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Olimpiadas de medallas y terror

Desde los JJOO de Múnich de 1972 los grandes eventos deportivos se han convertido en plataformas para grupos armados. El autor de 'Terrorismo y deporte', Carlos Igualada, documenta hasta 70 actos terroristas: México 1968, Seúl 1988, Barcelona 1992, Atlanta 1996...

Es la plataforma perfecta. El mundo observa y los medios de comunicación informan a la humanidad de cada gesta, cada logro, cada fracaso que ocurra. Japón inauguró este viernes el mayor escaparate del mundo: los Juegos Olímpicos. Serán los más silenciosos de la historia, sin público en los estadios, ni delegaciones arengadas por sus seguidores. Pero los deportistas, los organizadores, las delegaciones y la cúpula olímpica serán escrutados como cada cuatro años por miles de televisores del mundo, millones de teléfonos e influencers de las principales redes sociales. Allí se reflejará la gloria, la derrota, la sorpresa y la decepción.

Pero hace mucho que en la ecuación olímpica también cabe el drama, la coacción, la amenaza e incluso la muerte. La primera, la gloria, la lograrán quienes se suban a lo más alto del podio; la segunda, el elemento más distorsionador que inquieta a los promotores de estos grandes eventos, es la pesadilla del país organizador: un atentado terrorista.

Hace décadas que bandas terroristas, organizaciones criminales, colectivos violentos o incluso gobiernos autoritarios recurren a los JJOO para clamar ante el planeta sus aspiraciones. Sólo un evento como unos Juegos reúnen a un ‘auditorio’ tan numeroso, con público en los cinco continentes y al mismo tiempo. Se estima que sólo en los últimos años se han producido cerca de 200 atentados en citas deportivas de primer nivel como estas.

La secuencia moderna de este binomio sangriento de gloria deportiva y amenaza violenta arrancó con el secuestro y asesinato de 11 de deportistas israelíes en las Olimpiadas de Múnich 1972. El autoproclamado grupo palestino ‘Septiembre Negro’ decidió hacerse oír secuestrando deportistas del país enemigo. Fue el comienzo. Desde entonces se pueden acreditar hasta 70 atentados en grandes citas deportivas a lo largo de todo el mundo.

El escaparate del mundo

Las Olimpiadas, los mundiales de fútbol, las Eurocopas o hasta los campeonatos de Cricket en Asia o el Rally Dakar -que tuvo que abandonar África por la amenaza terrorista- se han convertido para las organizaciones criminales en una oportunidad para ser escuchados. El repaso por la historia de los últimos 50 años muestra que los atentados han sido muchos y de todo signo: de reivindicaciones nacionalistas, -como las llevadas a cabo por el IRA o ETA-, de extrema derecha -como el atentado en Atlanta 94 protagonizado por un antiabortistas y contrario a los homosexuales- o incluso llevados a cabo por milicias paramilitares, por terrorismo de Estado, o más recientemente, por organizaciones religiosas extremas de carácter yihadista.

El historiador y director del Observatorio Internacional de Estudios Sobre Terrorismo, Carlos Igualada, ha publicado Terrorismo y deporte (Editorial Catarata) en el que hace un repaso por la incidencia e impacto que a lo largo de la historia reciente ha tenido la violencia armada en los eventos deportivos de primer nivel. “La utilidad en términos políticos de unos Juegos Olímpicos o de cualquier otro gran acontecimiento deportivo siempre ha existido. Es un escaparate con millones de audiencia, el mejor escenario para ilustrar unas motivaciones políticas. Lo hizo Hitler, lo han hecho los Talibanes. Han servido tanto a grupos terroristas como a gobiernos”.

Igualada asegura que la masacre de los Juegos de Múnich en 1972 fue el momento en el que “el mundo del deporte perdió la inocencia”: “Incluso el grupo terrorista ‘Septiembre Negro’, que protagonizó aquel atentado, vio que su acción tenía mucha más repercusión de la que creía. La causa palestina se difundió por todo el mundo. Desde entonces, muchas organizaciones terroristas han querido imitarles recurriendo a los grandes eventos deportivos para proclamar sus fines”.

En algunos casos, el objetivo es divulgar proclamas; en otros, dañar la imagen del país organizador o reprimir protestas o revueltas en la sociedad del propio Estado anfitrión. Es lo que sucedió en México 1968. El 2 de octubre de ese año, a diez días de la inauguración de aquellos Juegos Olímpicos, el Gobierno del PRI presidido por Gustavo Díaz Ordaz no dudó en reprimir a tiros manifestaciones estudiantiles que reclamaban libertad. En la que se conoció como la matanza de Tlatelolco, ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas de México DF, el grupo paramilitar ‘Batallón Olimpia’ reprimió con tanta violencia aquella protesta que dejó un balance de más de 300 muertos. La masacre elevó las voces partidarias de la suspensión de los Juegos, pero el COI, por un solo voto de diferencia, decidió que México 68 se celebraría.

El cambio tras el 11-S

Dos décadas más tarde la cita era en Seúl, Corea del Sur. Aquellos Juegos de 1988 también estuvieron empañados por el terrorismo. Esta vez protagonizados por sus vecinos del norte. Un avión que recorría la ruta Bagdad-Seúl estalló en el aire provocando 115 muertos. Aquel intento de boicot a los juegos estuvo protagonizado por la vecina Corea del Norte.

