Bolivia en llamas

Un manifestante, con una whipala, se protege del gas lacrimógeno en las protestas en La Paz. EFE

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Bolivia en llamas: se busca pacificador

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Bolivia en llamas: se busca pacificador

El riesgo de que la violencia se enquiste es grande, de ahí la necesidad de elecciones y de un líder de consensos

Trece años, nueve meses y 17 días. Juan Evo Morales Aymá (Isallavi, 1959) fue el primer indígena, de origen aymara, en asumir la Presidencia de Bolivia el 22 de enero de 2006 y quien más tiempo ha permanecido en el Palacio Quemado. Soñaba con seguir siendo presidente cuando se cumplieran 200 años de la independencia de Bolivia, en 2025. Esa ambición le cegó. Ahora promete seguir en la lucha desde su exilio en México.

Bolivia está más dividida que nunca. O tan dividida como siempre. Santa Cruz de la Sierra, el Este próspero y blanco, y el Altiplano, pobre e indígena. Los cruzados cruceños y los cocaleros moralistas. Unos y otros se culpan de lo que está pasando. Mientras tanto, la sangre sigue corriendo.

Todos están abocados a un conflicto fratricida si dejan que los más radicales se impongan. Hay que contar con el otro para que el país salga adelante. Evo está fuera, pero aún tenía un 40% de apoyos. La zona próspera del país reclama un papel relevante. El revanchismo acabará con todos.

Bolivia está en llamas. Necesita paz y necesita un pacificador. Evo Morales se ofrece, sin saber que ya es el pasado, y llama a una mesa de diálogo nacional. Sigue en la lucha, repite incesantemente. La lucha sigue, es cierto, pero si no se aparta definitivamente y da paso a una renovación en el Movimiento al Socialismo (MAS) será un elemento más de ruptura.

«¡Ahora sí, guerra civil», gritan en la Cochabamba cocalera. El nuevo ministro del Interior, Arturo Murillo, llamaba a la «cacería» del ex titular de Presidencia, Juan Ramón Quintana, por considerarle «un animal que está matando gente en nuestro país». Son los extremos, pero los moderados no gritan, y se quedan en la sombra. Ahora son más necesarios que nunca.

«Son dos países diferentes. Por un lado, Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más grande de Bolivia, ha crecido con el petróleo. Quieren más regalías del petróleo y del gas. Son blancos. La zona del Altiplano es muy pobre, allí no crece nada. Santa Cruz es muy rica, moderna, nueva, y el contraste con La Paz es abismal. Las zonas ricas se han rebelado contra los indígenas. Y los extremistas de los dos lados están enfrentados en las calles», afirma Francisco Sánchez, director del Instituto de Iberoamérica, de la Universidad de Salamanca.  

Santa Cruz ha sido el bastión de la lucha pacífica y democrática contra el socialismo que quería perpetuarse en el poder», dice Juan Pablo Flores, de Comunidad Ciudadana

Desde Santa Cruz de la Sierra nos expone su visión Juan Pablo Flores, portavoz de Comunidad Ciudadana, la coalición liderada por Carlos Mesa, quien asegura que en esta ciudad boliviana reina la calma.

«Santa Cruz ha sido el bastión de esta lucha pacífica y democrática contra el socialismo que quería perpetuarse en el poder. Los seguidores del MAS siguen incitando a la violencia en Cochabamba y La Paz», explica este abogado con gran vocación política de 31 años.

«La comunidad indígena no debe temer. Queremos que haya más inclusión. Evo Morales dio pasos buenos pero se puede mejorar con la inclusión social. La sociedad en su conjunto, y el MAS, debe dar continuidad a una Bolivia pacífica y democrática. La presidenta convocará a nuevas elecciones y establecer un nuevo tribunal electoral nacional y también departamental», añade Flores. 

Para Francisco Sánchez será mucho más complejo alcanzar una solución pacífica. «Habrá más sangre. La cuestión es cuánto aguantará la resistencia al aparato estatal. Evo ya no vuelve y ha perdido apoyos internacionales. En teoría, una vez pasado el caos inicial irá perdiendo adeptos y se cansarán sus fieles, pero hay que tener en cuenta lo que está pasando en Hong Kong o Chile, donde siguen los disturbios», añade Sánchez.

