«Order, order, order!» John Simon Bercow (Edgware, 1963) ha clamado «orden» en el Parlamento británico con tanta espectacularidad como eficacia. Ha sido el primer speaker (presidente de los Comunes) reelegido tres veces desde la Segunda Guerra Mundial y el primero cuyo nombre ha traspasado fronteras.

Su gestión de la Cámara en la crisis del Brexit ha sido determinante para que el Legislativo cobrara un papel estelar. Acaba de anunciar que se irá el 31 de octubre.

En un momento crucial en el Reino Unido, John Bercow, miembro del Partido conservador, ha adoptado decisiones revolucionarias como apoyar que presenten enmiendas los backbenchers (diputados sin cargo) y por primera vez su partido había anunciado que presentaría un rival para optar al cargo de speaker en las próximas elecciones. Es algo que no suele hacerse por deferencia al presidente del Parlamento.

Perdida la confianza de su partido, que le acusa de ser prolaborista, John Bercow ha preferido anunciar su marcha antes de que haya elecciones. Es una señal más de que habrá comicios anticipados, probablemente en noviembre, una vez que quede garantizado que no habrá salida sin acuerdo.

Bercow ha optado por irse con honores antes que arriesgarse a perder su escaño. Concluye una década al frente del Parlamento y 22 años como diputado conservador.

En una declaración ante el Parlamento, ha justificado su marcha por una promesa que había hecho a su esposa, Sally, y a sus tres hijos (Jemima, Oliver, autista, y Freddie). Su esposa Sally estaba este lunes en la tribuna de invitados y John Bercow miró hacia ella emocionado al hacer pública su renuncia.

Muchos le han aplaudido. Ha sido tan admirado como denostado. A nadie deja indiferente. Como sus estrambóticas corbatas.

Sally Bercow colaboró en la campaña del laborista Tony Blair en 1997 y ha participado en varios concursos televisivos, entre ellos Gran Hermano. Lleva una pegatina de la UE en su utilitario. Llegó a posar cubierta solo por una sábana en el London Evening Standard. «Convertirse en speaker ha convertido a mi marido en un sex-symbol», dijo en esa ocasión.

Sexy o no, lo que es indiscutible es su atractiva personalidad. Con gran sentido del humor, ha ayudado a dinamizar las interminables sesiones parlamentarias. Es capaz de clamar «order» de mil formas diferentes y ha confesado que se debe a que ensaya con su gato, al que llamó así para practicar en casa.

Vivía hasta ahora en un apartamento en Westminster, donde se encuentra el Parlamento. Hay una campana que si suena dos veces es porque le llaman a comparecer.

Un advenedizo para los ‘etonians’

Hijo de un taxista del barrio londinense de Edgware, su familia es de origen judío rumano. Llegaron a Inglaterra a principios del siglo pasado. El nombre original era Berkowicz.

De niño sufrió acoso escolar pero nunca se rindió ante los abusadores. «Era, y es de corta estatura, tenía acné, y para los antisemitas era judío también», relata a Financial Times el autor de su próxima biografía Sebastian Whale.

A punto estuvo de ser tenista profesional, pero el asma le apartó de las pistas. Admira a Rafa Nadal pero reconoce que su favorito es el Roger Federer, «lo mejor de Suiza». Le gusta disfrutar de Wimbledon y no se pierde, cada fin de semana, los partidos de su equipo de fútbol, el Arsenal.

Estudió en Essex, una universidad más propia de clase trabajadora que Oxford o Cambrigde, donde suele formarse la élite conservadora. Los etonians, como Boris Johnson o David Cameron, le ven como un advenedizo.

Peculiar en su trayectoria política Bercow de jovencito fue miembro de Monday Club, un grupo de ultraderecha que defendía el apartheid en Sudáfrica y abogaba por la repatriación de los inmigrantes. «Mi trayectoria demuestra que hasta los chavales más estúpidos pueden adquirir sabiduría con los años», ha declarado, avergonzado, sobre aquellos años ultras, según un perfil publicado en La Vanguardia.

Fue un gran admirador de Margaret Thatcher. Con la experiencia cada vez se ha centrado más. Incluso muchos le ven cercano al laborismo. Su gran discrepancia con los conservadores tuvo lugar a propósito del matrimonio homosexual. El entonces líder tory Ian Duncan Smith pidió el voto en contra, y él se desmarcó por completo. Cuando fue elegido speaker, en 2009, ya se esperaba que se pasara a los laboristas.

Cuando viajó el presidente Trump al Reino Unido, dejó claro que la mayoría de la Cámara se oponía a que le recibieran con honores. Ha sido crítico con la política anti inmigración de Trump, al que considera sexista.

«Ultraje constitucional»

Este verano le sorprendió de vacaciones en Turquía el anuncio del primer ministro sobre la suspensión temporal del Parlamento. Desde allí aseguró que se trataba de «un ultraje constitucional».

Los conservadores brexiters le reprocharon una vez más su falta de neutralidad. El speaker en el Parlamento británico se sienta entre las dos filas de diputados del gobierno y la oposición que debaten frente a frente. Esa posición denota ese papel de arbitaje.

Jacob Rees-Mogg, miembro del Consejo Privado de la Reina, y muy cercano a Johnson, recordó las palabras de un antecesor de Bercow. «El speaker Lenhall dijo que no tenía ojos para ver, lengua para hablar, a no ser que fuera para intervenir en el Parlamento».

A Bercow es imposible callarle. Dotado de una gran capacidad para la oratoria y de una teatralidad con toques decimonónicos, que bebe en las fuentes de Jane Austen, ha sabido combinar la pompa de la Cámara de los Comunes con el espíritu rebelde de la política más viva.

Bercow ha reinterpretado el papel del speaker en un momento en que era necesario que hubiera una voz potente que se hiciera oír frente al caos instalado en el Gobierno conservador, primero de May y luego de Johnson, por su incapacidad para poner en marcha el mandato de un referéndum que planteó una pregunta imposible de resolver.

Aquel chico bajito y raro que no se dejaba torear en el colegio ha logrado que el Parlamento británico tenga una fe incombustible en su poder. Ya será para siempre la voz del «order» en Westminster.