Todos nos acordamos de qué hacíamos aquel 11-S de 2001. «Never forget (Nunca olvidaremos) prometimos a las 2.977 víctimas mortales de los mayores atentados jamás vistos antes, perpetrados en Nueva York y Washington, en los símbolos del poder occidental. Diecinueve años después de los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono las conmemoraciones han cedido su espacio en los informativos a la pandemia del coronavirus, que ya se ha cobrado más de 900.000 vidas en el mundo, cerca de 200.000 en Estados Unidos, el país más afectado. Son más muertes que las que registró Estados Unidos en todos los conflictos en los que ha estado inmerso desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Aquellos ataques fueron obra del terrorismo yihadista abanderado por Al Qaeda, entonces liderado por Osama bin Laden, quien terminó cayendo en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses en Abottabad, Pakistán, diez años más tarde. Las víctimas de este 2020 sufren por un enemigo invisible, un virus que en cuestión de semanas viajó desde un mercado de la localidad china de Wuhan hasta la última esquina del planeta. Menos de media docena de países, pequeñas islas apartadas, se han librado de sus garras.

La última portada de la revista Time recuerda a esos casi 200.000 muertos por el coronavirus en Estados Unidos con la relación de los caídos cada día. El titular no deja lugar a dudas: «Un fallo americano». Justo esta semana se ha sabido que el actual presidente, Donald Trump, sabía de la gravedad de la pandemia pero la minimizó de forma consciente.

Ahora dice que lo hizo para no sembrar el pánico, pero tampoco impulsó las medidas imprescindibles, según las revelaciones de Rage, el último libro de Bob Woodward, que sale a la venta el próximo martes en Estados Unidos.

A la vez se ha sabido por la revista The Atlantic el escaso respeto que profesa Trump a los militares, especialmente a los muertos en combate, a quienes considera «losers and suckers» (perdedores y mamones). Muchos de ellos se dejaron la vida en las guerras en las que se involucró Estados Unidos después del 11-S: Irak y Afganistán, países fallidos, si cabe aún más que lo eran antes del 11-S.

En plena batalla electoral tanto Donald Trump como su rival demócrata, Joe Biden, han participado en los actos de homenaje a las víctimas del 11-S en el 19 aniversario, marcado por las normas de distancia social propias de esta época de coronavirus. Biden coincidió con el vicepresidente, Mike Pence, y se saludaron con los codos. Fue una mínima tregua.

El día que cambió todo o eso parecía

¿Qué pasó aquel día? Uno de los testigos de excepción de aquella extraordinaria jornada fue Julio Anguita Parrado, que entonces era colaborador del diario El Mundo en Nueva York. Escuchó la explosión del primer impacto y vio una gran bola de fuego desde su mesa de trabajo en Washington Square, en el Village. De inmediato se puso en contacto con la redacción (en Madrid era la hora del almuerzo) y después salió a toda prisa hacia las Torres. Intentó llegar al World Trade Center con la bicicleta.

A las 8.46 am el vuelo 11 de American Airlines, que había despegado a las 8.00 am de Boston con destino a Los Angeles con 92 pasajeros, impactó contra la Torre Norte de las Torres Gemelas.

Julio A. Parrado, como solía firmar sus crónicas, vio el segundo avión en el trayecto. Habían transcurrido apenas 17 minutos cuando un Boeing 767 de United Airlines, con 65 personas a bordo, se estrellaba contra la Torre Sur. No pudo llegar hasta las Torres en ese momento y vio que no tenía sentido porque los móviles no funcionaban desde allí. Volvió a hablar con la redacción y se puso a escribir sobre lo sucedido.

No había pasado una hora del primer choque en el World Trade Center cuando un Boeing 757 en el que viajaban 64 personas desde Washington DC a Los Angeles impactó en fachada occidental de la sede del Pentágono. Todos los aviones en vuelo recibieron la orden de volver a tierra y se activaron las baterías de misiles.

Esa tarde Julio A. Parrado regresó a la Zona Cero y escribió un extraordinario testigo directo. Estaba en shock, desgarrado por lo que había visto. «Entre el caótico ir y venir de coches de bomberos y tractores pala, nadie echa cuenta de mí. Quizás porque luzco como un muerto andante. El espectáculo es tan impactante que camino dando tumbos, tratando de adivinar qué nombre se oculta tras las cenizas, qué negocio habría en esta esquina, qué dirección tomar…», relataba el reportero en una crónica titulada Una noche en el abismo, recogida en el libro Batalla sin Medalla, y escrita excepcionalmente en primera persona.

Buena parte del legado de esa época lo vivimos ahora: gente encarcelada y sin juicio en Guantánamo, las noticias falsas y nuestros datos en Google y Facebook», dice Mariano Aguirre

«El día en que el mundo cambió», tituló la prensa de dentro y fuera de Estados Unidos. Aquel acontecimiento parecía marcar un antes y un después en el siglo XXI.

