Ceuta se ha medido con la historia en no pocas ocasiones. Sus calles han visto desfilar todo tipo de uniformes a lo largo de los siglos, desde legionarios romanos, pasando por caballeros portugueses hasta los tercios españoles. Pero la ciudad norteafricana nunca se vio tan asfixiada como durante el asedio que sufrió entre 1694 y 1727. Una gesta bélica sin parangón en los anales de la guerra occidental. Fue un sitio de 33 años, promovido por el ambicioso sultán alauita Mulay Ismaíl, el cual puso a prueba la determinación de una población que convirtió su hogar en una fortaleza infranqueable.
Las raíces del conflicto
A finales del siglo XVII, tras consolidar su poder en el trono marroquí, el sultán Mulay Ismaíl fijó como objetivo prioritario la expulsión de las potencias europeas de las costas norteafricanas. Por ello, tras conquistar plazas como Tánger y Larache, dirigió su inmenso ejército de más de 40.000 hombres hacia las murallas ceutíes en octubre de 1694. El plan inicial era rendir la plaza por hambre en cuestión de meses, sin embargo, la geografía y la logística naval jugaron a favor de los sitiados.

El mar como salvavidas
A pesar del férreo cerco terrestre, los sitiadores no disponían de una flota capaz de bloquear la ciudad por mar. Un error táctico de primer nivel, ya que mientras los soldados del sultán levantaban trincheras, bastiones y complejos sistemas de minas subterráneas en el Istmo, las galeras y navíos españoles mantenían abierta una vía constante de aprovisionamiento a la ciudad desde Andalucía.
Un asedio no es más que un duelo de voluntades entre sitiadores y sitiados, en la que la voluntad más fuerte es la que prevalece. Los marroquíes lanzaron varios asaltos para intentar rebasar las defensas españolas, pero la guarnición, curtida en numerosas batallas, los repelieron todos.

Puertos como Cádiz y Málaga enviaban periódicamente refuerzos de tropa, víveres, pólvora y medicinas. Pero, a pesar de todo, la vida intramuros era angustiosa. Jean François de Bette, Marqués de Lede, militar flamenco al servicio de la corona española, recoge en sus diarios cómo las pésimas condiciones de salubridad y el constante bombardeo redujeron la vida urbana a las galerías excavadas en la roca y a la protección de las inexpugnables Murallas Reales.
La guerra subterránea y cambios de trono
El cerco se prolongó tanto que coincidió con momentos críticos de la historia europea. En 1701 estalló la Guerra de Sucesión Española, y la atención militar del Reino de España se dividió en numerosos frentes además que de Ceuta. Aprovechando la coyuntura, tropas anglo-holandesas leales al aspirante austriaco al trono, el Archiduque Carlos, intentaron presionar la plaza para que se uniera a la causa austracista. La respuesta de la guarnición fue rotunda: prefirió mantenerse fiel a "su legítimo Rey y natural señor" Felipe V y resistir el asedio del sultán por sus medios.

Tras esta negativa, el ejército inglés apoyó el asedio marroquí con artillería e ingenieros de guerra para levantar trincheras y derribar las defensas españolas. La guerra en las murallas fue especialmente dramática con la llamada "guerra de minas". Ambas facciones excavaban túneles bajo el istmo para hacer volar las posiciones enemigas con barriles de pólvora. De esta manera, los combates cuerpo a cuerpo en la penumbra de los pasadizos subterráneos se convirtieron en la rutina diaria de varias generaciones de soldados.
El final de un cerco legendario
El fin del asedio de 33 años a Ceuta llegó tras el fallecimiento del sultán Mulay Ismaíl en marzo de 1727, pero no por medio de un tratado de paz formal. Tras su muerte, las luchas de sucesión en el trono alauita desintegraron la cohesión del ejército sitiador, lo que llevó a la retirada progresiva de las tropas del istmo. Finalmente, el 22 de abril de 1727, una salida de reconocimiento ceutí comprobó que el campamento marroquí estaba vacío, terminando así el asedio.

A lo largo de más de tres décadas, los ceutíes no conocieron otra cosa que no fueran cañonazos, epidemias, peleas subterráneas y privaciones de agua y comida. A pesar de todo, los sitiadores no lograron torcer la voluntad de sus defensores ni alterar la soberanía española sobre el enclave.
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