Nueva York, 01:00 A.M. del 9 de septiembre de 1981. Tres funcionarios españoles entran en el Museo de Arte Contemporáneo de ‘la ciudad que nunca duerme’ (MoMA) y, en un ambiente de completo secretismo, se llevan una de las obras más influyentes de Picasso. No, esta historia que recuerda a las tramas de libros o filmes sobre atracos no es ni ficción ni un robo. 

Efectivamente, el gobierno estadounidense era cómplice del plan de repatriación de la obra por excelencia del pintor malagueño: Guernica. Este año se cumple el 40 aniversario de la ardua y sigilosa tarea que permitió que por fin el gigante cuadro de Picasso arribase al país que aparece representado en él, pero que nunca antes hasta entonces había disfrutado de su presencia.

Guernica, obra francesa de autor español y republicano

La historia del Guernica es tan compleja como la de cualquier español que, durante la Guerra Civil, decidiese abandonar el país. Aunque Picasso ya residía en París desde 1900, con el inicio de la contienda entre nacionales y republicanos el pintor reforzó su activismo político a través del arte. Su apoyo a las libertades de los ciudadanos españoles y completo rechazo hacia el conservadurismo implementado por los de Franco le convertían, como a muchos de los artistas de la época, en claro enemigo del bando nacional.

Su apoyo hacia los republicanos quedó reflejado en la obra que representa el infierno en el que el municipio vizcaíno de Guernica se convirtió el 26 de abril de 1937. La obra en blanco y negro del malagueño, que muestra a través los rostros de sus protagonistas la agonía y desesperación causada tras el ataque aéreo de la Legión Cóndor alemana, fue precisamente un encargo del gobierno de la Segunda República al entonces creciente artista en enero de ese mismo año. 

Guernica, expuesto por primera vez en España (Museo Nacional del Prado)

La intención de los republicanos era que la pintura de Picasso representase las calamidades que el pueblo español vivía en plena Guerra Civil y que estas pudiesen ser comprendidas por el público francés de la Expo parisina de 1937. De esta forma, el pintor, altamente comprometido con la situación que atravesaba su tierra natal, aceptó el encargo del famoso mural y encontró inspiración en tan dramático suceso.

Un cuadro que ha viajado por todo el mundo

Guernica, que se encontraba bajo propiedad del gobierno republicano después de la Expo del 37, no pasó a manos sublevadas con el final de la contienda en 1939. Al contrario: su autor se negó a que la dictadura de Francisco Franco poseyese la obra, cuyo significado iba precisamente enfocado a declinar todos los valores que los rebeldes finalmente implantaron en España. Picasso puso una única condición para que su amado cuadro perteneciese al gobierno de su país: solamente cuando la nación pudiese ser considerada nuevamente una democracia, el Guernica podría ser devuelto a sus orígenes.

Las condiciones del artista fueron escuchadas por el último presidente de la Segunda República, Juan Negrín, quien en mayo de 1939 se encargó de trasladar el gran mural en el buque Normandie hasta Nueva York. No obstante, el Guernica ya había sido expuesto en multitud de localizaciones europeas antes del levantamiento nacional el primero de abril del 39.

Con su presentación también en varios puntos de Inglaterra como «Oxford, Leeds, un concesionario de coches en Manchester y la galería Whitechapel de Londres» – tal y como recuerda el arquitecto e historiador holandés Gijs van Hensberger en su libro Guernica. Historia de un icono del siglo XX – , antes de su partida hacia EE.UU. los republicanos trataron de conseguir fondos para financiar a su bando durante la guerra.

Con el tour del Guernica por el país americano, en el que ocupó las paredes de algunas de las galerías artísticas más importantes de Los Ángeles, Chicago y San Francisco, el artista repitió su intención de recaudar fondos, que a partir de entonces se destinarían a ayudar a los exiliados españoles. Sin embargo, el continuo trasiego que el Guernica sufrió fue poco a poco desgastándole. 

El ir y venir suponía el constante enrolle de la pieza, así como su transporte en condiciones que ponían en serio peligro a la obra maestra de Picasso. Después de visitar otros países americanos como Brasil y de volver a ser expuesta en varias ciudades europeas y estadounidenses, los conservadores de arte recomendaron que el Guernica se tomase un descanso de tanto viaje. Finalmente, el MoMA acogería entre sus paredes hasta 1981 el cuadro estrella del malagueño.

Seis años de un sinfín de negociaciones

España deseaba que el cuadro de Picasso llegase al país tras el furor que surgió alrededor suyo. Pero, a pesar de que el régimen del caudillo ya comenzó a mostrar en 1968 su interés por recuperar el Guernica para presentarlo ante la sociedad española en el recién inaugurado Museo de Arte Contemporáneo, Picasso siguió en sus diez y se negó a que la obra estuviese en su país de origen hasta que se recuperasen las libertades y derechos democráticos. 

