La semana en El Hormiguero continúa llenándose de cultura, pero esta noche se añadía un ingrediente polémico a la escena: el periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951).

El autor, con más de veinte millones de lectores en todo el mundo, ha acudido para presentar su nueva novela, titulada Revolución (Alfaguara), una nueva aventura donde nos traslada a la revolución mexicana en la que se verá inmerso Martín Garret, un ingeniero de minas español.

El escritor, antes de dedicarse exclusivamente a la literatura, fue durante 12 años reportero de guerra, entre 1973 y 1994. Sin embargo, en ese tiempo también escribió multitud de libros. Entre ellos, sus novelas más importantes, las siete que engloban la historia del ‘capitán Alatriste’. 

Arturo Pérez-Reverte ya visitó en una ocasión el programa donde contó su experiencia durante la cobertura de guerras: Los héroes por la mañana eran violadores por la noche.

En esta velada ha conseguido trasladar a la audiencia a la cruda realidad que vive esta sociedad. Ha criticado el sistema educativo y su buenismo y ha elogiado a las mujeres, alegando que “una mujer callada puede enseñarte más que diez hombres hablando”.

Pablo Motos le preguntaba «¿a qué huele la guerra?», Arturo sin pensarlo contestaba que a plástico quemado, «a carne que se pudre» y ahí han entablado una conversación sobre la dureza de los países que viven en peores condiciones, o simplemente en dichas condiciones. También añadía a la pregunta del presentador sobre que si con 71 años había descubierto de lo que iba la vida que «el mundo es un lugar peligroso en el que cuanto más precavido estás, más posibilidades tienes de sobrevivir. Cuando te quitas la máscaras, te quitas el barniz civilizado, el ser humano se comporta de una manera fascinante. La guerra fue un aprendizaje donde aprendí y me engaché a esa escuela». Y añade: «Pensamos que la ética, que lo svalores morales de occidente, son exportables a todas partes y no es así».

¿La guerra engancha?, era la siguiente pregunta. Para Pérez-Reverte no: «Julio Fuentes era un yonki de la guerra, yo era distinto. Yo era alguien que miraba. Yo era un testigo, un alumno». Y acto seguido comentaba que detesta la palabra asesinar, «a un periodista lo matan en la guerra, lo matan trabajando, no lo asesinan.»

Entonces entraba en conversación el sistema educativo. El escritor tiene claro que «estamos criando una generación de jóvenes que no están preparados para cuando llegue e iceberg del Titanic. Chicos instalados confortablemente en un mundo irreal. Nos hemos criado superprotegidos y es un error, porque nos hemos quitado los mecanismos defensivos. Hay que tener la serenidad que te da el conocimiento, la lucidez, la cultura, para poder soportar el dolor, la desgracia, como parte normal. Hay que tener asumido que el mundo es un lugar peligroso».

Pablo Motos le hablaba sobre la entrevista que le habían hecho en Okdiario por unas declaraciones en las que decía que estamos ante el final de una época: «Todo termina», ha respondido al presentador, nuestro concepto de la ética, de la moral, de la solidaridad, está siendo desplazado por otros conceptos diferentes. nos hemos dormido en el buenismo, en el confort, en creer que nuestra bondadosa mirada bastaba para cambiar el mundo y es el mundo el que nos está cambiando a nosotros».

He visto a gente reir antes de morir. Todos vamos a morir. Eduquemos a nuestros hijos no para ser gilipollas sociales, si no para qué cuando vean ese último sol lo vean abrazados, sonriendo». «Mi educación ideal sería que los críos fuesen educados para un ocaso, sereno, digno y maravilloso. Un ocaso no es malo. Todos vamos a morir», concluía.

Así, ha defendido que los niños puedan ser ellos mismos “con sus errores y con sus aciertos”: “Si uno es mal estudiante que suspenda”. Ha hablado de que él fue mal estudiante y que hasta lo llegaron a expulsar de un colegio “y no fue ninguna tragedia”: “Me busqué la vida, encontré mi camino y me fui normalizando”. 

Para Reverte “todos no somos iguales”: “Hay niños inteligentes y niños que no lo son. Hay niños trabajadores y niños que no lo son. Tú no puedes tratar igual al niño brillante que puede ser quien haga mejor el mundo para los otros igual que al que se niega a estudiar o no tiene el talento suficiente”.