“Fue a partir del 11-S cuando todo cambió de modo importante. También en el deporte. Se dice que unos Juegos, un Mundial, son el mayor reto de seguridad en tiempos de paz. Organizarlos requiere ahora enormes recursos económicos y medios en seguridad. A partir de entonces, la seguridad es un elemento que se tiene muy en cuenta a la hora de designar una sede para acoger una competición de gran envergadura”, asegura Igualada.

La amenaza terrorista fue uno de los elementos que pudo estar detrás de la no elección de Madrid como sede de los Juegos Olímpicos de 2012. La capital optaba a celebrarlos. En la presentacieón de la candidatura todo marchaba bien hasta que el príncipe Alberto de Mónaco -miembro del COI- preguntó por la seguridad en España ante la amenaza de ETA. Dos semanas antes la banda había colocado una bomba en el Estadio de La Peineta de Sevilla. Con aquella pregunta, casi al final de la exposición, las buenas sensaciones de la candidatura se diluyeron: “Muchos creen que esa fue la pregunta clave por la que España no logró la candidatura. Es evidente que para entonces la seguridad era ya una de las grandes cuestiones que debía asegurar cualquier candidatura”. Aquellos juegos se celebraron en Londres.

En 1992 en España, ETA actuaba con gran virulencia. Más aún a finales de 1987, cuando fue seleccionada por el COI para albergar los primeros Juegos Olímpicos de la historia de nuestro país. Un año después en Barcelona, se produjo uno de los peores atentados de la banda, la masacre de Hipercor: 27 muertos. Pese a ello, no se cuestionó reconsiderar aquella candidatura. Los juegos se celebraron y la historia los recuerda como un gran éxito.

La bomba oculta de Barcelona 92

Sin embargo, tal y como apunta Igualada, podrían haber sido una tragedia. El Gobierno ocultó durante dos décadas la localización de una bomba colocada por ETA en el techo del Palau Sant Jordi que acogía varias de las pruebas olímpicas. El entonces Secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera, lo desveló 20 años después: “Ese atentado hubiera cambiado de forma drástica los Juegos de Barcelona”.

La banda terrorista recurriría en más ocasiones a grandes eventos deportivos para reivindicarse internacionalmente. Lo hizo en 2002 en Madrid, a pocas horas de que comenzara de la semifinal de la Champions entre el Real Madrid y el Barcelona. Una llamada alertó al diario Gara de la colocación del artefacto cerca del estadio Santiago Bernabéu. Hubo tiempo para acordonar la zona, pero la explosión provocó 19 heridos. El partido se celebró y el estadio se llenó: “Esto demuestra la capacidad de resiliencia de la sociedad. ETA no logró que se suspendiera el partido. Es importante el papel que juega una sociedad frente al terrorismo”.

El autor de Terrorismo y deporte subraya que tras los atentados del 11-S contra las torres gemelas en New York la amenaza yihadista se sumó a los peligros de los grandes acontecimientos deportivos. Cada vez más, los grupos islamistas radicales violentos incluyeron al deporte como uno de sus altavoces para presentarse al mundo. Las Olimpiadas de 2000 en Sídney, Australia, fueron uno de sus objetivos. Las autoridades del país apenas pensaban en poder ser víctimas de un atentado. Entonces el yihadismo aún no parecía una amenaza grave ni global.

A comienzos del milenio los Talibán controlaban ya gran parte de Afganistán y la Ley Islámica era la norma de su territorio. Aquel estado en manos de extremistas islámicos no gozaba de ningún reconocimiento internacional pero, tal y como relata Igualada, su entonces ministro de Deporte, Abdul Shukor Mutmaen, envió a varios emisarios a las autoridades olímpicas para mostrarles su interés en que Afganistán participara en la ceremonia de inauguración en Sídney. Como contraprestación, los talibanes se comprometían a no lanzar “ninguna operación que pudiese interferir en las Olimpiadas”.

Invitación a los Talibán

“Las reuniones debieron dar sus frutos y el COI decidió otorgar dos cartas de invitación como observadores a los talibán a falta de diez días para la inauguración, aunque no permitió que los atletas afganos pudiesen representar a su país, suspendido desde 1999 por, entre otras cosas, no reconocer la participación de las mujeres en pruebas deportivas”. El régimen talibán vendió como un éxito y un reconocimiento internacional la invitación del COI. La polémica y críticas que generó la decisión en todo el mundo llevó al COI a retirar de urgencia la invitación apenas unos días antes de iniciarse los juegos.

En 2016 el Estado Islámico también quiso aprovechar la plataforma olímpica. El yihadismo recurrió a las redes sociales para lanzar en ellas amenazas contra los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. “Mensajes como ‘Brasil, eres nuestro próximo blanco’, atribuido a un yihadista francés del Daesh y la publicación de infografías lograron una gran repercusión. Diez simpatizantes fueron detenidos en Brasil 15 días antes de la inauguración”, recuerda Igualada.

El próximo año deporte e islamismo radical vivirán un punto de encuentro extraño. Un país como Qatar acogerá el Mundial de Fútbol. Hace años que figura como uno de los impulsores del deporte en distintos lugares del planeta, pero también como un reino acusado de financiar movimientos violentos: “Aquí hay muchos intereses económicos. Con Qatar se hace la vista gorda. Es evidente que existe una doble vara de medir”.

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