El doctor Max Jacobson le recetó anfetaminas y ella se las tomó junto a unas pastillas para dormir. Una mezcla que junto a su alimentación gaseosa y su hipertensión heredada gripó su cerebro. Murió a los 44 años. Trabajó con demasiada intensidad, con la profundidad a la que sólo acceden mentes brillantes. A Jocobson le llovieron las denuncias, le retiraron la licencia por conducir a la adicción a sus pacientes y propiciar situaciones como la de Maya Deren.

La cineasta ucraniana nació como Eleanora Derenkowsky hace 100 años, en el Kiev de 1917, y murió como la madre del cine underground en Estados Unidos. Su carrera empezó tras mudarse de su ciudad natal a Nueva York y tras cambiar de nombre. Las ideas trotskistas de su padre provocaron esa huida rápida y ella, que se rodeó de nombres tan fuertes como André Breton, Anaïs Nin o John Cage, se convirtió en una auténtica revolucionaria cultural, en un cálido gris frente al frívolo blanco y negro del Hollywood de la época. Su primer filme, que nunca llegó a terminar, data de 1943 y sólo tres años más tarde, en 1946, se convirtió en la primera mujer del mundo en recibir una beca Guggenheim para filmar con total libertad.

Se convirtió en la primera mujer del mundo en recibir una beca Guggenheim

No podría haber sido de otra manera. Su falta de servidumbre ante cualquier tendencia, cualquier movimiento y, sobre todo, ante las políticas discriminatorias, era su característica más acusada. Era incapaz de concebir la estética sin la ética y así realizó cada uno de sus trabajos. “La filosofía de Deren, con su impresionante insistencia en la dimensión ética del arte, además de por haber sido una feminista pionera, la convierten en un personaje muy apreciado incluso a día de hoy”, aseguró el crítico Bill Nichols sobre la directora, poeta y ensayista hace unos años.

Su obra no fue muy amplia y no fue concebida para todos los públicos. Llamó a sus filmes “películas de cámara”, por las limitaciones que aporta el segundo término, y las llevó de tour por universidades y centros de enseñanza. Veía en la observación íntima el más placentero de los espectáculos y concebía estos como una declaración de intenciones que tenía que estar en constante evolución.

Hollywood ha sido un gran obstáculo para que el cine se definiera”

Eso le llevó a criticar con dureza los estándares impuestos por el mundo del cine y, sobre todo, a la meca del mismo. “Hollywood ha sido un gran obstáculo para que el cine se definiera y se desarrollara como una forma de arte creativo y fino”, aseguró. Y actuó en consecuencia con esa idea, sin dejarse llevar por los carteles luminosos y los espectadores con las manos manchadas de mantequilla.

Quizá ese sentimiento de generar creatividad le llevó a ver en el vudú un tema al que prestar atención. El dinero de la beca Guggenheim lo utilizó para viajar a Haití y realizar un trabajo sobre sus rituales, para meterse de lleno en una cultura que admiraba y desconocía por igual. No tardó en asumir su religión como propia, en dejar de grabar y hacerse protagonista de la acción. Algo parecido a lo que hizo con el resto de sus trabajos.

Algunas de sus obras se centraron en la mujer, en su papel, en su revolución. Y en la mayoría, aparece lo circular apegado al tiempo, el individualismo, la danza y algo parecido al psicoanálisis. “Nada puede lograrse en el arte del cine hasta que su forma sea entendida cómo el producto de un artefacto completamente único: el ejercicio de un instrumento que puede funcionar simultáneamente tanto en términos de descubrimiento como de invención”, alegó en uno de sus muchos textos.

Maya también era escritora. Incansable en cada una de las artes con las que se atrevía. Su libro mejor libro, y el que sigue siendo un referente a día de hoy, fue Anagrama. Una suerte de escrito en el que la ucraniana da claves sobre la filosofía de su cine, de como todas las piezas tienen una importancia fundamental en el resultado. Cómo ella explica: “Cada elemento está tan relacionado con el todo que ninguno de ellos puede cambiar sin afectar la serie y así afectar a la totalidad. Y, por el contrario, el todo es lo relacionado con todas las partes que si se leen horizontalmente, verticalmente, en diagonal o en sentido inverso a la lógica de la totalidad no es interrumpido, se mantiene intacta”.

La misma filosofía con la que ella organizaba su vida. Asumiendo el arte como un conjunto que lo incluía todo, que no podía sobrevivir si le faltaba alguna de sus partes, que carecía de sentido si estas se entrelazan de forma incorrecta. Por eso, su obra mezcla música, poesía, prosa, pintura… y lo convierte en un sólo cuerpo imposible de diseccionar. En el todo perfecto.