// TODO: Revisar qué hace the_post_thumbnail_creditos El genocidio de Ruanda: el corazón de las tinieblas.

Calaveras en el memorial de Nyamata en recuerdo de las víctimas del genocidio de Ruanda. Fanny Schertzer

Historia, Tendencias25 años del genocidio tutsi

Ruanda, el corazón de las tinieblas

El 6 de abril de 1994, el atentado contra el presidente Habyarimana desencadenó una de las matanzas más intensas y crueles de la historia

Los tutsis volvían a bailar por las calles de Ruanda. El 5 de julio de 1973, el general Juvénal Habyarimana había accedido al poder con un mensaje que abría la puerta a la esperanza: “Por fin un presidente que decía que no se matase a los tutsis”, rememoraba años después Odette Nyuramilimo, una médico nacida en la provincia occidental de Gisenyi, a orillas del lago Kibu.

Cuando se produjo el golpe de estado que elevó a Habyarimana, había pasado ya más de una década desde que aquel pequeño país ubicado en la región de los Grandes Lagos había obtenido su independencia y en todo ese tiempo el pueblo tutsi no había encontrado nada que festejar. La Ruanda independiente había nacido contra una parte de su población que representaba alrededor del 14% del total.

Fue el 1 de julio de 1962 cuando Bélgica puso fin a su dominio colonial sobre este país del África oriental, fronterizo con Uganda, Tanzania, la República Democrática del Congo -por entonces, Zaire- y Burundi. Al frente del nuevo régimen se encontraba Grégoire Kayibanda, el hombre fuerte de la política ruandesa desde principios de 1960, cuando, con el apoyo de la administración belga, los hutus lograron poner fin a su secular sumisión.

Hutus y tutsis representan realidades de difícil definición. Siglos de convivencia de ambos grupos propiciaron un intenso mestizaje que diluyó cualquier distinción étnica. “Hutus y tutsis hablaban la misma lengua y practicaban la misma religión y los matrimonios intercomunitarios eran frecuentes”, explica Bernard Bruneteau en El siglo de los genocidios: violencias, masacres y procesos genocidas desde Armenia a Ruanda (Alianza Editorial, 2006).

Y con todo las diferencias entre unos y otros resultaban incuestionables. Diferencias físicas: hutus robustos, de rostro redondo y piel más oscura; tutsis larguiruchos y de rostro alargado, con una piel más clara y una nariz y labios más finos. Pero sobre todo diferencias sociales, hasta el punto en el que se establece una especie de régimen feudal, en el que los tutsis, propietarios de ganado, representan una minoría dominante frente a unos hutus, dedicados a la agricultura, que ocupaban la posición de vasallos.

Este era el sistema que regía cuando los europeos pisaron el país por primera vez a finales del siglo XIX. Asemejado a una fortaleza, por la interminable sucesión de laderas escarpadas que lo recorren, Ruanda había permanecido durante siglos casi aislada del exterior hasta la llegada de la administración alemana, que había asumido el control sobre el país prácticamente sin que los propios ruandeses se enteraran.

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, Bélgica asumió la administración de Ruanda

El final de la Primera Guerra Mundial traería a Ruanda un cambio de dominación: Bélgica pasaba a ser su nuevo administrador. Para entonces había cosechado ya suficiente éxito la teoría etnicista elaborada por el explorador británico John Hanning Speke, descubridor del Lago Victoria. Según escribió éste en 1963, la cultura y civilización habían llegado al África central de la mano de una tribu caucásica, de origen etíope y descendiente del rey David. Esta raza, caracterizada por su mayor altura y sus rasgos más finos, como era el caso de los tutsis, representaba una clase superior a los negroides autóctonos, que sería el caso de los hutus.

Condicionados por esta teoría, los belgas harían de la cuestión étnica el rasgo definitorio de la existencia en Ruanda, hasta el punto de crear unos documentos de identificación étnica. Convencidos de la superioridad del pueblo tutsi, la nueva administración, con el apoyo de la Iglesia católica, reforzaría el dominio de éstos, estructurando la sociedad ruandesa en torno a criterios étnicos, de modo que a los tutsis correspondería el monopolio de los puestos administrativos y políticos, mientras los hutus veían reducirse a la mínima expresión sus posibilidades de progreso.

