Trabajadora del hogar en una manifestación

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Un siglo de exclusión, represión y feminismo: la incansable lucha de las empleadas de hogar

Sociedad

Un siglo de exclusión, represión y feminismo: la incansable lucha de las empleadas de hogar

Desde las primeras movilizaciones registradas antes de la II República hasta las sinergias con el movimiento feminista actual pasando por la represión franquista, la historia de las empleadas de hogar está marcada por una incansable lucha hacia la igualdad laboral

Pocos sectores hay en España que hayan seguido una lucha tan obstinada como la de las empleadas de hogar para la plena consecución de sus derechos, aún sin contar con una realidad justa.

El servicio doméstico aglutina en nuestro país a 637.700 personas, nueve de cada diez son y mujeres y cerca del 42% son migrantes. Además, España se posiciona como el segundo generador de empleo doméstico de Europa, concentrando casi un tercio de los puestos de todos los países comunitarios.

Pero el peso que suponen para el mercado laboral español no les esgrime de ser uno de los sectores más maltratados en cuanto a remuneración, condiciones y derechos laborales. Pese a ello, el empleo doméstico ha experimentado una metamorfosis brutal desde que las pioneras del sector comenzasen a movilizarse allá por la II República para conseguir la plena igualdad de derechos, la consideración de sus funciones como un trabajo igual al resto y su reconocimiento legal y jurídico.

De las idas y venidas en la lucha de las empleadas de hogar, del papel a veces cuestionado de los sindicatos y de la importancia histórica del feminismo da debida cuenta la historiadora Eider de Dios en su recién estrenado libro Sirvienta, empleada, trabajadora de hogar: género, clase e identidad en el franquismo y la Transición del servicio doméstico (1939-1995). La autora defiende que siempre se ha tendido a «registrar la historia de un obrero de altos hornos, pero nunca el de una sirvienta». Pero eso también está comenzando a cambiar.

En el franquismo, las sirvientas no trabajaban por un salario, sino a cambio de manutención y conocimientos

Antes de la Guerra Civil, estas mujeres comenzaron a sindicarse en UGT y CNT, sembrando las primeras semillas hacia la profesionalización gracias a constantes «movilizaciones, huelgas y paros» que se llevaron a cabo especialmente en Andalucía y Aragón. Y tampoco era de extrañar, dado que más de la mitad de las mujeres de la población activa femenina de la época se dedicaba al servicio doméstico. Parecía, entonces, que se avanzaba de forma decisiva hacia la equiparación salarial y la igualdad de derechos, pero se quedó más cerca de la fantasía que de una realidad.

La dictadura llegó y, con ella, las «chachas» o «sirvientas» como se las denominaba entonces, pasaron a formar parte de un régimen de semiadopción, viendo anulados todos sus derechos y quedando fuera de toda normativa legal. El suyo había dejado de ser algo parecido a un trabajo real para convertirse en un «acto de buena voluntad: «trabajaban no por un salario, sino a cambio de manutención y de cierta formación y conocimientos».

Pilar fundamental del franquismo

Durante los 39 años de la dictadura, el símbolo de la familia era uno de los pilares por antonomasia del Estado y, precisamente por ello, la historiadora defiende que también lo fueron las sirvientas. «Ninguna familia de clase media o alta podía estar sin sirvientas, formaban parte de ella», argumenta.

Pese a estar reprimidas durante años y sin posibilidad de sindicarse, no todo fue negativo para ellas. Y es que las empleadas de hogar de entonces «trabajaban en casas desahogadas, normalmente adeptas al régimen» por lo que era una forma de «librarse de la represión». No es más, sin embargo, que «una forma de domesticación de las clases populares que se vinculaban con los perdedores de la Guerra Civil», subraya Eider de Dios.

El régimen de semiadopción no era sino una forma de domesticación de las clases populares, vinculadas con los perdedores de la Guerra Civil

Con la segunda fase del franquismo, comienza a extenderse en el ideario femenino una nueva forma de concebir el empleo de hogar. Las chicas «comienzan en el servicio doméstico no tanto por pobreza o por hambre, sino como una forma de mejorar sus expectativas de juventud».

Fueron estas jóvenes uno de los mayores exponentes de una progresiva transformación cultural. Las jóvenes de la época aspiraban a mudarse de ciudad como modo de realización personal y, en una época donde el empleo femenino era un bien escaso, el servicio doméstico se convertía en la única vía de escape.

Ya en la década de los 70, las mujeres se «sindican» de nuevo gracias a la aparición de colectivos como las JOC, «que se convierten en el chivo expiatorio de una sociedad injusta y reprimida». El cambio de aires trajo una mayor sensibilización y acercamiento a un «trabajo real gracias a las interinas». Aún con una cultura paternalista marcada a fuego, a las «sirvientas» se las pasó a llamar «trabajadoras de hogar» en una especie de concesión para acercarlas, al menos en la teoría, al mundo obrero.

«El feminismo no se ha preocupado nunca por las empleadas de hogar»

La Transición trajo consigo dos corrientes fundamentales: el fin de la «cultura de la explotación laboral» y la adhesión al feminismo como pieza integradora de la lucha de las empleadas de hogar.

Pero el componente morado no fue del agrado de todo el movimiento. «Había división porque, por una parte, algunas pensaban que el feminismo nunca se había preocupado por las empleadas de hogar» mientras otras «se sentían discriminadas por sus camaradas de sindicatos, quienes las minusvaloraban y no las consideraban ni sindicalistas ni trabajadoras y vieron en el feminismo una salida».

¿Y cómo estamos ahora? Ya entrados los 2000, la lucha de las empleadas de hogar más que progresar se inserta dentro un permanente «fracaso social». Los «derechos» de estas trabajadoras aparecen recogidos en un régimen de cotización ajeno al general que las somete a fuertes desigualdades respecto al resto de sectores, como no tener derecho a una prestación por desempleo; no contar con indemnizaciones o preavisos de despido; o la negación del derecho a una jubilación digna por no contar con la posibilidad de una cotización real.

Pero ahora cuentan con el aliciente de que el movimiento feminista, más fuerte que nunca en España, sí les cubre las espaldas y les «ayuda a perpetuar la historia de lucha de todas las mujeres valientes que no se quedaron calladas ante la desigualdad».

Este 2019, las trabajadoras de hogar no desistirán en la lucha y tampoco se quedarán en casa este 8M. De hecho, el día 4 de marzo hay preparada una convocatoria especial en la que estas trabajadoras están llamadas a dejar los delantales en el balcón para evidenciar sus problemas.

Las empleadas de hogar caminan, siempre con prisa, hacia nuevos objetivos: luchar contra la enmienda 6777 presentada por el PP al Proyecto de Presupuestos Generales del Estado (PGE) que retrasa de forma irreversible el proyecto de equiparación hasta el año 2024; lograr una subida del salario mínimo de las trabajadoras; y poner coto a los servicios de contratas que no hacen sino echar por tierra el trabajo de estas personas por las pésimas condiciones que suponen para ellas. El camino hacia la equiparación real sigue lejos, pero nunca han dejado de caminar.