En el transcurso de una sola generación, los ejércitos del Islam lograron una de las hazañas militares más asombrosas y vertiginosas de la historia. Originarios de los áridos confines de la península arábiga, los primeros musulmanes unificaron a las tribus beduinas de la región y con ellas borraron del mapa al centenario Imperio persa Sasánida y acorralaron al Imperio Romano Oriental, creando un imperio que se extendía desde las fronteras de China hasta las costas del Atlántico. El más grande que nunca antes había visto la humanidad.
"Traigo ante vosotros a hombres que aman la muerte tanto como vosotros amáis la vida". — Atribuido a Jalid ibn al-Walid en su mensaje a las fuerzas persas.
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La ingeniería militar del ejército romano vertebró la unificación del Mediterráneo y su comercio, pero la irrupción de las tropas musulmanas desmanteló esta unidad político-comercial para siempre. Marcando el fin de un mundo y el comienzo de otro nuevo. Fue la combinación entre una cohesión ideológica inquebrantable con una movilidad logística apabullante la que permitió a los califas musulmanes conseguir tal hazaña.

Una guerra relámpago
Frente a la creencia de que la expansión islámica se debió principalmente al fanatismo de sus ejércitos, la realidad histórica demuestra una sofisticación táctica impecable. El gran arquitecto de estas victorias fue Jalid ibn al-Walid, la Espada de Dios, un genio estratega que jamás fue derrotado en batalla.
Este comandante organizó a sus ejércitos para crear una infantería de excelente calidad y una organización táctica temible. Primero se erigía la llamada "Pared de escudos y lanzas" (la "saf"). Los soldados hincaban la rodilla en tierra, apoyaban sus grandes escudos en el suelo y proyectaban hacia adelante sus lanzas largas (rumh), creando un erizo humano con el que resistir cualquier carga de caballería. Inmediatamente detrás de los lanceros se posicionaban los Arqueros (Ramat), quienes disparaban ráfagas continuas en tiro parabólico para desgastar las filas enemigas.
El dominio táctico de los ejércitos del Islam terminó por consolidarse en dos batallas monumentales, ambas en el año 636. En la Batalla de Yarmuk, Jalid se enfrentó al ejército romano en los cañones de Cisjordania durante el mes de agosto. Tras invadir las provincias levantinas del imperio y verse obligados a retroceder, los musulmanes presentaron batalla en las cercanías del río Yarmuk. Tras varios día de combates, aniquilaron a las orgullosas tropas romanas con un movimiento de flanqueo y ataque por todos sus frentes. La victoria de Jalid fue completa y el desastre romano absoluto. Los sarracenos no dieron cuartel a ninguno de los combatientes que huían y todos los oficiales romanos fueron asesinados a pesar de haber depuesto sus armas.

Después, en noviembre, Saad ibn Abi Waqqas, otro brillante comandante islámico, aniquiló al "Spah" (ejército persa) en la Batalla de Al-Qadisiyyah. En las llanuras de Irak, las fuerzas árabes neutralizaron a los temibles elefantes de guerra sasánidas cegándolos con lanzas y cortando sus cinchas, lo que provocó que las bestias aterrorizadas pisotearan a los propios guerreros persas. Tras la batalla, el otrora poderoso imperio sasánida se disolvió como un azucarillo, finalizándose así más de 1.000 años de historia persa.
Armamento y adaptación
A nivel de equipamiento, los ejércitos del Islam demostraron un pragmatismo absoluto. En los primeros años del siglo VII, el guerrero árabe promedio vestía armaduras ligeras de cuero o cota de malla y utilizaba la "sayf" (una espada recta de doble filo). A diferencia de la idea errónea de que luchaban prácticamente desprotegidos, la infantería musulmana que derrotó a los romanos en Yarmuk estaba notablemente bien equipada.

Además, a medida que conquistaban territorios, los ejércitos del Islam absorbieron las tecnologías de sus vencidos. Incorporaron a su caballería las armaduras de escamas y cascos de hierro del modelo sasánida "savaran", así como arqueros de élite. Estos estaban equipados con arcos de madera de olivo y cuerno, disparando en ráfagas rápidas para desorganizar las formaciones enemigas. También adoptaron cuerpos de ingenieros que imitaron rápidamente la tecnología de asedio romana para tomar ciudades amuralladas como Damasco, Jerusalén y Alejandría.

El desierto como protector
El pilar estratégico sobre el que se apoyaron los ejércitos del Islam durante sus inicios, en el Califato Rashidun, fue el dominio del entorno árido. Para los romanos y persas, el desierto suponía una barrera mortífera pero para los guerreros árabes, funcionaba como una protección donde podían maniobrar, reabastecerse y refugiarse a voluntad.
Estos primeros musulmanes utilizaban el camello como un transporte logístico. Las tropas no combatían sobre ellos, los utilizaban para transportar suministros, agua y equipo pesado a través de rutas que cualquier otro ejército consideraba imposibles. Esto eliminó las lentas caravanas de carretas. Aprovechando esto, lanzaban ataques de oportunidad y retirada segura. Los ejércitos del Islam atacaban ciudades fronterizas y, si la situación se complicaba, se retiraban rápidamente hacia el desierto, donde la caballería pesada enemiga (como los savaran persas) no podía perseguirlos.
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