Tendencias

El atentado anarquista de París que quiso matar a Alfonso XIII

Torcuato Luca de Tena, el mítico propietario del (entonces semanario) ABC, hombre visionario y con una capacidad superlativa para los negocios, demostró una vez más su olfato de buen empresario cuando anunció a bombo y platillo una innovación entonces revolucionaria: un periodista seguiría las andanzas del rey Alfonso XIII en su inminente viaje por Europa. El elegido para tal gesta era el alicantino José Martínez Ruiz, más conocido como Azorín.

Era el año 1905 y aquella innovación periodística no era en absoluto baladí: el joven rey Alfonso XIII llevaba tan sólo tres años ejerciendo como rey (desde que cumplió los dieciocho años y puso fin a la regencia de su madre, la reina María Cristina de Habsburgo) y a nadie se le escapaba que aquel gran viaje que lo iba a llevar a Francia y a Inglaterra tenía como objetivo, además de codearse con algunos de los dignatarios más importantes de la época, encontrar una novia adecuada.

A la búsqueda de una reina

Azorín, entonces de 30 años, aceptó el encargo, aunque no de buen agrado. A él, que como buen flanneur le gustaba contemplar las ciudades desde parques, calles y bancos, con parsimonia y sin prisas, le incomodaba tener que escribir crónicas al vuelo y enviarlas a Madrid por telégrafo. Sin embargo, era un encargo bien pagado y, sin duda, con mucha posibilidad de ser leído por miles de personas. Aunque aún no existía –ni se podía intuir– el fenómeno de la prensa del corazón que llegaría décadas más tarde, ya había un público ávido de noticias sobre la vida privada de la realeza. Más si se trataba de saber quién iba a ser la escogida por Alfonso XIII y, por tanto, futura reina de España.

El rey era plenamente consciente del interés que despertaba su vida sentimental y, aunque el pueblo no sabía nada de su intensa actividad sexual —por aquel entonces ya andaba en amoríos con Julia Fons y Carmen de Faya–, Alfonso XIII era conscientes de que las especulaciones sobre su futuro matrimonio iban al alza y que, desde el primer momento en que pisara París (la primera parada de su larga gira), todas las miradas iban a estar posadas en las mujeres que se le acercaban.

Una solemne visita de Estado

El rey partió de España el 27 de marzo del 1905 y llegó a la capital parisina a primera hora de la tarde del 30 de mayo. En la estación estaban esperándolo el presidente de la República francesa, Monsieur Loubet, el gobierno en pleno y decenas de autoridades perfectamente engalanadas. En cuanto el joven monarca salió del tren y pisó tierra, una banda militar entonó solemne la Marcha Real.

Era un día claro, sin nubes y tan sólo ensombrecido por un ligero viento que hacía que los sombreros de las señoras amenazaran con salir volando en cualquier momento. El rey se montó en un carruaje con el presidente Loubet y ambos emprendieron un largo recorrido por el Bois de Boulogne, el Arco de la Estrella y los Campos Elíseos. Los franceses se habían volcado con aquel viaje de estado y en las calles lucían banderas de España y Francia entrelazadas, arcos triunfales de flores y guirnaldas de colores. Mientras Alfonso XIII saludaba a la multitud, ésta le ovacionaba con gritos de: «Vive le Roi! Vive l’Espagne!«.

El presidente acompañó al monarca español hasta el Quay d’Orsay, entonces sede del Ministerio de Negocios Extranjeros, donde se iba a hospedar el augusto huésped. El gobierno francés había puesto todo de su parte para que las estancias fueran del agrado del joven rey: había dos antecámaras, un salón con paredes forradas de damasco y una alcoba donde se habían colgado tapices de los Gobelinos y dispuesto obras de arte escogidas en los mejores museos. La mayoría de los muebles eran de estilo Primer Imperio, incluso se colocó un secreter que había pertenecido a Napoleón I. Alfonso XIII miró aquel lujo con asombro y, agradecido, anunció: «Esta atención llena mi alma de gratitud».

«El rey de España ha triunfado en París»

Al día siguiente, el rey se levantó muy temprano, sobre las siete y media. Tras vestirse a toda prisa (siempre se vanagloriaba de vestirse en tan sólo diez minutos), recibió al embajador de España en París y al marqués de Villaurrutia, entonces ministro de Estado (lo que hoy llamaríamos ministro de Asuntos Exteriores). A las ocho mandó que le organizaran una comunicación telefónica con Madrid para poder hablar con su madre, la reina María Cristina. Pero la línea en el palacio real no debía estar fina, porque tan sólo se escuchaban unos estridentes ruidos. El rey y su madre apenas pudieron intercambiar unas pocas palabras a chillido limpio.

