Arte

Dalí, en 1972: "Siempre pinto para el pueblo español y para don Juan Carlos y doña Sofía"

César de la Lama, periodista y amigo del artista, recopila conversaciones entre ambos en su nuevo libro, 'El grito interior'

Foto de Salvador Dalí tomada por Robert Whitaker. Fundación Gala Dalí.

Foto de Salvador Dalí tomada por Robert Whitaker. Fundación Gala Dalí.

He estado muy preocupado por ellos toda la semana, por si les sucedía algo fuera de España. Me gustaría que siempre estuvieran bien, porque son lo mejor que tenemos». Estas palabras son de Salvador Dalí, a finales de los años 80, habla de el rey don Juan Carlos y de doña Sofía. Lo hace en una conversación telefónica con su amigo César de la Lama. Al poco tiempo, cuando su cuerpo ya le empezaba a fallar y se alimentaba con una sonda nasal le volvió a llamar, era la primavera de 1987: «César, me encuentro mucho más lúcido que siempre, pero preocupado por España, que está terriblemente confusa».

El pintor catalán muestra desde el golpe de Estado un temor profundo ante «la suerte de España» y se lo va comentando a César de la Lama, periodista y biógrafo, durante sus muchas conversaciones telefónicas y muchos de sus encuentros. Ahora, el periodista ha recopilado estas y otras muchas conversaciones en un libro, El grito interior (Ediciones Atlantis), en la que pretende desmontar el mito del hombre soberbio, altivo y loco que el mismo creo y hablar de «su faceta más tímido y dubitativa». También de sus ideas políticas.

Parece como que el genio fuera un precursor del futuro y adivinara la incertidumbre que nos atenaza en este nuevo siglo»

Al título de la obra le acompaña la frase: «La amo -en referencia a España- y no odio a nadie». Estas fueron las palabras de Dalí en uno de las últimas conversaciones que mantuvo con su amigo. «La preocupación por el país le acompaña hasta su últimos días. Parece como que el genio fuera un precursor del futuro y adivinara la incertidumbre que nos atenaza en este nuevo siglo», escribe De la Lama. A quien el pintor ya le había comentado anteriormente su intención de dejar su legado en manos del Estado. Fue en una conversación que tuvieron en 11 de agosto de 1972.

«Yo siempre he pintado para el pueblo español, para el cielo del Empurdá y para los Príncipes don Juan Carlos y doña Sofía. Todo lo que mi mujer Gala y yo poseemos, lo cedemos al Patrimonio del Estado. Todo, absolutamente todo. Creo que debo decidirme ahora. Este es el momento. Y te lo digo a ti el primero. Hay obras muy valiosas, no solo mías, sino también de Fortuny, De Chirico y Picasso… De este, una de las mejores, El Pan, que regaló a Gala», le confesó en la residencia que tenía en Portlligat y mantuvo su palabra.

No sólo le hizo confesiones políticas. También le habló de su miedo a la muerte, de la necesidad de encontrar un manera de vivir para siempre. «Pese a todo me queda siempre algo religioso. Aunque fe, lo que se dice fe, no tengo. Pero sí creo en la inmortalidad. Y en que no moriré del todo», le aseguró. Según De la Lama, el pintor se pasó su vida «acogotando a la muerte mediante fuegos artificiales». Hizo de él una obra de arte. Un personajes que recordar. Se hizo mito aún vivo y lo hizo a propósito.

Por eso el periodista replantea en esta obra el concepto que tenemos de él. El de hombre soberbio, altivo. Para César de la Lama se trataba más de alguien tímido, con ciertos miedos, muchas rarezas, pero que nada tenía que ver con el personaje que mostraba al gran público. Desgrana su personalidad a través de recuerdos, conversaciones y muchas descripciones con la intención de desmontar al personaje y dar a conocer «su faceta más tímida y dubitativa».

Incluso menciona cierta debilidad que se ve reflejada en su poderoso amor por Gala. «Dalí se refugia en ella desde el día que la conoce. Luego, su fragilidad anímica la disfraza de un amor sublime. Que, como en otros aspectos de la vida del pintor, desborda los límites de la normalidad», asegura ya añade que «Dalí es un lábil mental que necesita ayuda, apoyo psicológico. Que conseguirá con los años por sí mismo, con sus propias ensoñaciones y halagos sobre su persona, y luego apoyándose en Gala». Tanto fue así que el propio pintor siempre aseguró que Gala le había salvado de la locura.

También le habla de Velázquez, del mar, de Cadaqués. Y César de la Lama lo reúne todo, desde que se conocieron cuando Dalí presentaba el decorado para Tenorio en 1964, hasta el día en el que murió. Y lo hace comenzando con estas palabras: «Soy un exceso de claridad mediterránea. El s-a-l-v-a-d-o-r de la pintura que vence a la muerte sideral en mis batallas estelares». Como resumen de todo lo que va a contar.

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