos como esa rueda de prensa con una payasa para conmemorar el Día de los Niños. Con el ánimo de acercar la información sobre la pandemia a los menores, fue poco acertado el mensaje lúdico tras los datos de fallecidos.

Las críticas sobre cómo el gobierno está intentando gestionar la pandemia para acelerar sus políticas crecen. «El gobierno aprovecha la excepcionalidad para introducir la reforma judicial, impuesto a la riqueza, congelamiento de tarifas, intentos de estilizaciones…. medidas dirigidas a desempleados, sindicatos, clase media progresista, su clientela. Está fidelizando a su votante y castiga al opositor», señala Sarasqueta, experto en comunicación política de la UCA.

Con la reforma judicial el gobierno pretende favorecer a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, con varias causas pendientes en los tribunales, y con el control de las telecomunicaciones quiere neutralizar al grupo Clarín, su bestia negra en los medios de comunicación.

La palabra ‘infectadura’ es simbólica. No es una dictadura pero nos puede llevar a pérdidas de derechos y libertades. No dejemos que esta infección nos lleve a un camino sin retorno», dice Sandra Pitta

Es lo que han denunciado un grupo de científicos, investigadores e intelectuales como «la infectadura». La investigadora del Conicet, Sandra Pitta, defendía el término: «La palabra infectadura apareció en redes y la usamos. Es fuerte pero conveniente. No estamos hablando de que sea una dictadura, pero en esta situación puede llevar a pérdidas de derechos y libertades. La palabra es simbólica. No dejemos que una infección así nos lleve a un camino sin retorno», dijo a Alfredo Leuco en TN, según cita Perfil.

En una entrevista en La Nación, el pensador Santiago Kovadloff hablaba del Covid político. «Está en el aumento de la pobreza, en el encierro de las instituciones, en la ley sometida al poder, allí hay toda una patología social con sus víctimas. Frente a la expansión de esta patología, las medidas, llamémoslas, terapéuticas del Estado argentino, desde hace mucho, son no sólo pobrísimas, sino promotoras de la misma enfermedad que deberían combatir».

Kovadloff apuntaba que en Argentina «se está produciendo un agravamiento de la reducción del Estado a la dimensión del Ejecutivo. El embudo, mirado con la boca grande hacia abajo y la punta hacia arriba, va evidenciando una transición muy rápida hacia el monopolio del poder por parte del Ejecutivo y un repliegue peligrosísimo del control sobre el Estado de parte no solo de la oposición sino de la misma ley… Lo que prospera es el autoritarismo del Ejecutivo y esto es peligroso».