En la tarde del viernes la violencia estalló con fuerza en Cochabamba. Cientos de cocaleros, leales a Evo Morales, querían entrar a la localidad, ondeando la bandera multicolor wiphala, pero fueron interceptados por efectivos de la policía y del ejército. En los enfrentamientos al menos nueve personas murieron y hubo un centenar de heridos y otros tantos detenidos.

Habrá más sangre. La cuestión es cuánto aguantará la resistencia al aparato estatal… En Hong Kong o Chile siguen los disturbios», dice Francisco Sánchez

«Hasta que renuncié no hubo ni un muerto a bala, desde entonces ya van 20 a bala», decía el ex presidente en una entrevista con la CNN en español. No son los primeros muertos, pero es el brote más brutal hasta ahora.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió al nuevo gobierno del abuso que supone reprimir una protesta con armas de fuego. Las víctimas presentaban heridas de bala. El ministro de Presidencia, Jerjes Justiniano, señalaba que al menos una víctima había sido atacada por detrás, es decir, habrá infiltrados entre los manifestantes.

El nuevo gobierno interino ha ido más allá. Ha aprobado un decreto que exime a las Fuerzas Armadas de responsabilidad penal cuando «en el cumplimiento de sus funciones constitucionales, actúe en legítima defensa o estado de necesidad y proporcionalidad». Autoriza «el uso de todos los medios disponibles, que sea proporcionales al riesgo de los operativos».

En su cuenta de Twitter, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos es tajante: «El grave decreto de Bolivia desconoce los estándares internacionales de Derechos Humanos y por su estilo estimula la represión violenta. Los alcances de este tipo de decretos contravienen la obligación de investigar, procesar, juzgar y sancionar las violaciones de DDHH».

Evo Morales ha asegurado en diversas entrevistas que salió de Bolivia porque se sentía amenazado, por un lado, y por ello, al pisar tierra mexicana dio las gracias al presidente, Andrés Manuel López Obrador, quien ha intervenido en el conflicto claramente, y no se plegará a la demanda del nuevo gobierno interino de que México impida que Morales intervenga desde fuera en la política boliviana.

Evo Morales renunció el domingo 10 de noviembre, tras perder el apoyo de la policía y el ejército una vez que la Organización de Estados Americanos confirmó que se había cometido fraude electoral en el recuento de los comicios presidenciales del 20 de octubre.

Evo Morales concurrió el 20 de octubre a un cuarto mandato, a pesar de que la Constitución fija un máximo de dos, y se enfrentaba al ex presidente y ex vicepresidente Carlos Mesa, candidato de Comunidad Ciudadana. No hizo caso del referéndum en el que el pueblo boliviano votó para que no optara a la reelección. El poder le cegó porque creía que su misión no se había completado.

Cuando el recuento del 20 de octubre apuntaba a que habría una segunda vuelta, se interrumpió y tardó en reanudarse varias horas. Finalmente, Morales se atribuyó la victoria por más de diez puntos sobre Mesa en primera vuelta. El opositor Mesa llamó a la protesta popular para denunciar el fraude y exigió una segunda vuelta.

A su vez, en Potosí y Santa Cruz de la Sierra, la zona más rica del país, dos líderes sociales, Marco Pumari y Luis Fernando Camacho, promovían un paro que fue todo un éxito. Sus demandas fueron más allá: exigían la marcha de Morales. «Devolveremos la Biblia al Palacio de Gobierno», clamaba el Macho Camacho.

La OEA señalaba el sábado 9 de noviembre que hubo falsificación de actas, manipulación informática y descuidos en la cadena de custodia. En suma, apuntaba que Evo Morales pudo ganar pero no por tanta diferencia como para evitar una segunda vuelta.

Los hechos se precipitaron vertiginosamente. Morales primero aceptó una segunda vuelta, pero la policía se negó a obedecer al gobierno, y luego el jefe de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, sugirió a Evo Morales que dejara el poder. Y lo hizo.