A las nueve llegó para recogerle el presidente Loubet acompañado del general Dubois y dos ayudantes. Juntos emprenden el primer día de visitas programadas: fueron a Los Inválidos (donde está enterrado Napoleón), pasaron por el Barrio Latino, se detuvieron en el Panteón (donde Alfonso XIII visitó la tumba de Victor Hugo), retomaron el vehículo que los portaba, se enfilaron por el bulevar Saint-Michel y llegaron a Nôtre Dame.

A media mañana, fueron al ayuntamiento, donde les recibió el alcalde de la ciudad, Monsieur Brousse. Estaba previsto que el rey diera un discurso y, en buen francés (aunque con una pronunciación algo forzada), Alfonso XIII cantó las alabanzas de Francia. «Todo este viaje me hará conservar siempre una amistad verdadera hacia los franceses, que aumentará cuando, atravesados los Pirineos por los tres ferrocarriles que se van a construir, pueda afirmarse con razón: «Ya no hay Pirineos»».

Después de un almuerzo para más de 4.000 invitados, de visitar un mercado donde se celebraba una feria de alimentación y de tomar parte en una recepción en la embajada española, Alfonso XIII regresó unos momentos a sus aposentos para prepararse para los actos de la noche. A las nueve y cuarto estaba previsto que acudiese a la ópera con el presidente Loubet para ver «Sansón y Dalila«.

Azorín aprovechó el sentido descanso del monarca para redactar y enviar su crónica. «El rey de España ha triunfado en París», anunciaba solemne. «Es un soberano de veinte años que ha dicho una frase de ingenio al prefecto de Policía; que ha tenido otras palabras sentidas para un modesto servidor del Elíseo que llevaba en su pecho una medalla militar; que ha dado, en fin, un beso a una muchacha en los mercados. Y esto, en una ciudad espiritual, sentimental, irónica, como París, es el más completo de los éxitos”.

El terrible atentado

Como estaba previsto, el rey acudió a la ópera y, tras la función, el rey se montó en un automóbil descubierto con el presidente de Francia. Dejaron atrás la plaza del Teatro francés, entraron en la calle de Rohan y, justo cuando el coche iba a torcer hacia la calle de Rivoli, un gran estruendo retumbó y el lugar se llenó de humo. Había estallado una bomba al lado del «Café de la Régence», muy cerca del coche donde viajaba Alfonso XIII. En el suelo había dos heridos graves: un agente de policía y un salchichero apellidado Sérain.

El rey miró a su lado para asegurarse de que el presidente francés estaba ileso: «No os preocupéis por mí», le dijo. «Tranquilizaos, no es nada. Es un petardo como los que tiran los chicos en España para divertirse». Pero el presidente estaba sumamente nervioso y apremió al cochero a que los sacara de allí a toda prisa.

Cuando llegaron al Quay d’Orsay, Alfonso XIII insistió una vez más en que no había que darle mayor importancia a lo sucedido. «Son gajes del oficio, señores», comentó a Loubet, aún palido. Y pidió que el programa de actos para los siguientes cinco días se mantuviera intacto.

¿Quién estuvo detrás del atentado?

Desde el principio, la policía francesa sospechó de los anarquistas. No era ningún secreto que éstos llevaban tiempo intentando atentar contra su vida y, ya en 1902, cuando el monarca juró la Constitución en las Cortes, corrieron muchos rumores sobre posibles complots para acabar con él.

Tampoco era ningún secreto que los anarquistas franceses estaban ayudando a sus compatriotas españoles para desprestigiar internacionalmente a Alfonso XIII. Incluso la extrema izquierda había preparado una serie de actos de propaganda contra el rey aprovechando su visita a París. En una de las revistas anarquistas más importantes de Francia se publicaron artículos sobre «L’Espagne Inquisitorial» y en otras publicaciones se hicieron llamamientos directamente a acabar con el soberano.

La policía francesa conocía estas publicaciones y llevaba semanas vigilando de cerca a los elementos anarquistas más activos del país, como un zapatero llamado Causannel y otro llamado Charles Malato. Éste último era un peligroso sujeto que había sido acusado de participar en los asesinatos del rey Humberto de Italia y del líder del partido conservador español Cánovas. También comenzaron a seguir de cerca a anarquistas españoles que habían llegado recientemente a Francia, como el barcelonés Eduardo Aviñó. Gracias a las pesquisas de la policía se pudo interceptar una carta de Francisco Ferrer, el famoso anarquista de Barcelona, a Malato donde había también un cheque. También varios paquetes de Ferrer a Malato en donde había un sospechoso artilugio con forma de piña. La policía aprovechó el descubrimiento para poner a Causannel y Malato entre rejas.

Pero semejante precaución no sirvió de nada: finalmente, alguien –probablemente Eduardo Aviñó– arrojó una bomba al coche del rey.

Te puede interesar

Comentar ()