«El 11 de septiembre inauguró la era de la guerra contra el terror. Con ella George W. Bush legitimó el uso de la tortura, abrió un centro de detención ilegítimo en Guantánamo, inició un gigantesco programa de control social, realizó detenciones fuera de la jurisdicción estadounidense, y mintió sobre la presencia de armas nucleares en Irak. Buena parte del legado de esa época lo estamos viviendo ahora: el Estado Islámico, gente encarcelada de por vida y sin juicio en Guantánamo, las noticias falsas desplazan a la verdad, y entregamos los datos de nuestra vida privada a Google y Facebook», señala Mariano Aguirre, associate fellow del Instituto Chatham House de Londres.

A pesar de que el autoproclamado Estado Islámico no llegó a consumar su califato, y han caído tanto Bin Laden, como Al Baghdadi, líder del ISIS, «el extremismo islámico aún no ha resultado derrotado», según Ahmed Rashid, autor de Los Talibán, y uno de los mayores expertos mundiales en Al Qaeda y su órbita. Hay enormes focos de frustración y de ira entre muchos ciudadanos de países fallidos, lo que sirve como caldo de cultivo para ese extremismo islamista.

Habrá un renacer del terrorismo islamista porque no está bajo control; en Afganistán, Irak, Siria, o Pakistán, siguen activos», señala Ahmed Rashid

«Habrá un renacer porque no está bajo control, sobre todo en Oriente Próximo. También es muy inestable la situación en Cachemira, entre India y Pakistán, y en la frontera entre China e India. En Afganistán, Irak, Siria, Pakistán, siguen activos, pero siempre tomamos como referencia Occidente y nos olvidamos del resto del mundo», añade Rashid.

Aún así el extremismo se ha propagado también con otros ropajes, un extremismo basado en el odio al diferente. En Occidente la polarización está echando raíces. La América de Trump es solo la punta del iceberg.

«Bush era parte del establishment político y económico. Trump ha mostrado algo que no ha creado él pero lo ha incendiado más. Puede que sea un visionario y haya entendido que la mitad de los estadounidenses pasa de las reglas del sistema. En nuestro mundo de hoy todo es etéreo y volátil», afirma Pere Vilanova, investigador senior del CIDOB y catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

El miedo se impone

El mundo es cada vez más incierto, y lo único cierto es el miedo, el miedo al terrorismo, el miedo a la inseguridad, el miedo al descontrol, el miedo a la muerte. En el 11-S el enemigo estaba claro, como lo estuvo en la Guerra Fría. Entonces era el otro bloque y la amenaza nuclear. Con los atentados de las Torres Gemelas el enemigo era claro: el terrorismo yihadista.

«Fuimos ingenuos: con la caída del Muro se nos prometió el fin de la Historia y la democracia eterna. la ingenuidad fue creer que el sistema podía funcionar sin un enemigo. Con la caída de las Torres nació un nuevo miedo y un nuevo enemigo. Mansamente entregamos nuestros cuerpitos a los scáner de los aeropuertos.. y ahora el virus invisible nos vuelve a hacer mostrar nuestras entrañas. El control es la gran tentación de los autoritarios y los que controlan la inteligencia artificial. Somos todos ciudadanos bajo sospecha», dice la periodista y ex señadora argentina Norma Morandini.

Somos una sociedad miedosa, asustada, y por ende, débil para defender sus derechos», dice Rosa María Calaf

Coincide con Morandini una de las corresponsales españolas con más amplia trayectoria, Rosa María Calaf, quien remarca cómo se ha construido «una sociedad miedosa, asustada y por ende débil para defender sus derechos. Se ha consolidado el rechazo al diferente… Ha surgido una especie de guerra permanente y global. El enemigo es variopinto y puede ser cualquier tipo de régimen, de grupo social o de movimiento, según los intereses del momento».

En las relaciones internacionales surgen nuevas dinámicas, según explica Calaf. «Los regímenes autoritarios son liberados de condiciones (China); algún país aumenta su papel (Rusia), y otros se debaten en sus impotencias (Unión Europea)», apunta la reportera de televisión.

Los medios han experimentado un cambio revolucionario. «La televisión era un arma poderosa que se utilizaba en los grandes momentos (retransmisión de los atentados del 11-S, por ejemplo). Ahora las redes, incluso la televisión, son un arma corta capaz de maniobrar permanentemente. El relato se ha impuesto. Importa más el cómo se cuenta, no qué se cuenta», añade Calaf. Y si es cierto o no pasa a ser anecdótico si suscita aceptación en nuestra comunidad de referencia.