“Cada niño educado en la idea de la superioridad e inferioridad racial era un golpe a la idea de una identidad nacional colectiva”, sostiene el periodista Philip Gourevitch en Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias. Historias de Ruanda (Debate, 2009).

El auge del ganado de los tutsis les forzaba a buscar nuevos pastos arrebatando tierras a los hutus

Las rencillas entre ambos grupos se agudizaban por cuestiones económicas: el crecimiento de los rebaños de cebúes tutsis generaba la necesidad de nuevos pastos, que, en un país pequeño y densamente poblado como Ruanda, solo se puede obtener arrebatando tierras a los campesinos hutus.

El enfrentamiento estaba en su máximo apogeo cuando a mediados del siglo XX comenzaba a hablarse de independencia. “La lucha política en Ruanda nunca fue una lucha por la igualdad; la única cuestión fue quién dominaría el estado étnicamente bipolarizado”, apunta Gourevitch. Los hutus habían hecho suyo el mito etnicista pero para denunciar a los tutsis como una tribu invasora, sin derechos sobre una Ruanda cuyo gobierno les correspondía a ellos.

La última revolución feudal

Es entonces cuando los belgas deciden dar un giro a su política colonial y apoyar las reivindicaciones de los hutus, a los que consideran más sumisos y dispuestos a pactar los términos de la descolonización. A finales de 1959 estalla una revolución por todo el país, con ataques a líderes tutsis y sus propiedades, y en enero de 1960 se produce un golpe de estado auspiciado por la administración colonial belga que provoca la sustitución de los gobernantes tutsis por hutus.

Aquello no supondría, ni mucho menos, el fin de la ofensiva de los hutus, que alentados por unas elecciones en las que habían resultado vencedores de forma abrumadora seguirían con su acoso a la antigua casta gobernante. “La democracia ha vencido al feudalismo”, expresaría hacia finales de año Kayibanda, el nuevo hombre fuerte de la política ruandesa, que presidiría el primer gobierno de la Ruanda independiente desde julio de 1962. Poco después, casi dos tercios de los 300.000 tutsis que habitaban el país (sobre una población total de 2,3 millones de personas), habían tomado el camino del exilio, incluido el mwami, el último rey ruandés, Kigeli V.

Los sucesos de aquellos años serían descritos por el premio Nobel Bertrand Russell como “la masacre más horrible y sistemática de la que hemos sido testigos desde el exterminio de los judíos por los nazis”. Y dejarían una profunda huella en el pueblo ruandés.

Pese a su victoria, los hutus vivirían en adelante con el miedo a la venganza del pueblo tutsi

Como explica el periodista polaco Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano (Anagrama, 2006), “tanto hutus como tutsis despiertan de aquella revolución como de una pesadilla”. Ni siquiera los hutus celebran su éxito. Porque es cierto que han vencido a sus señores, se han sacudido el yugo del feudalismo, pero no los han derrotado por completo. “Esa conciencia de que el adversario ha sido gravemente herido, pero sólo eso, de que sigue vivo y buscará venganza, ha sembrado en sus corazones un miedo atroz e invencible”.

Ese miedo está justificado por la persistencia de un grupo de unos 100.000 tutsis dentro de las fronteras de Ruanda. Pero en mayor medida por la presencia de numerosos campamentos tutsis que rodean el país.

Las formaciones de guerrilleros provenientes de estos campamentos -denominados inyenzi, cucarachas- que invaden episódicamente el país justifican las continuadas políticas antitutsi que caracterizan el gobierno de Kayibanda y que alcanzarían su máxima intensidad en 1972, cuando el gobierno ruandés decide vengar en su tierra el ataque que el régimen tutsi de Burundi había efectuado contra sus conciudadanos hutus. Otros 100.000 tutsis marcharían entonces al exilio.

Es así como se explica que el ascenso al poder, en 1973, de Habyarimana, que proponía una convivencia pacífica entre todos los ruandeses, sería recibida con esperanza por la mermada población tutsi de Ruanda. Aunque en la práctica serían pocas las mejoras que experimentaría este grupo minoritario, sometido a una rígida legislación que constreñía cualquier opción de ascenso social, mientras el nuevo régimen seguía rehusando acoger a los refugiados, alegando la superpoblación que sufría el país.

