Cultura

Víctor Amela: “En Cuba, Lorca se perdona a sí mismo ser homosexual”

Fotos de Lorca en cuba

Federico, en los muelles de La Habana (izquierda) Federico con Conrado Suárez, grumete del Yacht Club de Caibarién (1 de abril de 1930) © Archivo Fundación Federico García Lorca. Centro Federico García Lorca

Víctor Amela lleva años conviviendo intensamente con Federico García Lorca (1894-1936). El periodista contó en su anterior libro –Yo pude salvar a Lorca– cómo su abuelo pudo evitar el asesinato del poeta. Una historia que encaja en el aura de tragedia que acompaña al poeta por la historia. Durante la promoción de aquel libro Amela conoció más detalles del paso de Lorca por Cuba en 1930; investigó y viajó a la isla del Caribe para buscar su rastro.

“Sabemos mucho acerca del Lorca trágico y del Lorca en Nueva York, pero no del Lorca de Cuba que es el Lorca más feliz, más alegre, más vitalista, más sensual y más gozador. A eso me he dedicado durante años. He leído todos los testimonios que he encontrado acerca de su paso por Cuba y me fui a Cuba a ver los lugares que vio, a comer lo que comió, hablar con gente que conoció a la gente con la que estuvo Federico”, explica Amela. El resultado de ese viaje es Si yo me pierdo (Destino).

Una aventura que tenía como meta máxima dar con una grabación de la voz de Lorca. “La voz de Federico García Lorca, que todos los que la oyeron la describen como portentosa, magnética, única, inigualable, con graves, con agudos, con inflexiones… Así me lo hizo saber Pepín Bello, que compartió habitación con él en la residencia de Estudiantes y me dijo: Qué pena me dais todos los que no habéis oído la voz de Federico”, cuenta Amela. Un proceso de búsqueda que el periodista no da por cerrado, ni siquiera después de haber vuelto de Cuba.

Pero del Caribe Amela volvió con el Lorca más feliz. “Helados, fiestas, cócteles, ron, baile, música y sexo”, enumera. “Privarse del espectáculo del mundo es pecar contra la vida” escribió Lorca en Cuba, recuerda Amela. El poeta español llegó a Cuba tras su paso por Nueva York donde llegó “en un estado de ánimo cercano al suicidio. Le ha dejado un amante para casarse con una mujer, le ha abandonado el Salvador Dalí, que le ha dicho que Romancero gitano es una mierda y además Dalí se va con Buñuel a París y hacen Un perro andaluz que él considera que es un insulto a su persona”.

Lorca en En el mirador de Yumurí con niños cubanos (domingo 13 de abril de 1930).
En el mirador de Yumurí con niños cubanos (domingo 13 de abril de 1930). © Archivo Fundación Federico García Lorca.Centro Federico García Lorca

De Nueva York a La Habana

A la ciudad de los rascacielos llega en el peor momento “Es el crack del 29, el pobre Federico no tiene suerte. Se encuentra con gente tirándose por las ventanas de las oficinas y estampándose contra el asfalto. Lo cuenta en una carta a su madre. Su estado de ánimo está hundido, está en el fondo del pozo, está triste. Todo es un desastre”. Y fruto de ese momento nace Poeta en Nueva York. “Es un poemario extraordinario pero tristísimo, donde él denuncia el horror del mundo”. Antes de su regreso a España Lorca recibe una invitación para ir a la Habana a dar unas charlas.

Se enamora de La Habana, es una mezcla de Málaga y Cádiz. Hablan en su lengua y se viene arriba.

Víctor Amela

“Entra en La Habana y dice otra vez España, otra vez la Andalucía mundial, es el amarillo de Cádiz, con un grado más, es el rosa de Sevilla tirando a carmín. Es el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez. Se enamora de La Habana, es una mezcla de Málaga y Cádiz. Hablan en su lengua y se viene arriba. Cantan los negros por las calles. Y él dice que reconoce en los ritmos de los negros, los del gran pueblo andaluz. O sea, el identifica al cante jondo de los flamencos y los gitanos con los negros habaneros. Y se viene arriba porque empieza a darse cuenta de que ahí, siendo negros, por lo tanto desfavorecidos en el mundo, son felices”, afirma Amela.

Para el periodista este choque emocional tuvo un gran impacto en el poeta que escribió desde la isla a su familia: “Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”. “Creo -continúa Amela-  que él se da cuenta de que se puede ser feliz en la tierra, aunque seas de los desfavorecidos, aunque seas maricón. Si dices que los negros siendo negros son felices reconociéndose a sí mismos, yo por qué no voy a poder ser feliz como homosexual. Sostengo en esta novela que por primera vez en su vida se perdona a sí mismo ser homosexual”, asegura.

Además de la desinhibición Lorca en la isla durante los tres meses que estuvo allí el periodista apunta a la importancia de que allí escribió El Público. “Una obra de teatro que Lorca describe como francamente homosexual y que era irrepresentable, que vaticinó que tardaría cincuenta años en representarse, como realmente ocurrió. Es una obra en la que  está diciendo que la homosexualidad hay que admitirla. Es el Federico que dice que un día el amor entre dos hombres podrá verse y no pasará nada. Ojalá llegue ese día. Eso lo concibe en Cuba”, mantiene el autor. Esta es la otra voz de Lorca que Amela encuentra en Cuba, la voz de poeta que se acepta cómo es.

La sombra de la muerte

Pese a la felicidad que experimenta en su días cubanos la muerte persigue al poeta que -como refleja Amela en Si yo me pierdo- es una sombra que no se le va de la cabeza. “Él tenía miedo a la muerte desde niño, incluso hay un momento en que dice que uno de los primeros pánicos de su vida fue en la Vega de Granada cuando una noche levantó la vista, vio las estrellas y a él le pareció que las estrellas iban a asesinarle. Él siempre temía morir y fíjate qué curioso o qué triste, qué trágico que el día en que le asesinan no hay luna, sólo hay estrellas. Es como que ya de niño tuviera el presentimiento de una muerte temprana y trágica”. 

Una sensación que no le abandona ni en los momentos de mayor felicidad. “Cada vez que estaba contento, tocaba el piano, cantaba y todo el mundo estaba feliz alrededor, cuanta más felicidad sentía es cuando, de repente, venía lo que él llamaba mis dramones, le venía un bajón porque era consciente, lúcidamente, de que eso era fugaz, de que la felicidad no va a durar para siempre”.

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