El efecto del 11-S en China

Como poder rival de Estados Unidos, pero sin intención aún de ser hegemónica, emerge China en estas dos décadas, una China que por momentos es aliada y en ocasiones es enemiga. Es China quien controla la tecnología 5G, pero es también en una localidad china donde se origina el primer contagio por Covid-19 en humanos, a finales de 2019. Menos de diez meses después hay más de 28,5 millones de casos en el mundo y cerca de un millón de muertos, según la Universidad Johns Hopkins.

El cambio en China en estos 19 años ha sido muy relevante. En 2020 queda claro que es la segunda potencia global y no se descarta que pueda desbancar a Estados Unidos. En aquel 2001 la tensión entre EEUU y China era creciente, pero el 11-S sirvió para que la China de Jiang Zemin y el EEUU de Bush hijo se acercaran en la búsqueda del consenso antiterrorista.

A la par que EEUU se concentraba en acciones militares, China se volcaba en el desarrollo económico», dice Xulio Ríos

«La presencia de tropas de EEUU en zonas limítrofes con China hizo que Pekín dotara de mayor relevancia a la Organización de Cooperación de Shanghai, y también que se acercara a Rusia. En ese momento comienza un mayor entendimiento entre Pekín y Moscú, una relación que se ha mantenido hasta ahora», señala Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China.

«A la par que Estados Unidos se concentraba en acciones militares (en Afganistán, Oriente Próximo), China se volcaba en el desarrollo económico. En 2001 entra en la Organización Mundial de Comercio (OMC). Este contexto facilitó el salto espectacular de los primeros años del 2000 hasta la llegada de la crisis», añade Xulio Ríos.

Decadencia de nuestra civilización

Hoy lo vemos cómo un suceso más dentro de una decadencia de nuestra civilización. Creíamos que aquel ataque terrorista era lo más disruptivo que podíamos imaginar. Pero en 2020 hemos sufrido una pandemia que ha transformado nuestra manera de vivir incluso más que aquel 11-S. Otro episodio de esa deriva.

Aquellos atentados cambiaron nuestra forma de viajar, pero ya había empezado a transformarse con los secuestros de los grupos palestinos en los años 70. Ha sido la actual pandemia la que nos ha obligado a quedarnos varados. El mundo se ha detenido, algo que parecía imposible hace unos meses.

Hoy no sabemos explicar gran parte de lo que sucede. Ya no es un mundo bipolar, ni unipolar. Es una inédita fragmentación de entidades de poderes estatales y teconológicos», dice Pere Vilanova

«El 11-S, aparte del impacto mediático para la imaginación colectiva, no ha cambiado tanto nuestras vidas. La historia lo procesa todo. En Estados Unidos y en Europa hemos pagado una tasa muy baja en lo que se refiere al Estado de derecho. La amenaza principal a las libertades viene de lo que denominan GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon, también llamados los Big Four o Big Five con Microsoft). Lo único que podemos hacer es no colaborar con ellos mucho», explica Pere Vilanova, investigador senior asociado en CIDOB y catedrático.

«En el mundo que hoy vivimos no sabemos explicar gran parte de lo que sucede. Ya no vivimos en un mundo bipolar, ni unipolar. Es una nueva e inédita fragmentación de entidades de poder: poderes estatales y tecnológicos. Compiten entre ellos con pocas reglas», añade Vilanova, quien ve claras señales de una crisis de la civilización, marcada por los cambios tecnológicos y de socialización.

Aquel mundo que vio empezar a derrumbarse el reportero Julio A. Parrado en Nueva York está ahora en descomposición, y sufre de un virus de momento sin cura. De esas cenizas surgió Trump que arremetió con dureza contra esa élite política y económica que llevó al país a guerras interminables, aunque se aprovechó de la islamofobia y la xenofobia que cobró vigor con el 11-S.

Muchos se quedaron por el camino. Entre ellos, el reportero, que murió cerca de Bagdad, el 7 de abril de 2003, en una de las guerras que inició Estados Unidos como consecuencias de los ataques a las Torres. Decenas de miles, no solo los que fallecieron en aquella jornada, fueron víctimas de la guerra contra el terror. Ahora el enemigo es invisible y volátil, también se cobra cientos de miles de vidas, y nos lleva a cuestionar nuestra forma de vida.

La penúltima crónica de Julio A. Parrado, A la caza del pepino, desde las inmediaciones de Bagdad, es una metáfora de esa guerra y del mundo que vivimos en el que las noticias falsas no se diferencian de los hechos. Empieza así: «Al menos, no nos fuimos con las manos vacías. A por pepinos fuimos y con la hortaliza regresamos. Y con tomates, pollos y té moruno, para asentar el palo en el estómago. Todo comenzó con el soplo de Abdel Karim… ‘Les puedo llevar a un silo donde la Guardia Republicana guarda cientos de misiles'». Siguen al supuesto confidente y van de una pollería a dos invernaderos y un caserón donde encuentran las hortalizas, unos pepinos. Así seguimos 19 años después. Confundidos.