Prisioneros judíos en el campo de exterminio de Auschwitz.

Prisioneros judíos en el campo de exterminio de Auschwitz. USHMM

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El hombre que puso nombre al genocidio

Churchill lo llamó "el crimen sin nombre". El abogado judeopolaco Rafaël Lemkin se empeñó en ponerle uno y a ello dedicó toda su vida.

De pequeño ya apuntaba maneras. Cuando aún era un niño leyó el Quo Vadis? de Henryk Sienkiewicz y algo se le removió muy dentro. Le conmovió el sufrimiento de los cristianos, le azoró la crueldad de los romanos. Preguntó entonces a su madre por qué la policía no había intervenido para salvar a los cristianos masacrados. No hubo respuesta.

Habría de esperar una década para que ese afligimiento natural se convirtiera en obsesión metódica. Tenía apenas veinte años cuando un juicio le cambió la vida. Era 1921 y en Berlín, a unos 1.000 kilómetros de donde él estudiaba Derecho –en la ciudad entonces polaca de Lwow-, se juzgaba a un joven por el asesinato del ministro turco que había ordenado aniquilar a centenares de miles de armenios seis años antes.

La magnitud del exterminio, que el crimen buscara acabar con los individuos sólo por el pueblo y la religión –de nuevo cristianos- a que pertenecían, llevaron al jovencísimo Rafaël Lemkin a empezar a estudiar de manera sistemática desde el derecho la destrucción de grupos. El ascenso de Hitler y el posterior Holocausto le condenaron a no abandonar ese estudio jamás. Polaco, de familia judía, y con predisposición al trabajo obsesivo, acabó dedicando a ello toda su vida.

El abogado polaco Rafaël Lemkin.

El abogado polaco Rafaël Lemkin. USHMM

“Por entonces el derecho internacional permitía a un Estado hacer lo que quisiera” con sus ciudadanos, explica el abogado especialista en derechos humanos Philippe Sands en su imprescindible Calle Este-Oeste (Anagrama, 2017), ensayo y sin embargo casi un thriller en el que entreteje la historia de su propia familia, la de los abogados judíos que plantaron la semilla del Derecho Internacional y la de líderes nazis y sus descendientes.

“Por extraño que parezca, no había ningún tratado que impidiera a Turquía [y posteriormente al Reich alemán] actuar como lo hacía y matar a sus propios ciudadanos. Soberanía significaba soberanía, total y absoluta”. Lemkin se propuso encontrar fórmulas para acabar con la impunidad de los estados y para prevenir la masacre de minorías.

Barbarie, vandalismo

Ya como fiscal del Estado polaco, participaba en los esfuerzos –muy incipientes- de la Sociedad de Naciones para desarrollar un derecho penal internacional. Fruto de estos trabajos alumbró la primera sistematización de sus ideas. Estaba sentando las bases de lo que vendría después.

Como preparación de una reunión que se celebraría en Madrid en octubre de 1933, Lemkin elaboró un breve texto en que proponía nuevas normas internacionales  para prohibir la “barbarie” (acciones de exterminio por motivos políticos y religiosos) y el “vandalismo” (actuaciones dirigidas a acabar con una cultura y su patrimonio).

“La innovación de Lemkin consiste en su apreciación de que tales actos de “vandalismo” y de “barbarie”, destrucciones de los hombres y también de su cultura han de ser vistos desde una perspectiva internacional por afectar a intereses que van más allá de los de un simple Estado. Conciernen a toda la humanidad y en calidad de tales han de ser juzgados”, explicaba Antonio Elorza, catedrático de Ciencias Políticas y estudioso de la obra de Lemkin, en un reportaje sobre los genocidios.

Lemkin no pudo defender sus propuestas en Madrid. El ministro de Justicia polaco prohibió su viaje y lo excluyó de la delegación nacional para no soliviantar al nuevo Gobierno alemán, ya bajo el mando de Adolf Hitler. Pero el abogado, ya treinteañero, continuó con sus trabajos, ahora también envalentonado por los ataques contra los judíos y otras minorías que se multiplicaban con el ascenso nazi.

1938, Alemania se anexionó Austria, y ante la impasibilidad de las potencias europeas después siguió con Checoslovaquia. 1939, le tocó el turno a Polonia. Y Lemkin, con los nazis acercándose ya a Varsovia, huye del país. Escapa a Lituania. De ahí a Suecia. Estocolmo, en principio, sólo iba a ser un destino de paso. Pero la parada se prolonga, porque las sucesivas conquistas nazis de media Europa van cerrando posibles puertos de salida hacia Estados Unidos.

La capital sueca se convierte en su casa durante más de un año, y allí empieza a estudiar de manera sistemática la propia naturaleza de la ocupación nazi y de su proyecto aniquilador. Recopila decretos y ordenanzas de todos los países que acaban bajo el control de Hitler, y confirma que el objetivo nazi es el de la destrucción completa de los judíos y otras minorías en todo el nuevo Reich.

