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La maldición de la emperatriz Sissi llega a Netflix

Netflix

Desde que Netflix dio la absoluta campanada con la serie «Los Bridgerton» inspirada en la Inglaterra georgiana, de principios del siglo XIX, cuando aún los monarcas no residían ni en Buckingham, las productoras se han desvivido por encontrar otro filón semejante que repitiera la fórmula: una historia de amor, unos cuantos embrollos, trajes de época y música contemporánea. Lo de la realidad histórica era lo de menos y en la serie encontramos tranquilamente trajes de otra era con bailes contemporáneos y canciones de Rihanna, rituales de cortejo transnochados y coreografías basadas en el Bad Guy, de Billie Eilish.

La fórmula, desde luego, funciona de sobra y, si no, que se lo digan a los 625 millones de espectadores que vieron la primera temporada –fue la serie más vista de Netflix– y los 627 de la segunda. Por no hablar de la multitud de series parecidas, desde The Great, donde se trata (con muchas licencias) la vida de la emperatriz Catalina la Grande, a Emma, basada en la famosa novela de Jane Austen.

Ahora se intenta volver a repetir el filón con La emperatriz, una serie alemana que recrea la vida de Isabel de Baviera, emperatriz de Austria y reina de Hungría, más conocida como la mítica Sissi.

Otra vuelta de tuerca a la vida de Sissi

Como todo el mundo sabe, la vida de Sissi ya ha sido llevada numerosas veces al cine, comenzando por las icónicas películas de los años cincuenta protagonizadas por Romy Schneider y que marcaron a toda una generación. Las películas, obviamente, no reflejaban en absoluto la vida real de la emperatriz, pero marcaron el inicio de un mito en donde la fantasía pesaba más que la veracidad histórica.

Aquella Sissi nos presentaba una dulzona historia de amor con tinte rebeldes: según el guion, la joven e inocente Sissi y el emperador Francisco José de Austria se enamoraron perdidamente nada más verse y, oponiéndose a toda la corte vienesa y, sobre todo, a los designios de la archiduquesa Sofía, decidieron casarse. Sissi pasó un infierno en la corte y tuvo que luchar para que su suegra le dejara cuidar a sus hijos. Tan sólo el amor que se profesaban hizo que el matrimonio saliera adelante.

Precioso, pero no del todo cierto. Sissi sí que era una princesa bávara, pero de segunda fila, ya que su padre era duque en Baviera, es decir, alguien que no tenía porqué pisar la corte. Sissi creció entre Munich y su querido Possenhofen y, cuando tenía quince años, acompañó a su madre y a su hermana en lo que iba a ser el anuncio del compromiso matrimonial de Francisco José con Helena, o Nené como se la conocía, la hermana de Sissi. Pero, y aquí viene lo único en que la ficción y la realidad sí que concuerdan, Francisco José quedó prendado inmediatamente de Sissi en cuanto la vio y, en cuestión de horas, pidió su mano.

Ella no estaba enamorada de él y, de hecho, se pasó las noches llorando porque no quería casarse con él. Pero no tuvo más remedio que aceptar –«No se le dan calabazas al emperador», le dijo su madre–, y aceptar su destino. Su vida en la Corte, como muy bien reflejan las películas, fue un auténtico infierno, bastante peor de lo que explicaron los largometrajes. A Sissi le fue imposible acostumbrarse a una corte donde la etiqueta era asfixiante y el protocolo no le dejaba respirar ni un minuto. Los chismorreos y los desaires fueron constantes y crueles desde el principio.

Su suegra, por cierto, era bastante más buena de lo que pintaban las películas y, al contrario de lo que muchos piensan, intentó ayudarla desde el principio. Ella fue, en el fondo, la que mejor la podía entender, ya que también arrastraba sus propios dramas: a Sofía, una verdadera belleza en su juventud y una mujer de inteligencia desbordada, la casaron en contra de su voluntad con un hombre con graves problemas mentales y físicos. Sufrió multitud de abortos y también perdió a una hija, lo que la sumió en una terrible depresión.

