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'1899': ¿Tostón incomprensible o serie de culto?

Netflix

Las críticas no se ponen de acuerdo: para algunos, 1899, la serie de terror y ciencia ficción de Netflix, es fascinante, opresiva y absorbente; para otros, un mero enredo sin sentido, aburrida y redundante. Obra maestra o broma de mal gusto: 1899 no deja indiferente a nadie.

Comencemos por el principio. En principio, 1899 lo tendría todo para convertirse en una nueva serie de culto, comenzando porque está hecha por la pareja alemana formada por Baran bo Odar y Jantje Friese, creadores de la mítica Dark, una verdadera joya televisiva que mezclaba a la perfección conspiraciones rocambolescas, viajes en el tiempo y universos paralelos, todo ello con una banda sonora espectacular e interpretaciones muy conseguidas. Se dice que el éxito mundial Dark, la primera ficción en alemán de Netflix, abrió las puertas a producciones no estadounidenses, muchas de ellas de éxito y con excelentes críticas.

Una serie verdaderamente europea

1899, de hecho, es la serie más europea que ha hecho Netflix hasta ahora y en la versión original se hablan multitud de idiomas, del inglés al español, del francés al polaco. Los protagonistas también son todos de diferentes países europeos (de España está Miguel Bernardeau, a quien ya vimos en Élite).

La trama, además, está en principio bien planteada: un grupo de inmigrantes europeos viaja en un barco hacia una nueva vida en Nueva York. Todos están emocionados por las oportunidades que parece ofrecerles la nueva tierra prometida y todos quieren dejar atrás pasados complicados con más de un trauma y demasiados secretos. Hasta aquí todo parece un remake muy oscuro de Titanic (la trama, por cierto, está situada trece años antes del famoso transatlántico que acabó naufragando).

Sin embargo, todo comienza a complicarse cuando, a mitad de la travesía, el barco –llamado Cerberus, en referencia al perro mitológico de varias cabezas que guardaba las puertas del Hades o del inframundo de los muertos–, recibe una misteriosa llamada de socorro de otro barco, llamado Prometeo (otra referencia mitológica: Prometeo, en la antigua mitología griega, era condenado a morir devorado por un águila y a revivir cada día solo para volver a someterse a la insufrible muerte de nuevo). La situación, en principio, no tendría nada de raro –que los barcos tuvieran problemas era común en esa época–, pero lo que resulta altamente inusual es que el Prometeo había desaparecido hacía cuatro meses.

¿Qué pasó en el Prometeo?

Aquello desencadena un misterio (¿qué ha pasado en el barco y por qué despareció y ha vuelto a aparecer?) al que se uno aún mayor (¿qué relación tiene ese barco con los pasajeros del Cerbero?). Hasta aquí, todo correcto: la trama es buena y el suspense está servido. ¿Qué hacen realmente los pasajeros ahí y qué los ha llevado hasta ese punto?

El problema es que el guión da demasiadas vueltas y se pierde en demasiadas historias paralelas. De hecho, en los cuatro primeros capítulos no pasa prácticamente nada y solo asistimos a una introducción excesivamente larga de los personajes y de sus subtramas. El ritmo es desesperadamente lento y, aunque se van dejando inteligentemente pistas y se van sucediendo una serie de muertes sospechosas, ninguna historia va destacando y ningún pasajero consigue enganchar en exceso. Las interpretaciones son buenas pero no magistrales y tan solo tres personajes destacan: una misteriosa doctora llamada Maura Franklin (Emily Beecham), un cura español con un pasado repleto de secretos (interpretado por José Pimentao) y el capitán del barco, Eyk Larsen (Andreas Pietschmann), trastornado por un hecho que sucedió hace años.

El elemento que lo cambia todo

Todo se anima a partir del episodio quinto, cuando sucede algo –no puedo decir nada más– y las tramas parecen que comienzan a converger y lo que antes parecía disconexo ahora cobra sentido. Sin embargo, más que ir resolviendo interrogantes, va planteando más al mismo tiempo, con lo que al final no sabes si estás al principio, has vuelto al comienzo, le han dado la vuelta, te has perdido por el camino o qué demonios está pasando. Semejante rompecabezas podría resultar incluso divertido y estimulante, pero aquí solo logra aburrir mortalmente. La conclusión es que la serie empacha de tanto misterio que evoluciona, parece cerrado, se vuelve a abrir, abre otro paralelo y así sucesivamente.

De acuerdo, muchos pensarán que es lo mismo que sucedía en Dark. Pero hay que puntualizar que, aunque planteaba un verdadero puzzle, Dark te iba dejando las suficientes pistas como para poder mantener el equilibrio entre el suspense y la estupefacción. O, cuando menos, sabías qué estaban buscando. Además, los personajes tenían muchas capas y te las iban desgranando con maestría y las subtramas aportaban riqueza a la historia principal. Aquí, por el contrario, no hay nada a lo que aferrarse, ninguna guía que permita servir de brújula.

Al final, 1899 acaba mareando y no sabes si el final es un nuevo principio o si hemos estado hablando todo el rato de algo distinto. ¿Broma de mal gusto u obra maestra? Tendrán que verlo para sacar sus propias conclusiones.

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