Cultura

Las joyas del arte que nunca verás

El Museo del Arte Perdido, el que albergaría todas las obras maestras que han desaparecido a lo largo de la Historia, no para de crecer.

'Casa de muñecas'.

'Casa de muñecas'.

Que un fuego destruyera este martes el Museo de Brasil es una tragedia que algunos historiadores equiparan con que ardieran el Buckingham Palace y el Museo Británico a la vez. Con las llamas, aquella colección brasileña de incalculable valor ahora desaparecida se incorpora a otro catálogo tan fascinante como imposible de visitar: el del Museo del Arte Perdido, el que albergaría todas las obras maestras que han desaparecido a lo largo de la Historia.

Este museo, no por imaginario menos importante, es el más asombroso de todos. Porque es mucho más abundante el arte desaparecido que el que conservamos, no olvidemos que las obras maestras de nuestro tiempo lo son, al fin y al cabo, porque han conseguido sobrevivirnos.

El fuego del Museo de Brasil ha sido el último golpe al arte, es decir, a la Historia, pero a lo largo de los años muchas obras maestras han desaparecido. Hay trabajos olvidados (o robados) de Caravaggio, Leonardo da Vinci, Velázquez y Miguel Ángel.

Robos, incendios, ataques, pedradas, actos terroristas o incluso la ira de sus propios creadores han acabado con algunas de las pinturas, esculturas y edificios que eran parte de la Historia del Arte. El libro The museum of lost art recopila algunas de las historias más interesantes sobre la pérdida de nuestra memoria colectiva.

De las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, como el Coloso de Rodas, que fue destruido por un terremoto en 226 a.C.; la Sala de Ámbar en el Palacio de Catalina de Rusia, conocida como la Octava Maravilla del Mundo, que fue desmantelada y desapareció durante la Segunda Guerra Mundial. Hay muchos más. Y todas tienen su hueco en la Historia.

El retrato de Churchill. Winston Churchill iba a cumplir 80 años y el Parlamento británico quiso celebrar el aniversario de su Primer Ministro regalándole un cuadro que tras su muerte entraría a formar parte de la colección estatal. Fue Lord Beaverbrook, íntimo amigo de Churchill, ex ministro de Producción Aeronáutica y un incansable coleccionista de obras de arte, el que propuso a un pintor que comenzaba a sonar con fuerza. Su nombre era el de Graham Sutherland y se encargó de realizar el retrato. El cumpleaños se celebró en Westminster Hall y la pintura se encontraba tapada, ni siquiera Churchill había visto el resultado final. Cuando este la destapó la sala enmudeció. Era él pero no como él quería que lo representasen.

Retrato Churchill.

Winston Churchill, ante su retrato.

Estaba viejo, encorbado, gordo. Era un anciano débil, no el gran primer ministro que representaba. Se llevó el cuadro a su casa y después de morir, en 1965, el Estado pidió el retrato a su familia para colocarlo en el lugar que le correspondía. Este no estaba por ninguna parte y al final acabaron confesando que había sido destruido porque al ex primer ministro no le agradaba nada. Saltó la polémica. El retrato había sido pagado con fondos públicos por lo que la titularidad no era de Churchill sino del pueblo. A día de hoy se considera una de las pérdidas más notables del arte inglés e incluso tiene un hueco en la serie The Crown.

El gran tapiz de Miró. Los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 tuvieron un daño colateral: el arte. Se estima que se perdieron obras por valor de 2.000 millones de pesetas (12 millones de euros) de las de antes. De la que más se habló en España fue del famoso tapiz de Joan Miró. Creado en 1974 por el artista español, estaba realizado con lana y cuerdas y se encontraba colgado en la recepción de la Torre 2.

Miró en el Word Trade Center.

Miró en el Word Trade Center.

El tapicero de Tarragona que realizó el encargo, Josep Royo, no quiso reconstruirlo.  «Cuando alguien se enamora por primera vez todo es más bonito, se experimentan sensaciones nuevas y queda un dulce recuerdo. Eso es lo que me pasó a mí con el Gran Tapiz y si lo hiciera de nuevo no sería lo mismo», aseguró.