Demasiados estereotips

Desgraciadamente, la verdadera vida de Sissi nunca suele salir a relucir ni en las películas ni en las series. Ya pasó en la reciente producción de Sissi, de Disney+, y vuelve a suceder ahora en La emperatriz. La puesta en escena de esta última, todo hay que decirlo, es muy interesante, con un trabajo de fotografía e iluminación sensacionales. El vestuario es muy bonito, aunque desgraciadamente no refleja verdaderamente la moda del momento.

La historia tampoco es verídica y se recrea de nuevo en los topicazos de la saga. Es una verdadera lástima, porque la verdadera historia de la emperatriz da para mucho: es uno de esos casos en que la realidad siempre supera la ficción. Sissi es un personaje de ensueño para cualquier director y escritor: en su vida hay tragedias, desamor, traiciones y muchas lágrimas. Sin embargo, y esto es lo más destacable, Sissi se enfrentó a las adversidades con una fuerza descomunal. Cuando llegó un momento en que ya no pudo más, dijo hasta aquí hemos llegado y se largó de la Corte. El precio que pagó, por descontado, fue enorme y sus problemas de salud mental y de anorexia son de sobras conocidos.

Su relación con Francisco José también fue muy compleja. No hay duda de que él estuvo muy enamorado de ella, como tampoco hay duda de que ella llegó a quererlo o, al menos, a tenerle un gran aprecio. Enamorada, lo que se dice enamorada, no lo estuvo nunca, pero Francisco José y ella llegaron a ser grandes amigos y él la apoyó en momentos muy difíciles, incluso enfrentándose a la corte por ello.

En mi libro Sissi. La verdadera historia de Elizabeth, emperatriz de Austria y reina de Hungría explico precisamente las múltiples capas de esa relación y también la evolución de la propia Sissi y cómo afectó a su matrimonio. Al principio, mientras ella era una dulce y sumisa mujer, el matrimonio aguantó, pero después de que perdieran a su primera hija y, sobre todo, cuando tuvieron que hacer frente a guerras, ella sufrió mucho y acabó con depresiones agudas. Se decía que de tanta ansiedad que tenía que no podía ni bajar escaleras: tenía unos vértigos enormes.

En paralelo, Sissi pasó de una mujer sin especial formación –en la Corte la llamaban, directamente, tonta, y se reían abiertamente de ella–, a una mujer que se autofomó, leyó diarios (incluso algunos prohibidos) y acabó defendiendo las repúblicas. Ella era una liberal; él, un ultraconservador a ultranza. Cuando el pueblo empezó a enfrentarse al emperador y Sissi intentó convencerlo para que adoptara posturas más aperturistas, él se lo tomó como una afrenta y acabó buscándose amantes. En el libro explico que él acabó contagiándole la gonorrea, lo que provocó que ella se marchara a Madeira.

Aquel viaje marcó un punto de inflexión en su vida. Allí se dio cuenta de lo hermosa que era –de pequeña todos le habían hecho creer, incluso su propia madre, que era muy fea– y de que enamoraba a cualquier hombre. También a mujeres. No hay duda de que Sissi se sintió muy atraída por otras mujeres y no es descartable que tuviera «amistades amorosas», como dicen los franceses, con otras mujeres.

Desgraciadamente, nada de esto sale en las series. No hay duda de que la directora de La emperatriz, Katharina Eyseen, ha hecho un buen trabajo recreando otro «Bridgerton», pero es una lástima que no haya rescatado a Sissi de los estereotipos. La serie, desde luego, es muy interesante de ver si te olvidas de la historia de verdad y los personajes son interesantes. Pero no es biográfica o, al menos, no del todo.

Es una pena, porque Sissi se merece una serie a su altura. Ella era una mujer en muchos aspectos muy avanzada a su tiempo y aquí queda relegada a un papel dulzón que no está a la altura de su legado.

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