Primero Evo Morales se refugió en su bastión de Cochabamba y de allí aceptó el asilo que le ofreció México. En palabras del canciller mexicano, Marcelo Ebrard, el periplo de Evo Morales para llegar desde Bolivia a México fue «un viaje por la política latinoamericana».

Perú le negó la escala, por lo que el avión hubo de repostar en Paraguay. Tampoco puso facilidades Ecuador que impidió que pasara por su espacio aéreo. Más tarde sí sobrevolaron Brasil y Perú. Finalmente pudo llegar a México, donde goza de la protección de López Obrador.

El gobierno de Jeanine Áñez

Mientras tanto, en Bolivia la vicepresidenta segunda del Senado, la opositora Jeanine Áñez, ex presentadora de televisión, asumía el poder. Todos los cargos institucionales que la Constitución prevé que han de suceder al presidente si renuncia habían dimitido.

La presidenta del Senado, Adriana Salvatierra, quiso echarse atrás con el argumento de que las Cámaras no habían aceptado su salida, pero no tuvo éxito.

Jeanine Áñez se convirtió en presidenta, aunque en la Asamblea no hubo quorum en la votación al ausentarse todos los diputados del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Evo Morales. La nueva presidenta ya ha formado gobierno, y asegura que su propósito es celebrar elecciones cuanto antes. Según la Constitución, deberían tener lugar en 90 días.

De momento, la presidenta interina ha señalado que el proceso para convocar comicios se está retrasando por la violencia, que atribuye en exclusiva al ex presidente Evo Morales y sus seguidores.

En el nuevo gobierno, de mayoría blanca y conservadora, Jerjes Justiniano, ministro de Presidencia es el abogado de Luis Fernando Camacho, el líder cívico de Santa Cruz de la Sierra, y uno de los principales artífices de la caída de Evo Morales. La única indígena es la titular de Culturas, Martha Yujra, dirigente sindical de El Alto. Todos juraron ante la Biblia.

En política exterior, el nuevo gobierno ha dado un giro copernicano. Ha reconocido al presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó, tras expulsar a los representantes diplomáticos del régimen de Maduro, aliado de Evo Morales. Guaidó se mira en el espejo boliviano.

El golpe de Schrödinger

Si se trata de golpe o no golpe, la sucesión de acontecimientos que ha desembocado en la salida de Evo Morales del poder casi se ha convertido en una disquisición filosófica, hasta tal punto de que lo más certero sería llamarlo «el golpe de Estado de Schrödinger».

Es decir, es un golpe y no lo es al mismo tiempo. En realidad, es una disyuntiva de Guerra Fría y no de los tiempos líquidos en que vivimos, cuando la única certeza es la incertidumbre.

Como recordaba The New York Times, ha sido el politólogo Jay Ulfelder quien se ha referido a estos casos «en un estado permanente de ambigüedad en los que se puede decir que es un golpe y no lo es» como el golpe de Schrödinger, en recuerdo del físico austriaco Erwin Schrödinger, el creador de la paradoja más popular de la física cuántica. El gato de Schrödinger está vivo y muerto a la vez.

Para Francisco Sánchez, en el caso boliviano el error es vincular el fraude con el golpe. «Están vinculando el fraude con el golpe pero son cosas diferentes. Ha habido fraude pero no justifica el golpe. Hubo una amenaza explícita. Se rompe el orden institucional y continuidad de gobierno. Hay una acción directa por parte de la policía y del ejército. Quieren evitar la continuidad del presidente electo. Lo que no quiere decir que no haya fraude». 

Si este gobierno intenta revertir los enormes logros de Evo Morales y pone en cuestión que Bolivia es un país plurinacional, la reacción de la comunidad indígena será muy fuerte», dice Ivan Briscoe

Según Ivan Briscoe, director del programa de Latinoamérica y el Caribe en Crisis Group, «en términos técnicos es un golpe porque hay una ruptura política con varias causas. Hay una interrupción del mandato presidencial (Evo Morales concluía este periodo presidencial el 22 de enero) bajo intervención de las Fuerzas Armadas».

