Cuánta gente verá Mi querida señorita (2026), a partir de hoy en Netflix, pensando que sus directores son Javier Ambrossi y Javier Calvo (¿quién debe ir primero en los créditos?). La plataforma estrena este viernes 1 de mayo la adaptación del clásico de Jaime de Armiñán y José Luis Borau, Mi querida señorita (1972).
Dirige Fernando G. Molina, un señor cuya filmografía incluye Fuga de cerebros, 3 metros sobre el cielo, Palmeras en la nieve y El guardián invisible. Y firma el guion la debutante Alana S. Portero, autora de La mala costumbre, una novela que muy probablemente acabe siendo una película, como Las malas, de Camila Sosa Villada.
Pero vivamos el presente, aunque Mi querida señorita, la original y la copia (certificada), transcurra en un pasado más o menos lejano. Los Javis figuran como productores ejecutivos de esta Mi querida señorita que Netflix estrenó en muy pocas salas hace dos semanas, para así optar a los premios (no pasará), y que hoy estrena mundialmente en su plataforma.
Mi querida señorita o My Dearest Señorita en Netflix
Si Veneno, tan española ella, hizo las Américas, ¿por qué no esta historia ambientada en Pamplona a finales de los años noventa sobre una persona intersex? El público angloparlante la conocerá por My Dearest Señorita. Ciertamente, es una película que podrían haber hecho Los Javis entre La llamada y La bola negra, entre Paquita Salas y La Mesías. Acaban de estrenar, también como productores ejecutivos, la serie de Movistar Plus+ Yo siempre a veces. No todo lo que tocan Los Javis es oro; he ahí Mariliendre o Vestidas de azul, que no hizo justicia a la película documental de Antonio Giménez-Rico, estrenada en 1983.
Fue Ambrossi, el Javi bueno (o no), quien llamó directamente a Alana S. Portero, ahora chica Almodóvar (Amarga Navidad), para proponer la relectura –la revisión– de un clásico y un taquillazo del cine español. Porque Mi querida señorita fue la cinta española más taquillera de 1972 (1,8 millones de asistentes) y estuvo nominada en 1973 a los Oscar como mejor película de habla extranjera. Ganó nuestro Buñuel, por Francia, con El discreto encanto de la burguesía. La nominación, en este caso, ya fue un premio. Y merecido.
"Nadie es perfecto"
Ni ellos piden explicaciones, ni los guionistas se detienen en darlas (emplean elipsis), pues el quid de la cuestión es el romance entre Adela/Juan e Isabelita, cuya última e íntima escena hace del final de Mi querida señorita (1972) uno de los mejores del cine español. Hay quien lo compara con el desenlace de Con faldas y a lo loco (1959): "Nadie es perfecto". ¿Es Adela/Juan una persona trans? Uno podría pensar que sí viendo la película de Jaime de Armiñán y José Luis Borau, que quitaron hierro al asunto en su justa medida. Según Mi querida señorita (2026), no. Adela (Elisabeth Martínez) es una persona intersex, y se explica con todo lujo de detalles.
Todavía hoy, 54 años después, sorprende que un filme como Mi querida señorita, con José Luis López Vázquez caracterizado aparentemente de mujer (lesbiana, pues se le van los ojos a Julieta Serrano), le hiciera una peineta a la censura. Franco seguía vivo, y tras su muerte iba a haber una explosión del cine español con títulos hoy todavía vigentes como Cría cuervos de Carlos Saura, El diputado de Eloy de la Iglesia o A un dios desconocido, de Jaime Chávarri, que desenterró a Lorca. Todas estas películas continúan siendo fantásticas a día de hoy por lo que muestran y, sobre todo, por lo que dejan entrever, pues aún eran tiempos revueltos.
Dos señoritas, dos maneras de abordar la sexualidad
Hay un arte en el sugerir, y Mi querida señorita (1972) hizo de la necesidad virtud. A Adela, el personaje al que interpreta José Luis López Vázquez, el público sí le ve afeitándose o acudir al médico que le recomienda el cura tras confesar que tiene barba; pero ni la dirección ni el guion abordan la situación como algo de lo que reírse o como algo foráneo. Ni siquiera como una tragedia. He ahí los personajes de Julieta Serrano (Isabelita) y Antonio Ferrandis (Santiago); ambos, a pesar de las maldades que expresan sus allegados, desean a Adela. O incluso, una vez la acción se traslada de Galicia a Madrid, el personaje de Mónica Randall como compañera de piso.
Porque Alana S. Portero arranca la historia en 1972, uno de los muchos guiños al filme original, para saltar rápidamente a 1999, a Pamplona. Si en la original, Adela va sola en el coche cuando tiene un accidente; en la adaptación, Adela viaja junto a su abuela, a la que interpreta María Galiana, una mujer adelantada a su época. Porque la Adela que ha reescrito Alana sí tiene una madre (Nagore Aranburu, otra vez haciendo de señora conservadora), un padre, un viejo amor (Eneko Sagardoy) y una nueva ilusión de nombre Isabel (Anna Castillo, caída del cielo).
Mi querida señorita (2026): lo mejor y lo peor
Aquí, el cura –en una decisión de casting cuestionable– es Paco León, cuyo personaje –aliado de Adela– sufre las consecuencias de la máxima que han aplicado director y guionista: no dejar absolutamente nada a la imaginación. O sea, subrayar a través de la imagen –los espejos– o el sonido, con una banda sonora al compás de la montaña rusa que es, comprensiblemente, Adela. O Ade, tal y como se hace llamar en el almodovariano Madrid de 1999, donde se busca –la vida– y encuentra a otros seres humanos que se salen de la norma: un hombre bisexual (Manu Ríos), una madre soltera (Lola Rodríguez). Ahí radica la mayor fortaleza y la mayor debilidad de Mi querida señorita (2026).
El conservadurismo de la propuesta –y previsibilidad– es a la vez progresismo. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? ¿Por qué no volver a dar un final 'feliz' a Ade sin ignorar la violencia que sufrió nada más nacer? Hoy por hoy, muchas de las ficciones sobre el colectivo LGBTIQ+ reinciden en el drama, lo que inevitablemente produce cierta ansiedad en su público, a la espera de que algo malo pase. Por supuesto que no es un camino de rosas el que transita Ade, pero Alana S. Portero sí deja por escrito que el efecto 2000 fue, contra todo pronóstico, bueno.
Te puede interesar