Genocidio, capítulo 9

Toda esa documentación viaja con él cuando, tras recibir una invitación para dar clases en la Universidad de Carolina del Norte, retoma la huida pasando por Moscú, luego Japón y finalmente Estados Unidos. Cuando llegó al campus universitario, última etapa, Lemkin lloró, según reconoce en su postrera autobiografía Totally unofficial.

En Estados Unidos escribe su obra cumbre. El dominio del Eje en la Europa ocupada se publica en noviembre de 1944. Su objetivo es que el público conociera la crueldad nazi, y en él descarta ya el uso de los términos barbarie y vandalismo para crear uno nuevo. Totalmente nuevo. El capítulo 9 del libro lleva el título de Genocidio. Una mezcla de genos (tribu o raza en griego) y cidio (matar en latín). “El “crimen sin nombre” de que habló Churchill ya tenía uno”, resume Elorza, responsable del compendio de todos los escritos de Lemkin sobre el genocidio editado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

El genocidio comprendía los crímenes “dirigidos contra individuos, no en su calidad de tales, sino como miembros de grupos nacionales”, apuntaba Lemkin. “Los nuevos conceptos requieren términos nuevos”, decía sobre el “gigantesco plan” de Alemania para el “exterminio de naciones y grupos étnicos”. Por entonces decenas de familiares de Lemkin seguían desaparecidos. Muchos de ellos, luego se comprobó, habían muerto en los campos de exterminio.

“Lemkin mantuvo una perspectiva práctica. Las normas existentes eran insuficientes; hacía falta algo nuevo. El nuevo término iba acompañado de una nueva idea, un tratado global para proteger a los grupos frente al exterminio para castigar a sus verdugos ante cualquier tribunal del mundo. Los países dejarían de ser libres de tratar a sus ciudadanos como quisieran”, explica Philippe Sands. La Justicia universal para evitar genocidios, más que para castigarlos.

Nuremberg, una batalla conceptual

No habían pasado ni tres semanas desde la capitulación de Alemania y el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, a principios de mayo de 1945, y Lemkin empezó a trabajar en la Oficina de Crímenes de Guerra de Estados Unidos. Junto a los equipos británico, francés y soviético preparaban el Estatuto de Nuremberg para fijar los delitos de los que se acusaría a los principales líderes nazis que seguían con vida y que iban a ser juzgados.

Durante esos trabajos preparatorios y durante los meses que duró el juicio principal de Nuremberg, se libró una gran batalla jurídica y terminológica. Un choque que acabó sentando dos de los pilares fundamentales en el alumbramiento del derecho penal internacional.

Lemkin clamaba por dar un papel protagónico, que nunca tuvo, al crimen de genocidio. Mientras que Herst Lauterpacht –abogado del equipo británico, pero también polaco, también judío, también con familiares víctimas del Holocausto- defendía el uso del concepto de crímenes contra la humanidad.

“Crímenes contra la humanidad busca proteger al individuo frente a la violencia en guerras y matanzas. Genocidio trata de la protección de grupos. Todos los genocidios son crímenes contra la humanidad, pero no al revés”, resumía Sands en una entrevista con El País con motivo de la presentación de su libro. “La diferencia esencial es que si matas a 100.000 individuos siempre será un crimen contra la humanidad, pero sólo será un genocidio, según la ley, si puedes demostrar que la matanza tenía como objetivo destruir al grupo en todo o en parte”.

Cuando se leyeron las sentencias del juicio contra las principales figuras del Estado nazi y su Ejército, a partir del 30 de septiembre de 1946, Lemkin comprobó desolado su derrota. Todos los condenados lo fueron por crímenes contra la humanidad, pero ninguno por genocidio. «El día más negro de mi vida», llegó a decir. Pero esa derrota era sólo temporal.

Primer tratado sobre DDHH

Y es que apenas unas semanas después la Asamblea General de las Nacionales Unidas fue más allá de la sentencia de Nuremberg, y reconoció tanto los crímenes contra la humanidad como el genocidio como parte del derecho internacional. Y tras dos años de exhaustivo trabajo de Lemkin, la Asamblea General adoptó la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, convirtiéndose en el primer tratado sobre derechos humanos de la era moderna.

Cuando Lemkin murió -en 1959, en Nueva York, y en la miseria- llevaba una década volcado en conseguir que los países se unieran a la convención contra el genocidio. A su muerte, ya la habían firmado Francia y la Unión Soviética. Reino Unido no lo haría hasta 1970. Estados Unidos, en 1988.

Hubo que esperar hasta 1998 para que naciera una Corte Penal Internacional. Fue ese mismo año cuando Jean-Paul Akayesu se convirtió en la primera persona condenada por el delito de genocidio por un tribunal internacional por el exterminio de Ruanda. Se reescribía la historia de Quo Vadis? que emocionó a ese niño y, por fin, como aspiraba Lemkin, la policía intervenía para hacer justicia a los masacrados.

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