Así las cosas, tuvieron que pasar la muerte del propio Picasso (1973) y del dictador (1975) para que el Gobierno de España comenzase a negociar con EE.UU. la repatriación del gran mural. En 1976, Felipe González y Santiago Carrillo viajaron hasta Nueva York para tratar de dialogar con el ejecutivo americano, pero ni siquiera tras el visto bueno dado por el Congreso del país a la entrega del Guernica en 1978 parecía que el regreso del cuadro fuera a suceder próximamente. Sin embargo, ya existía una fecha límite marcada en el calendario para la vuelta de la pintura: el Guernica debería de encontrarse en tierra española antes del 25 de octubre del 81, fecha en la que Picasso cumpliría 100 años de edad.

Uno de los asuntos clave que provocaron la demora de la repatriación fue el conflicto entre los herederos de Picasso sobre dónde debía de permanecer la famosa pintura. Tal y como recogía El País en marzo de 1981, «sólo dos de los herederos de Picasso, Maya y Claude, se oponen al traslado del Guernica a España; todos los demás, que coinciden con los más íntimos y los que más conocieron a Picasso, han reiterado solemnemente, en una reciente reunión celebrada en los alrededores de Lille (Francia), y a la que también asistió la viuda del pintor, Jacqueline, su deseo de que se cumpla la voluntad del artista, es decir, que el cuadro se instale en España definitivamente».

Traslado del Guernica al Casón del Buen Retiro, junto al Museo del Prado, donde se encontró expuesto hasta 1992 (Youtube / RTVE Archivo)

Una vez la disputa entre ambas partes quedó resuelta y los más próximos al pintor cubista se mostraron favorables a la llegada de la pieza de arte a España, otra nueva piedra se cruzaba en el camino del gobierno de Adolfo Suárez por completar el regreso del cuadro: el museo neoyorkino en el que el Guernica llevaba años expuesto.

«Los del MoMA empezaron a darnos largas y tuvo que ser Joaquín Tena, que era secretario general técnico del Ministerio de Cultura, quien les dijo: ‘Miren, yo no sé si la familia Picasso les va a meter un pleito o no a ustedes, pero desde luego el Estado español, como no firmen ustedes la autorización, sí que se lo va a poner’», explicaba el entonces subdirector de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura, Álvaro Martínez-Novillo.

Una secreta y muy esperada vuelta a casa

Martínez-Novillo fue, junto con el Ministro de Cultura, Íñigo Cavero; el director general de Bellas Artes, Javier Tusell; y el director del Instituto de Restauración, José María Cabrera, una pieza clave para conseguir que finalmente la obra maestra de Picasso llegase a España. Tras convencer al Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York para que devolviesen al país de Picasso su obra más ilustre, el plan de salida del Guernica por fin comenzaba a ver la luz al final del túnel.

A principios de septiembre los cuatro funcionarios españoles tenían una misión que cumplir en la ciudad americana de los rascacielos bajo el más estricto secreto: la de por fin recoger el mural en blanco y negro y traerlo a España sin que nadie se enterase. Los hombres de Suárez escogieron un día festivo en el país, el 9 de septiembre, para garantizar la máxima discreción; así como un horario poco usual para descolgar y enrollar la pintura con el objetivo de evitar levantar sospechas.

Llegada del Guernica a Barajas el 10 de septiembre de 1981 (Youtube / RTVE Archivo)

Unas horas después, el camión que transportaba el cuadro de Picasso llegaba al aeropuerto John F. Kennedy, desde el que el Guernica salió rumbo a España en la bodega de un vuelo comercial de Iberia. No fue hasta el aterrizaje en Madrid del Boeing 747 a las 8.27 horas del 10 de septiembre cuando los pasajeros supieron de su famoso acompañante.

La alegría por lograr tener en casa una de las piezas más relevantes de la historia inundaba a la ciudadanía española. El arribo de la obra de Picasso no solo significaba un gran éxito a nivel artístico, sino también político. Tal y como explicaba sobre este cuadro Isabel García García en El ‘Guernica’ en la calle durante los años de la Transición y los primeros años de la Democracia: «En poco tiempo se pasó de su apropiación por el ideario comunista o progresista a convertirse en un emblema de la futura democracia».

Con la pisada del Guernica por primera vez en suelo español, por fin se demostraba que el país había recuperado la libertad y los derechos de la sociedad y que, aunque aún se encontraba debilitado por los estragos de 40 años de dictadura, España era un lugar seguro y democrático. Porque, como denominó Cavero al Guernica, el «último exiliado» de la Guerra Civil llegaba a España para quedarse.