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Lo que no sabías de Isabel la Católica: odiaba el ajo, era bastante feminista y usurpó el trono

Isabel la Católica con la imagen de un ajo de fondo y un retrato de los Reyes Católicos sobre el mapa de España

Carmen Vivas

De Isabel de Trastámara, la reina Isabel de Castilla, más conocida como Isabel la Católica, siempre se repite la misma anécdota: que cuando murió su único hijo varón y heredero, el príncipe Juan, supuestamente juró que siempre seguiría de luto y, para desesperación de la corte, usó a partir de entonces la misma camisa negra, sin cambiársela ni un solo día. La historieta, a pesar de que se ha repetido hasta la saciedad, no es que sea completamente falsa, sino que es totalmente contraria a la verdadera personalidad de Isabel. En realidad, ella estaban tan obsesionada con la pulcritud y prestaba tanta atención a sus ropajes, que su confesor, Fray Hernando de Talavera, le llegó a echar en cara que podía estar incurriendo en el pecado capital de la soberbia.

En realidad, la que pronunció la famosa frase de que no se pensaba cambiar la camisa fue una descendiente suya, Isabel Clara Eugenia, hija predilecta de Felipe II. Cuando ésta se casó en 1598 con el archiduque Alberto de Austria, un primo hermano suyo (ambos eran nietos de Carlos I de España y V de Alemania), el rey Felipe les regaló como dote de bodas los Países Bajos y el ducado de Borgoña. En Flandes había continuas guerras y los ejércitos de las llamadas Provincias Unidas de los Países Bajos se enfrentaban continuamente a los Tercios. En 1601, los Tercios cercaron la ciudad de Ostende y fue entonces cuando Isabel Clara Eugenia pronunció la demoledora frase de que no pensaba cambiarse de camisa hasta que se tomase Ostende. Afortunadamente para los que la rodeaban, aquello fue un decir y nunca lo llevó a cabo realmente. Pero la leyenda de que la hija de Felipe II no era muy aficionada a la higiene se acabó consolidando. Y de paso, afectó también a su antecesora, Isabel de Castilla.

Pero aquello no sería el único sambenito que le cayó encima. La imagen de Isabel la Católica está irremediablemente unida a multitud de estereotipos, algunos increíblemente rocambolescos, otros tantos muy machistas. Veamos algunos.

Su nacimiento pasó bastante inadvertido

Cuando la infanta Isabel de Trastámara nació en Madrigal de las Altas Torres, el 22 de abril de 1451, nada parecía presagiar que aquella niña acabaría algún día siendo la mujer más poderosa del mundo. Su padre, es cierto, era rey, el rey Juan II de Castilla, pero su madre, Isabel de Portugal era la segunda esposa del monarca, el cual ya tenía un hijo varón, el infante Enrique, fruto de un matrimonio anterior con María de Aragón. Además, dos años después de su nacimiento, Isabel tuvo un hermano, el infante Alfonso, que iba delante de ella en la línea sucesoria.

Dado que nada se esperaba de aquella chiquilla –todo lo más un matrimonio beneficioso para la corona–, las crónicas del momento no prestaron mucha atención a su nacimiento y, en sus primeros años, Isabel pasó bastante desapercibida.

Su madre tenía graves problemas de salud mental

No se sabe exactamente qué le pasaba, pero Isabel de Portugal padeció problemas de salud mental que la llevaron a tener alucinaciones, enajenaciones y profundas depresiones. Con tal de recuperar su ánimo, Isabel de Portugal y sus hijos se instalaron en el tranquilo pueblo de Arévalo, donde vivieron sin ninguna clase de lujos, más bien lo contrario.

Ni era una fanática, ni era una inculta

En realidad, era todo lo contrario. Es cierto que, de pequeña, Isabel recibió una educación limitada a lo que las mujeres de la realeza adquirían por entonces. No solo aprendió a leer y a escribir, sino que la instruyeron en retórica y música. También hacía muchas labores y pintaba miniaturas. Además, y como era costumbre entre las mujeres de alta alcurnia de la época, Isabel aprendió a montar a caballo y a cazar. Se sabe que en sus ratos libres disfrutaba leyendo libros de caballerías y bailando.

Sin embargo, cuando su hermano murió y ella se acercó al trono, fue ella misma quien, advirtiendo que su formación no era la más adecuada, mandó llamar a especialistas en varias materias. De joven nunca llegó a dominar el latín culto, pero sabía lo suficiente para rezar y recibió clases de gramática latina. Fue ya siendo reina cuando retomó las lecciones y acabó hablando latín a la perfección.