Pero Briscoe remarca cómo el gobierno interino no puede caer en el error de revertir todo el legado de Evo Morales, quien ha logrado una gran inclusión de la comunidad indígena y ha logrado que disminuya la desigualdad.

Tampoco debería olvidar que el MAS cuenta con el apoyo del 40% de la población, de modo que hay que tenerlo en cuenta para labrar una transición pacífica. En todo caso, aclara que Evo Morales perdió el apoyo de muchos de los suyos al querer seguir en el poder a toda costa, y más aún al cometer fraude.

«Si este gobierno intenta revertir los enormes logros de Evo Morales y pone en cuestión el hecho de que Bolivia es un Estado plurinacional habrá una reacción muy fuerte del movimiento indígena», añade Briscoe.

Hay conversaciones en marcha, y el MAS demanda que Evo Morales pueda volver. Para el nuevo gobierno está claro que no podría volver a presentare y no descarta que tenga que ser juzgado por fraude electoral.

Para quienes como Juan Pablo Flores han clamado por la salida de Evo Morales del poder no se trata en absoluto de un golpe de Estado. «Se ha respetado la Constitución, los artículos 169 y 170. Evo Morales dejó el país. La población se ha movilizado por el descontento del fraude electoral. Ha sido una protesta pacífica desde Potosí y Santa Cruz».

Y ahora, ¿quién?

Sostiene el politólogo Naunihal Singh, especialista en transiciones de poder, que perdemos el objetivo si nos enganchamos en el debate sobre si es un golpe o una revolución. Lo relevante es qué sucede después.

Desde la oficina de Crisis Group en Bogotá, Ivan Briscoe advierte de que la situación es muy incierta. «Hay riesgo de más violencia. Todo está en manos de los actores que están ahí. De un lado, hay un esfuerzo diplomático internacional que intenta mediar entre representantes del MAS y el nuevo gobierno de Áñez para pactar una transición y la recomposición del tribunal supremo electoral. La UE, la ONU se han tomado la situación en serio y están compensando la ausencia total de mediación por parte de otros países de América Latina». 

Nadie se atreve a aventurar quién puede guiar los destinos de Bolivia después de la era Evo. La actual presidenta, Jeanine Áñez, es circunstancial, en el MAS, el partido más fuerte de Bolivia, no hay un claro sucesor o sucesora de Evo Morales, el hombre fuerte de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, de momento parece que se conforma con mover los hilos entre bambalinas, y el opositor Carlos Mesa, más moderado que Camacho, se mantiene en un tercer plano.

Para el joven aspirante a diputado Juan Pablo Flores, Carlos Mesa, que va a volver a presentarse a las elecciones según Flores, es una persona muy valiosa, muy inteligente, con amplia experiencia. Mesa fue presidente de Bolivia entre 2003 y 2005.

«Será un gran candidato para una Bolivia mejor», subraya. También destaca cómo gracias a Luis Fernando Camacho y Marco Pumari se ha llegado «hasta aquí».

A juicio de Briscoe, Carlos Mesa, que estudió en la Universidad Complutense de Madrid, efectivamente es un candidato moderado que entiende el equilibrio del país. En declaraciones a El País, Carlos Mesa ha destacado cómo los dos grandes retos más inmediatos son la pacificación y la convocatoria de elecciones, un hecho que daría legitimidad al gobierno interino.

«Más que barajar personas hay que hablar de un sentimiento boliviano. Es tarea de todos. Sin balas, solo con fe», concluye Flores, confiado en que Bolivia se encauza hacia tiempos mejores. De momento hemos visto balas y Biblias.

En Bolivia, el Tinku (encuentro, en quechua) es una tradición milenaria originaria de Macha, al norte de Potosí. En primavera miles de indígenas bajan de las montañas para encontrarse. En ese Tinku pelean a puñetazos divididos en dos bandos hasta que el rival sangra y esa sangre es una ofrenda a la tierra para que las cosechas sean abundantes.

En la Bolivia del siglo XXI para que la economía prospere esos encuentros han de olvidarse de la sangre y dejar de lado esa pretendida superioridad moral. La ley es un buen pilar sobre el que edificar esa añorada paz.

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