No se sabe muy bien dónde le pidió John Fitzgerald Kennedy -o Jack Kennedy, como lo conocía todo el mundo- la mano a Jacqueline Bouvier, Jackie para la posteridad. Algunos dicen que fue en Boston, en el restaurante del hotel Parker, y otros aseguran que fue en Washington, en el Martin’s Table, un pequeño restaurante en Georgetown donde Jack solía almorzar los domingos después de ir a misa. Sea donde fuere, lo que sí se sabe es que ella le dijo que tenía que pensárselo. JFK tuvo que esperar la respuesta durante largos días -ella había ido a Londres a cubrir como reportera la coronación de Isabel II para el periódico donde entonces trabajaba-, pero al final le dijo que sí.

También se sabe que el anuncio oficial tuvo que esperar un par de semanas porque el Saturday Evening Post había preparado un amplio reportaje sobre Jack titulado ‘El soltero del Senado’. Finalmente, el 24 de junio de 1953 se hizo público el compromiso y se comunicó que la boda se celebraría en Newport el sábado 12 de septiembre.

Pero celebrar una boda de semejante magnitud no era tarea sencilla: Jack Kennedy era por entonces un mero senador por Massachusetts, alguien prácticamente desconocido a nivel nacional, pero no había duda de que quería llegar a la Casa Blanca, por lo que su boda se iba a organizar como un acto político más, un gran mitin pensado para atraer la atención de los medios y granjearle popularidad. Incluso su despedida de soltero -celebrada, esta vez sí, en el hotel Parker de Boston- tuvo visos de una rueda de prensa masiva: los políticos más importantes de Massachusetts estuvieron presentes y el número de periodistas invitados era elevado.

Un día radiante

Finalmente el día 12 de septiembre llegó: hacía sol y no había ni una sola nube en el horizonte. Tan sólo un fuerte viento iba a molestar todo el día a los invitados y se vio a mujeres tener que aguantar con fuerzas sus pamelas para que no saliesen volando.

A las once de la mañana apareció la novia a las puertas de la iglesia de Santa María. No la acompañaba su padre, John Bouvier, apodado Black Jack, sino su padrastro -era el segundo marido de su madre-, Hugh Auchincloss, a quien ella llamaba afectuosamente Uncle Hughdie. Según se supo años después, Black Jack, que era un alcohólico empedernido, había tomado demasiadas copas la noche anterior y se había despertado completamente ebrio, por lo que no pudo acompañar a su hija al altar.

Un traje desafortunado

Jackie, a pesar de no tener a su padre, por quien sentía verdadera veneración, a su lado, se mantuvo serena y muy entera. El vestido, eso sí, no le hacía justicia alguna y, años más tarde, la misma Jackie reconocería que el modelo la horrorizaba: consideraba que el escote enfatizaba el poco pecho que tenía y la falda le parecía la pantalla de una lámpara.

Por aquel entonces, Jackie estaba lejos de ser el icono de moda y elegancia en el que años más tarde se tornaría y, en realidad, se vestía con ropas bastante poco sofisticadas. Sin ir más lejos, en realidad había sido su madre, Janet, quien escogió a la modista: era una afroamericana llamada Ann Lowe que era bastante conocida por entonces por coser trajes para señoras de alta alcurnia de Manhattan, como las Roosevelt o las Rockefeller.

Se necesitaron unos cincuenta metros de tela para hacer el vestido de boda

Jackie dijo que ella hubiese preferido un traje más francés, con líneas rectas y sencillas, pero su madre había querido algo recargado, de cuento de hadas. Los Kennedy también habían preferido un vestido vistoso y Jack había pedido expresamente algo «tradicional, incluso anticuado». Por lo que Ann Lowe finalmente había propuesto un traje de tafetán de seda de color marfil, con manga corta, escote tipo barco y falda abullonada con plisados y bordado de flores. Se necesitaron unos cincuenta metros de tela para hacerlo.

Desgraciadamente, una tubería reventó en el estudio de Lowe en Lexington Avenue, en Nueva York, diez días antes del enlace. El vestido de la novia y de las diez damas de honor (todas llevarían trajes de tafetán rosa con fajines en color borgoña) quedaron tan empapados y sucios que hubo que hacerlos de nuevo a toda prisa. El vestido de Jackie había llevado dos meses de trabajo y, para tenerlo a tiempo, Lowe tuvo que comprar telas a toda prisa y contratar a mucha más gente.

