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'Ruta Rosaliana', la Galicia de la poeta que compartió retrato en un billete con Isabel la Católica

Rosalía de Castro y su poema homenaje a Galicia Galicia

Carmen Vivas

Se atrevió a hablar de feminismo en su propia lengua con el típico toque de dramatismo y esa lírica que le dio la razón cuando decía que si se escribe con el corazón todo suena mejor, y que amar a pesar de todo es la mejor de las batallas. Ella amaba a las mujeres y a Galicia, sus ríos y playas, su flora y fauna y a Santiago, su patrón. Y así lo reflejó en la poesía que la consagró como la escritora representativa de Galicia en el mundo y entre los grandes poetas de la literatura española del siglo XIX que la señalaron, junto con Eduardo Pondal y Curros Enríquez, como una de las figuras emblemáticas del Rexurdimiento gallego en las letras. Además, es considerada junto con Gustavo Adolfo Bécquer, la precursora de la poesía española moderna y musa de Antonio Machado.

«Jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria, ni he soñado nunca con laureles que oprimiesen mi frente. Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud», escribió.

De madre hidalga y padre sacerdote, Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 1837 – Padrón, 1885) estudió música y dibujo, aunque muy pronto se dió cuenta de su valía por las rimas, versos y metros. A los 19 años, marcada por el descubrimiento de su condición de hija ilegítima de un sacerdote, y por una delicada salud, que nunca mejoró, se fue de Galicia para radicar en Madrid, con una amiga de su madre. Allí conoció a Manuel Murguía, un periodista gallego que sin entonces saberlo, iba a ser una figura fundamental en su carrera literaria y con quien contrajo matrimonio en 1858 y tuvo seis hijos. Murguía fue el impulso de la poeta para escribir, y la inspiración, sumada a su ‘casiña’, para publicar su primera novela, La hija del mar. «A ti, que eres la persona que más amo dedico este libro, cariñoso recuerdo de algunos días de felicidad, que, como yo, querrás recordar siempre», le escribió a su esposo.

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El libro recibió elogiosas críticas pero no sería el único. Le siguieron dos de sus obras más importantes, A mi madre (1863) y Cantares gallegos (1863), su primer libro en lengua gallega, dedicado a la Galicia rural para la que denunciaba la explotación de los segadores de la época por parte de Castilla y a la que regresó con Manuel después de la muerte de su madre. Allí, mientras «de los robles las hojas caían y del saúco brotaban las hojas», se gestaron Follas novas (1885), sobre la muerte y la soledad del ser humano, El primer loco (1881), y el poemario en lengua castellana En las orillas del Sar (1885).

«Su trayectoria es símbolo de lo mejor de nuestra cultura, un punto de encuentro y un referente, es fuente de inspiración en toda España y un motivo de profundo orgullo para Galicia. Nadie ha podido expresar mejor que Rosalía los sentimientos universales y atemporales que engarzan con nuestras raíces», señalan los críticos sobre la poeta.

Tras el fallecimiento de Francisco Franco y la vuelta de la monarquía a manos de Juan Carlos I en el año 1975, Rosalía de Castro fue retrato del billete de 500 pesetas, junto a la reina Isabel la Católica, el único personaje femenino real que parece en los billetes españoles. La poeta murió de un cáncer de útero en su casa de Padrón, a los cuarenta y ocho años, el 15 de julio de 1885.

Ruta Rosaliana: playas fluviales y senderos

«La ruta Rosaliana es un itinerario lógico que sigue la vida de Rosalía de Castro desde el lugar de su nacimiento, los diversos lugares donde nació y termina donde descansan sus cenizas». Así se refirió el escritor gallego Avelino Abuín de Tembra en 1980, al itinerario As pegadas de Rosalía, la ruta que transcurre por los municipios de Ames, Brión, Dodro, Padrón y Santiago, y que hoy recorre los rincones más emblemáticos de la vida de la poetisa más reconocida de Galicia por iniciativa de Anxo Angueira, presidente de la Fundación Rosalía de Castro. Todos los enclaves están vinculados sentimentalmente con la escritora y se manifiestan en su obra poética.

El itinerario tiene Santiago de Compostela como punto de inicio y fin, desde la Plaza de Vigo hasta el Panteón de Galicia en San Domingos de Bonaval. La primera parada es al pie del monumento a Rosalía que el Ayuntamiento de Santiago le dedicó en 1982, en el Paseo da Ferradura. De granito, la escultura la realizaron los artistas Isidro de Benito y Francisco Crivillés y se inauguró en las fiesta del Apóstol en 1917. Además de representar a la escritora, el monumento incluye los personajes más populares y los títulos de sus obras más famosas.