‘Hombre en la encrucijada’, Diego Rivera. Rivera se había hecho famoso entre la burguesía estadounidense. Su exposición en Nueva York, a finales de 1931, había sido todo un éxito y le había llevado a tener dos grandes encargos. Uno de Ford y otro de la Familia Rockefeller. Los Rockefeller estaban preparando un complejo en Manhattan: se trataba de casi veinte pisos en el centro que debían servir de centro de operaciones de la Standard Oil y que también tenía la función de convertirse en un símbolo del capitalismo y de todas sus ventajas.

'Hombre en la encrucijada', Diego Rivera.

‘Hombre en la encrucijada’, de Diego Rivera.

Para este, le pidieron a Rivera un mural que diese la bienvenida a los que entrasen en su nuevo edificio. El mexicano mandó a la familia un boceto de lo que iba a pintar: se trataba de un mural filosófico en el que la parte rica del mundo estaba separada de la pobre pero en la que se veía que ésta, gracias al sistema, podía mejorar su situación económica y progresar. A los Rockefeller les pareció maravilloso pero Rivera cambió filosofía por política y colocó a Lenin en el centro, entre la pobreza y la riqueza, entre el pueblo y la burguesía. Lenin como nexo de unión de todo y como mejor opción.

Nada más ver el mural, lo destruyeron, aunque los ayudantes de Rivera consiguieron antes fotografiarlo. Al mexicano le salió genial la jugada, el pueblo acusó a la familia Rockefeller de no apoyar la cultura y el prestigio de Rivera se hizo aún mayor.

Los robados de Picasso. Pablo Picasso consiguió en 2008 convertirse en el pintor al que más obras habían robado. Según el ránking de The art loss register, encabezaba la lista con 575 obras. Justo el año anterior, en 2007, dos de sus cuadros que se encontraban en la lujosa residencia parisina de su nieta, Marina Ruiz Picasso, y que estaban valorados en 50 millones de euros fueron sustraídos mientras ella dormía.

Picasso.

Picasso.

Se trataban de Maya à la poupée, en la que retrataba a su hija Maya en 1938, y Retrato de una mujer, Jacqueline, de su última esposa. Era el segundo robo que sufría su nieta, ya que en 1989 cuatro cuadros de su abuelo, dos Matisse y un Rodin desaparecieron, aunque los recuperarían a los cuatro días.

‘Retrato del doctor Gachet’, Van Gogh. Durante muchos años este cuadro fue el más caro de la historia al alcanzar en subasta 82,5 millones de dólares en 1990. Lo compró Ryoei Saito, presidente honorario del consorcio papelero Daishowa, que a la vez adquirió Au Moulin de la Galette, de Renoir, por 78 millones. Cuando nueve años más tarde el Metropolitan Museum of Art de Nueva York realizó una exposición sobre Van Gogh pero no incluyó la pintura, The Philadelphia Inquirer se puso a investigar y se dio cuenta de que el cuadro estaba en paradero desconocido.

Dr. Gachet, de Van Gogh.

Dr. Gachet, de Van Gogh.

La institución confesó que no sabía dónde se encontraba y los rumores comenzaron a sonar con fuerza. Cuando Saito la compró aseguró que quería que tras su muerte la obra se quemase junto a él,  y el japonés había fallecido en 1996. Otros aseguran que había sido adquirido por un magnate italiano o por el dueño de unos casinos de Las Vegas.

‘La Mona Lisa’. Una mañana de agosto de 1911, en París, un hombre ataviado con una bata blanca entró en el Museo del Louvre, descolgó el cuadro de La Gioconda de la pared sin que aparentemente nadie se percatara de ello. No fue hasta el día siguiente cuando en el museo advirtieron la ausencia de la obra de Da Vinci cuya desaparición fue realmente lo que la convirtió en leyenda. Miles de visitantes viajaban a París para ver en el Louvre el hueco de su ausencia en la pared. Año y medio más tarde, La Gioconda fue localizada en Florencia, cuando Vincenzo Peruggia, el ladrón, intentó venderla a un marchante.

'Mona Lisa'.

‘Mona Lisa’.

La Mona Lisa es el ejemplo más paradigmático de que alguna vez, rara vez, las obras de arte perdidas reaparecen. «Una obra perdida solo está esperando a ser encontrada», afirma Noah Charney, el autor del El Museo del Arte Perdido. Lo malo es que el catálogo de las obras que nunca volveremos a ver, desgraciadamente, no deja de aumentar.

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