Con Habyarimana al frente, Ruanda vive años de fuerte crecimiento económico, auspiciados por las notables ayudas al desarrollo que recibía de las principales economías mundiales. Y al calor de este desarrollo, se haría visible una camarilla de dirigentes, en su mayoría provenientes del noroeste del país, y entre los que destacaba la propia mujer del presidente, Agathe Habyarimana, que convertirían el Estado en poco menos que un instrumento de su voluntad.

Aquel régimen totalitario basaba su fuerza en el progreso económico, pero la crisis azotaría Ruanda hacia mediados de la década de 1980, sacando a la luz sus debilidades. “La gran mayoría de los ruandeses seguía viviendo en situación de extrema miseria y no le pasaba por alto el hecho de que el omnipotente presidente y sus colaboradores se habían enriquecido mucho”, comenta Gourevitch.

El 1 de octubre de 1990 la guerrilla tutsi del FPR lanza un ataque que causa terror en el régimen de Kigali

Los problemas del régimen se agravarían cuando el 1 de octubre de 1990 un nuevo grupo de guerrilleros lanzó un potente asalto a través de las fronteras de Uganda. Se trataba del Frente Patriótico Ruandés (FPR), un ejército formado al calor de la guerra civil ugandesa, en la que habían ayudado a las tropas de Yoweri Museveni a derrocar al gobierno de Milton Obote. Aunque de mayoría tutsi, el FPR trataba de atraerse a las distintas fuerzas de la oposición al régimen ruandés.

La ofensiva causó “sorpresa y terror en Kigali”, según escribe Kapuscinski, y Habyarimana se vio forzado a solicitar la ayuda del presidente francés, François Mitterrand. El envío de dos divisiones de paracaidistas galos fue determinante para frenar al FPR, pero las presiones de Mitterrand obligarían al presidente ruandés a asumir una serie de concesiones políticas que alcanzaron su cénit en agosto de 1993, con la firma del Acuerdo de Arusha, en Tanzania.

El pacto establecía el regreso de los exiliados tutsis, que rondaban el millón de personas, la integración del ejército nacional y las fuerzas del FPR, el establecimiento de un gobierno de transición abierto a los distintos partidos y la presencia de la ONU. Aquello era demasiado para los miembros del akazu, la camarilla más cercana a la mujer del presidente, que desde 1990 venían auspiciando un rebrote de las políticas antitutsi bajo la ideología del denominado Poder Hutu.

Haciendo un uso intensivo de los medios de comunicación, los dirigentes del régimen de Habyarimana avivan entre la población hutu la sensación de amenaza y les invitan a dejar de sentir compasión hacia sus vecinos tutsis. Valiéndose de las enormes masas de jóvenes desempleados y sin esperanzas de encontrar trabajo, víctimas de la crisis de finales de los 80, comienzan a entrenar unas milicias, las interahamwe, cuyo único fin es el exterminio del pueblo tutsi, así como de los hutus considerados cómplices. Para ello se elaboraban listas de ciudadanos a eliminar y se acumulaba una notable cantidad de armas, compradas gracias al dinero internacional que seguía fluyendo hacia el país.

Desde el poder se aviva la sensación de amenaza y se anima al pueblo hutu a aniquilar a sus vecinos tutsis

León Mugesera, uno de los ideólogos más influyentes del Poder Hutu, advertía al pueblo de que había sido un error no destruir por completo al pueblo tutsi en 1959. “Destruidlos. Hagáis lo que hagais no los dejéis escapar. Recordad que la persona a la que perdonéis la vida seguro que no perdona la vuestra”, afirmaba, antes de animar a enviar a los tutsis de vuelta hacia su Etiopía original -resucitando el mito etnicista- a través del río Nyabarongo, que no tardaría en aparecer correr rebosante de cadáveres.

Azuzada nuevamente la rivalidad, cada noticia -real o exagerada- sobre los ataques del FPR a poblaciones hutus era sucedida de matanzas de tutsis, a los que se presentaba sin excepciones como cómplices de la guerrilla invasora, en las distintas poblaciones del país.