A pesar del sobresalto, el día de la boda el nuevo traje estuvo perfectamente listo. Jackie usó el mismo largo velo de encaje que habían llevado su abuela y su madre. Un discreto ribete de pequeñas flores de naranjo servían de tiara de sujeción. Como el vestido era tan ampuloso, optó por pocas joyas: tan sólo se puso un discreto collar de perlas que pertenecía a su familia, un broche de diamantes también de herencia familiar y un brazalete de diamantes que le había regalado Jack la víspera del enlace. El bouquet estaba hecho de stephanotis (sus flores favoritas), gardenias y orquídeas blancas.

Si Jackie apareció radiante, su futuro marido no quedó atrás. A pesar de que JFK tenía por entonces fama de ir siempre muy mal vestido, para su boda encargó un precioso chaqué en H. Harris & Co., los mismísimos sastres de los Rockefeller. Un barbero muy famoso del hotel Sherry-Netherland de Nueva York fue requerido para cortarle el pelo antes de la boda.

Miles de fotógrafos

A pesar de que Jackie hubiese preferido un enlace sobrio, elegante y discreto, su familia política tenía otros planes bien distintos y, al llegar a la iglesia, Jackie se topó con dos mil personas que la esperaban. Había fotógrafos por doquier.

En la misa se leyó un mensaje de bendición que el papa Pío XII había enviado especialmente a los novios

En el interior, el panorama no era mejor: en medio de decoraciones de crisantemos blancos y gladiolos rosas, había 900 invitados, entre ellos varias estrellas de Hollywood y unos cuantos cantantes famosos. La misa fue presidida por el arzobispo de Boston y se leyó un mensaje de bendición que el papa Pío XII había enviado especialmente a los novios. Un afamado tenor, Luigi Vena, cantó el Ave María de Gounod.

Tras la misa, el interés de los fotógrafos fue incluso peor. Tan pronto como salieron de la iglesia convertidos en marido y mujer, se organizó una especie de pelotón de cámaras delante de ellos para tomar las primeras instantáneas de la nueva pareja. Al ver tantas cámaras juntas, el gentío reunido cerca de la parroquia se emocionó tanto que estuvo a punto de saltarse las barreras de protección y los cordones de seguridad. Tanto griterío histérico hubo que el New York Times reconoció que se llegó a temer que la multitud «aplastara a la novia».

Más de dos mil invitados

Una caravana de 500 limusinas transportó a los invitados a la recepción en Hammersmith Farm, una de las fastuosas mansiones propiedad de Hugh Auchincloss. Aparte de los asistentes a la iglesia, al convite también acudieron innumerables políticos, por lo que en total hubo más de 1.200 invitados y los novios necesitaron más de dos horas sólo para saludarlos a todos. Como era costumbre por entonces, en uno de los salones se expusieron todos los regalos que había recibido la pareja.

La comida -piña rellena y pollo con una espesa crema- se sirvió alfresco y la tarta nupcial, de cinco pisos, fue el regalo de un pastelero de la localidad de Quincy, en Massachusetts. Como anécdota, el champán que estaba previsto para los invitados acabó por error en la tienda donde comieron los chóferes y los asistentes se tuvieron que conformar con un vino de California de bastante inferior calidad. El baile comenzó con I Married an Angel (Me casé con un ángel), cantada por Meyer Davies y su orquesta.

Todos posaron para las fotografías y, a continuación, Jackie lanzó el ramo (le cayó a Nancy Tuckerman, su mejor amiga, a quien había conocido en el colegio). Después, los novios se cambiaron de ropa: Jackie se enfundó en un traje chaqueta de Chanel de color gris y se puso puso un broche en la solapa que le había regalado su suegro.

Una limusina llevó al nuevo matrimonio al aeródromo más cercano, donde un avión privado los esperaba para llevarlos a Nueva York. Después de un par de días en el Waldorf Astoria, los novios fueron de luna de miel a Acapulco.

Era el comienzo de su vida en común. Como todo el mundo sabe, los novios ni fueron felices ni les esperaba una vida plácida por delante. Más bien todo lo contrario.