También estaba ya en el trono cuando, asesorada por el claustro de la universidad de Salamanca y, sobre todo, por Beatriz Galindo, una de las mujeres más cultas de la Edad Media europea (fue a la universidad y se convirtió en una experta en la obra de Aristóteles), la reina Isabel comenzó a amasar una más que notable biblioteca. Se dice que llegó a reunir cuatrocientos volúmenes, lo cual era una cifra descomunal para la fecha.

Usaba perfume y cosméticos de Oriente

Como se ha descubierto recientemente a través de documentos del archivo histórico de la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, la reina Isabel usó perfumes y cosméticos y, por lo que se ve, era bastante aficionada a las joyas. Entre sus cosméticos favoritos estaban las mezclas a base de almizcle y benjuí. También usaba aceite de rosa de mosqueta. Sus perfume favorito, al parecer, estaba hecho de ámbar y aceite de azahar.

Odiaba el ajo

Por lo que desveló la historiadora María Pilar Queralt del Hierro, Isabel no podía ver ni en pintura al ajo, mucho menos comérselo, por su mal olor. Se dice que una vez, los cocineros de palacio se equivocaron y pusieron ajo sin querer a un plato que iba a degustar Isabel. Al darse cuenta de su terrible error, intentaron disimularlo poniendo quilos de perejil, pero Isabel se dio cuenta y pronunció una de las frases que más la han hecho famosa: «¡Venía el villano vestido de verde!».

Su boda fue clandestina

El 19 de octubre de 1469, Isabel y el príncipe Fernando de Aragón se desposaron en Valladolid. Como no era una boda aprobada por el entonces rey de Castilla y hermano de Isabel, el rey Enrique, y encima no contaba con la aprobación papal necesaria cuando se trataba de casar a primos –incluso se falsificó la bula–, la ceremonia se tuvo que realizar en el mayor de los secretos. Incluso el novio tuvo que llegar disfrazado de mozo de mula para que no lo descubriesen. El día de la boda ella tenía 18 años y él, 17.

Fue bastante celosa

Su matrimonio fue claramente político, pero la pareja llegó a quererse y a llevarse bien. Bueno, se dice que en realidad ella acabó muy enamorada de Fernando, el cual las crónicas lo describen como un tipo muy apuesto. También podrían haber añadido que era un mujeriego empedernido y que tuvo varios hijos fuera del matrimonio. Semejante nivel de cuernos hizo que ella sintiera bastantes celos.

Usurpó el trono

Bueno, esto hay que matizarlo. En realidad, lo correcto sería decir que se enfrentó a la hija de su hermanastro, al famosa Beltraneja, para conseguir el trono de Castilla. Y que, después de una guerra, se hizo con el poder.

Fomentó la formación de mujeres y su incorporación a la corte.

No se puede decir que Isabel fuera feminista en el sentido que en el siglo en que ella vivió ni se conocía el término ni tampoco el concepto. Pero sí hizo mucho por las mujeres, empezando porque se rodeó de «damas cultas», como la propia Beatriz Galindo, Lucía de Medrano, María de Mendoza y Luisa de Sigea.

Fue muy aplaudida en el Siglo de Oro, pero distorsionada durante el Franquismo

De Isabel la Católica se cree que su principal mérito fue impulsar la conquista de América o culminar la Reconquista. Pero hay algunos hispanistas que creen que su verdadero triunfo fue crear lo que hoy llamamos y entendemos por Estado. El hispanista francés Joseph Pérez, que estudió detenidamente al personaje, siempre explicaba que Isabel era una «muchacha de poco más de veinte años que llega al trono con una idea muy clara: restaurar la autoridad del Estado. Y lo hizo».

Precisamente, su oposición ferviente a los nobles que querían mantener sus prebendas sobre sus tierras y su capacidad para generar una autoridad en donde todos los súbditos fueran iguales la hizo increíblemente popular en su época y también en los siglos posteriores. En el Siglo de Oro se la admiraba y también en el siglo XIX. Aunque nos parezca ahora mentira, durante la II República era posible ser de izquierdas, incluso muy de izquierdas, y reconocer que te gustaba su persona.

Sin embargo, con la guerra civil y el franquismo todo se trastocó. Como explicó muy bien el periodista y escritor inglés Giles Tremlett, autor de una magnífica biografía sobre Isabel, «el franquismo se aprovechó y abusó de su figura para convertirla en símbolo del tipo de régimen nacional-católico que ellos querían imponer».

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