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50 años sin Clara Campoamor, la insobornable telefonista que aspiró a la libertad

Imagen de Clara Campoamor con un recorte de periódico e imágenes de telefonistas.

Carmen Vivas

«Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política». Era el año 1935 cuando Clara Campoamor escribía estas palabras en El voto femenino y yo: mi pecado mortal, la obra donde exponía la lucha por el derecho de voto de las mujeres, después de que en diciembre de 1931, fuera aprobada la nueva Constitución que reconocía ese derecho. «Para que la política sea cosa de dos, porque solo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras».

Nacida en Madrid el 12 de febrero de 1888, con apenas 26 años, Clara Campoamor consiguió un empleo público como profesora de mecanografía. En 1924 se licenció en Derecho, y se convirtió así en la segunda mujer en ingresar en el Colegio de Abogados de Madrid, después de Victoria Kent, con quien coincidiría más tarde. Por entonces la joven colaboraba en asociaciones feministas, daba conferencias y escribía para la prensa, además de participar en la fundación de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas y el Instituto Internacional de Uniones Intelectuales.

Su salto a la política lo daría con el Partido Radical de Alejandro Lerroux con el que se presentó a las elecciones de 1931, que siguieron a la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931. En estos comicios resultó elegida junto a Margarita Nelken y a Victoria Kent, en un momento en el que las mujeres todavía no podían votar pero sí ser elegidas. 

El 30 de septiembre comenzaron los discursos en las Cortes a favor y en contra del sufragio femenino, pero no sería hasta el día siguiente, el 1 de octubre de 1931, cuando se produjeron las históricas intervenciones de Victoria Kent y Clara Campoamor. Ambas eran referentes en la lucha por la igualdad, pero sólo una pasaría a la historia: Clara Campoamor, que se enfrentó a Kent y a los diputados de su propio partido para defender el principio de la igualdad por encima de los intereses del Estado o de las consecuencias que ello podría traer. En su intervención, Kent, había aludido a que apostaba por retrasar el voto de las mujeres hasta que éstas tuvieran la formación y la independencia económica suficientes para ejercerlo con criterio propio.

Al contrario que Clara, que en su alegato no cedió y defendió con firmeza el principio de igualdad que debía de regir el voto. Su discurso fue decisivo y el sufragio femenino a partir de los 23 años fue aprobado con 161 votos a favor y 121 en contra. A partir de ese momento, el artículo 36 de la Constitución de 1931 exponía: «Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes».

Para aquel entonces países como Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Reino Unido o Alemania ya habían conseguido el derecho al voto femenino. En España, gracias a Clara Campoamor, las mujeres pudieron ejercer su derecho a acudir a las urnas por primera vez en las elecciones del 19 de noviembre de 1933. Sin embargo, la diputada no consiguió renovar su escaño y terminó por alejarse de la política.

Tras el estallido de la Guerra Civil en 1936, Campoamor se exilió en París, donde permaneció hasta 1955 trabajando como traductora, y posteriormente se trasladó a Lausana (Suiza) para continuar con su actividad como abogada y allí murió en 1972.

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