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La Ruta baja hacia Bertamiráns, en el municipio de Ames, y sigue hasta San Xoán de Ortoño, donde Rosalía pasó su infancia en la casa paterna que hoy ocupa el Seminario de Estudios Galegos. Desde ese punto, es posible escuchar las campanas de la iglesia de Bastavales, una importante parroquia de la archidiócesis compostelana y el siguiente enclave del camino, donde residió esporádicamente la poetisa.

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El siguiente punto de referencia es en el municipio de Dodro, en el Pazo da Hermida, construcción declarada como Bien de Interés Cultural que tiene su origen en el siglo XII, en unas antiguas torres defensivas de la Ría de Arousa, donde Rosalía pasó temporadas enteras y escribió parte de su obra; y la Casa Museo Rosalía de Castro, a un 1 kilómetro de Padrón, donde tiene la sede la fundación. Este es el lugar donde la autora vivió con su marido y sus hijos y en la que murió en 1837, y en sus proximidades se puede visitar la Iglesia de Santa María la Mayor -antigua Colegiata de Íria Flavia-, que es, según la tradición, la primera catedral de España, el Pazo de Arretén, el Jardín Botánico, el Espolón o Centro de Estudios Rosalianos.

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De vuelta a Santiago, la ruta termina en la Iglesia de San Domingos de Bonaval, el antiguo convento de los Dominicos que actualmente alberga el Museo do Pobo Galego y el Panteón de Galegos Ilustres que la escritora describió como aquel lugar «donde descansa todo lo que quería, vidas de mi vida, pedazos de intestino». Y es que allí se encuentran los restos de su madre y de sus hijos, Adriano y Valentina, y los suyos propios desde el año 1891.

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El poema: ‘Miña casiña, meu lar’

Miña casiña, meu lar,
¡cántas onciñas
de ouro me vals!

Vin de Santiago a Padrón
cun chover que era arroiar,
descalciña de pé e perna,
sin comer nin almorzar.
Polo camiño atopaba
ricas cousas que mercar,
i anque ganas tiña delas,
non tiña nin para as pagar.
Nos mesóns arrecendía

a cousas de bon gustar,
mais o que non ten diñeiro
sin elas ten que pasar.
Fun chegando á miña casa
toda rendida de andar,
non tiña nela frangulla
con que poidera cear.
A vista se me varría,

que era aquel moito aunar.
Fun á porta dun veciño
que tiña todo a fartar;
pedinlle unha pouca broa
e non ma quixo emprestar.
As bagullas me caían,
que me fora a avergonzar.
Volvinme á miña casiña
alumada do luar;
rexistrei cada burato
para ver de algo atopar;
atopei fariña munda,
un puñiño a todo dar.

Vino no fondo da artesa.
Púxenme a Dios alabar.
Quixen alcende-lo lume,
non tiña pau que queimar;
funllo pedir a unha vella,
tampouco mo quixo dar,
si non era un toxo verde
para me facer rabiar.
Volvín triste como a noite
a chorar que te chorar;
collín un feixe de palla,
do meu leito o fun pillar;
rexistrei polo cortello
mestres me puña a rezar

e vin uns garabulliños
e fieitos a Dios dar.
¡Meu San Antón milagroso,
xa tiven fogo no lar!
Arrimei o pote ó lume
con auga para quentar.
Mentras escaravellaba
na cinza, vin relumbrar
un ichavo da fertuna…
¡Miña Virxe do Pilar!
Correndiño, correndiño
e fun en sal a empregar,
máis contenta que unhas páscoas

volvín a porta pechar,
e na miña horta pequena
unhas coles fun catar.
Con un pouco de unto vello
que o ben soupen aforrar,
e ca fariñiña munda,
xa tiña para cear.

Fixen un caldo de groria
que me soupo que la mar;
fixen un bolo do pote
que era cousa de envidiar;
despois que o tiven comido,
volvín de novo a rezar;
e despois que houben rezado,
puxen a roupa a secar,
que non tiña fío enxoito
de haber tanto me mollar.
Nantramentras me secaba,
púxenme logo a cantar
para que me oíran
en todo o lugar:

Meu lar, meu fogar;
¡cantas onciñas
de ouro me vals!

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