Los propósitos del Poder Hutu para establecer una solución final en el país parecían avanzar por el buen camino. Pero las continuas concesiones políticas del presidente Habyarimana amenazaban la obra del akazu, que veía amenazada su privilegiada posición. “La perspectiva de la derrota y la marginación política fue decisiva en la radicalización final de los extremistas del gobierno hutu”, indica Bruneteau. Las exhortaciones a aniquilar a los tutsis cobraron entonces mayor intensidad.

Y los odios terminaron por desbordar el 6 de marzo de 1994, hace ahora 25 años. Ese día, el avión que transportaba al presidente Habyarimana fue derribado por un misterioso misil justo cuando se disponía a tomar tierra en Kigali. El atentado fue automáticamente atribuido al FPR y con él se inició una de las masacres más intensas de la historia.

En solo 100 días, unas 800.000 personas, más del 80% de la población tutsi sería aniquilada. Lo sería de forma cruel, en muchos casos a golpe de machete, y con saña. Y lo que resultaba más sobrecogedor lo sería por una masa entregada de forma fervorosa a la causa. A lo largo de poco más de tres meses, más de 333 tutsis fueron asesinados cada hora, mientras que otros miles quedaban mutilados y unas 250.000 mujeres eran sometidas a violaciones sistemáticas, siendo, en muchos casos contagiadas con el virus del sida. Ni niños ni ancianos ni enfermos eran objeto de la más mínima compasión.

“Unos vecinos despedazaban a otros hasta la muerte en sus casas, unos colegas despedazaban a otros colegas hasta la muerte en sus puestos de trabajo. Los médicos mataban a sus pacientes, los maestros de escuela mataban a sus alumnos. En pocos días, las poblaciones tutsis de muchos pueblos estaban al borde del exterminio”, detalla Gourevitch.

Alcaldes, líderes religiosos, estrellas deportivas…en la Ruanda de la primavera de 1994 eran escasos los hutus que se negaban a participar del exterminio tutsi y menos los que hicieron algo para detenerlo -entre éstos resalta la historia de Paul Rusesabagina, el director del Hotel des Mille Colines, el famoso Hotel Rwanda, donde encontraron refugio algo más de 1.200 tutsis. “La originalidad histórica del suceso ruandés reside en esta dimensión popular de la masacre organizada”, considera Bruneteau.

Los Cascos Azules de la ONU asistían impotentes a la matanza, mientras demandaban un refuerzo que no llegaría

En medio de aquella violencia desbordada, los alrededor de 3.000 Cascos Azules presentes en el país desde finales de 1993, asistían impotentes, incapaces de detener la matanza. Pero las peticiones del jefe de la misión, el canadiense Romeo Dallaire, para que se le enviaran tropas de refuerzo no solo fue desoído sino que acabó resultando en la retirada de la mayor parte del contigente.

Por entonces estaba muy reciente el asesinato de un grupo de soldados estadounidenses en una misión en Somalia y la Administración que dirigía Bill Clinton no estaba dispuesta a asumir nuevos riesgos en Ruanda. Y para facilitar su retraimiento no dudaría en presionar a otros países para que siguieran su ejemplo, mientras se negaba a reconocer que el país estaba viviendo un genocidio.

Tendría que ser el avance del FPR el que, definitivamente, pusiera contra las cuerdas a las fuerzas del Poder Hutu -pese al respaldo que éstas seguían recibiendo de una Francia que achacaba las matanzas a ambos bandos-. El 4 de julio la guerrilla tomaba el control de Kigali y en las semanas siguientes se iría haciendo con el dominio del resto del país.

Fue entonces cuando cientos de miles de civiles, esta vez hutus, volvieron a poner rumbo hacia las fronteras, huyendo de la justicia o las represalias y dando lugar, nuevamente, a algunas de las más impactantes imágenes que componen el drama del pueblo ruandés aquellos años.

Hoy, Ruanda es un país que lucha por cerrar las heridas de una barbarie sembrada durante décadas y que estalló con toda su crudeza hace 25 años. Hoy, Ruanda destaca por ser uno de los países más seguros y con mejores tasas de crecimiento y desarrollo, en el que las divisiones tribales parecen haber quedado en el olvido.

Hoy, en Ruanda, hutus y tutsis pueden volver a bailar sin más distingos. Pero, parafraseando a Charlie Marlow, el protagonista de la novela El corazón de las tinieblas, “la oscuridad estaba aquí ayer mismo”.

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