En julio de 2018, María dejó bruscamente su ciudad para huir de su maltratador. María no es su nombre real, porque él aún la busca, sino inventado, como ella tuvo que inventarse una nueva vida al otro lado de España. «No tenía nada, no conocía a nadie, dormía en la calle y comía en un comedor social», recuerda María, que ha conseguido construirse un presente del que se siente orgullosa.

La ilusión surgió de la oportunidad de acceder a un puesto de trabajo en ayuda a domicilio

Sus ganas de vivir fueron más fuertes, el peso de la familia que dejaba atrás no le impidió reinventarse y en el camino se cruzó con personas que descubrieron su implicación y buscaron la mejor forma de ayudarla. María había trabajado antes cuidando a una persona mayor y cuando en servicios sociales le ofrecieron la oportunidad de acceder a un puesto de trabajo en ayuda a domicilio la ilusión se pintó en su rostro. «No me lo podía creer, estaba sola, no tenía a nadie y me apoyaron también psicológicamente», habla María con su voz ronca, consecuencia de la parálisis de cuerdas vocales que sufre desde que era niña. Una circunstancia que le confiere una discapacidad del más del 33% debido a los problemas respiratorios que le ocasiona cuando sufre resfriados pero que no altera, en absoluto, su capacidad para trabajar.

Así lo hizo. Aun durmiendo en un albergue, comenzó a trabajar en Clece, filial de ACS. Cogió la oportunidad con fuerza y su coordinadora pronto notó su  empeño. «Venía de una situación tan complicada que al principio no podíamos creer su aplomo. Había normalizado unas situaciones durísimas. Desde el principio quisimos ayudarla pero no le dijimos nada hasta tener claro cómo hacerlo», cuenta una trabajadora social de Clece a la que la vocación se le nota en cada palabra. «Tras conocer su situación vimos que lo mejor que podíamos hacer por ella era darle algo que nadie le pudiera quitar. Ofrecerle formación reglada, un título que le permitiera trabajar aquí o en cualquier otro lugar y en un sector en auge como es el de la dependencia, en el que, además, disfruta trabajando», relata.

Para ello sabían que podían contar con ‘Corazón y Manos’, una asociación sin ánimo de lucro creada por empleados de Clece para ayudar a otros compañeros que atraviesen situaciones complicadas o de vulnerabilidad. La asociación otorgó a María una beca para formarse en un curso de 660 horas que le permitiría obtener el título oficial de auxiliar de ayuda a domicilio. Además, Clece adaptó sus horarios para que, sin perder salario, pudiera compatibilizar el trabajo con las clases. «Me quedé helada cuando me lo contaron. No me podía creer que me pasara algo así», cuenta María. Y corrobora su coordinadora: «Nos dijo que era la primera vez que alguien apostaba así por ella. Para nosotros es solo un reconocimiento a su tenacidad, a su esfuerzo por seguir adelante. Nosotros creemos que es una heroína».

Al principio le costó. Le pesaban sus 50 años y la falta de costumbre. «Estuve a punto de dejarlo», reconoce. Pero no lo hizo, continuó, cogió el ritmo y hace apenas una semana ha colgado el título en la habitación que tiene alquilada y que es ahora un símbolo de su autonomía e independencia. «Hace apenas un año jamás me hubiera imaginado esto. Estuve muy asustada, pero lo he conseguido. Estoy feliz, como una niña pequeña», concluye.