Érase una vez un país europeo llamado República Democrática Alemana (RDA). En alemán, Deutsche Demokratische Republik (DDR). Sus habitantes eran alemanes que vivían bajo un régimen comunista, debido al reparto entre las grandes potencias, fruto de la Segunda Guerra Mundial. Las familias quedaron separadas a uno y otro lado del Telón de Acero, cuya imagen más simbólica se erigió en Berlín el 13 de agosto de 1961.

El Muro de la Vergüenza (die Schandmauer) que dividía la capital alemana en dos mitades, la capitalista y la comunista. En esa época, lejana para muchos jóvenes hoy, había dos Alemanias, la República Federal y la República Democrática (nada democrática).

El próximo sábado 9 de noviembre se cumplen 30 años del derrumbe del Muro de Berlín. Muchos alemanes que vivían en la RDA empujaron ese Muro, construido para frenar las fugas al Oeste, por un irrefrenable deseo de libertad. Entre 1949 y el verano de 1961 habían huido de la RDA cerca de tres millones de personas. Había que parar la sangría.

En el verano de 1989 de nuevo miles de alemanes querían salir del país. Buscaban una vida mejor. Muchos lo hicieron a través de los países amigos, República Checa o Hungría. La RDA había cumplido 40 años el 7 de octubre de ese mismo año. Apenas 12 meses después, Alemania volvía a ser un solo país.

Gris oscuro casi negro

¿Cómo era la RDA? Quien viajara hacia Berlín antes de la caída del Muro cruzaba obligatoriamente por la República Democrática Alemana. «Ausweis, bitte! (Pasaporte, por favor)», gritaban de forma impetuosa los policías al pasar por los compartimentos del tren. De noche la situación era tenebrosa.

Para cualquier occidental una incursión en Berlín Este, la capital de la RDA, desde Berlín Oeste era como un viaje a un tiempo gris. Los edificios eran grises, la ropa era gris, el cielo era gris. Gris oscuro casi negro.

El único color lo aportaba todo lo que tenía que ver con la cultura. En las librerías había volúmenes en muchos idiomas, incluido el español, ediciones cubanas, en su mayoría. Muy asequibles incluso para un estudiante. Al igual que discos de música clásica.

Berlín Este era tan monumental como sorprendente. Al menos en una primera impresión. En los cafés la oferta culinaria era muy limitada. Ni siquiera el café parecía café. Pero eso era parecido en el Oeste.

Sobre aquel país que nació y murió en el siglo XX el cine nos ha ofrecido retratos más divertidos como Goodbye Lenin!, o más inquietantes como La vida de los otros. «Todo en lo que mi madre creía ha desaparecido en unos meses», dice el protagonista de Goodbye Lenin. Su madre se queda en coma ocho meses y cuando despierta el Muro ya no está, es decir, su mundo, se ha evaporado.

Como describe La vida de los otros, en la RDA se impuso un sistema vigilante, en el que la Stasi (policía política) contaba con la delación como arma de destrucción masiva. Pero daba un empleo mínimamente remunerado a todo aquel que no se saliera del guion. También ofrecía facilidades para el estudio, la investigación o la práctica deportiva a quienes se entregaran con disciplina a estas tareas.

En aquel país comunista se veía con recelo al que pensaba diferente, y por ello la juventud estaba en el radar de la Stasi, sobre todo, quienes mostraban su rebeldía con el pelo largo o la afición a la música pop. No digamos a aquellos que se sentían atraídos por el movimiento punk. Su grito de «no hay futuro» era una declaración de guerra.

Salidas permanentes

Ilegalmente quisieron dejar la RDA cientos de alemanes. Murieron en el intento unos 600, de ellos 138 en Berlín. Más de 100.000 ciudadanos de Alemania Oriental intentaron huir en los 28 años, dos meses y 27 días que el Muro estuvo levantado. Tuvieron éxito unos 5.000. El último en dejarse la vida fue Chris Gueffroy, apenas nueve meses antes de su derrumbe.

Pero también hubo alemanes que dejaron atrás la RDA de forma legal. Solicitaron lo que se denominaba permiso de salida permanente. El libro Ständige Ausreise. Schwierige Wege aus der DDR (Salidas permanentes. Los difíciles caminos para dejar la RDA), de Jana Göbel y Matthias Meisner, publicado este verano en Berlín, recopila 24 historias de alemanes que quisieron dejar atrás la RDA por esta vía.

Casi 400.000 lo intentaron. Algunos esperaron años y recibieron respuesta casi cuando ya no lo esperaban. Por sus deseos de libertad quienes se atrevían a solicitar la salida, que comportaba la renuncia a la nacionalidad, se exponían a ser vigilados con lupa.

La Stasi se nutría de los informes de los ciudadanos. Al abrirse sus actas muchos descubrieron cómo su pareja, o su mejor amigo, había sido informante. La supervivencia a veces produce monstruos.

El enamorado constante

Otros, como Johannes Senf, que cuando solicitó salir del país tenía apenas 20 años, fueron un ejemplo de constancia.

Johannes, que se había formado como cantero, se enamoró de la hija de unos amigos de sus padres, Susanne, que vivía en Colonia. En una visita de la familia amiga a Weimar, en las que los que venían del Oeste solían llevar café, chocolate y frutas mediterráneas, Johannes se quedó prendado de Susanne. Y fue mutuo.

A Johannes le habían impedido estudiar una carrera porque su padre, pastor protestante se había mostrado díscolo con el régimen. «Hay que aguantarse», le decía su madre, cuando Johannes se quejaba de lo que consideraba una injusticia.

Pero cuando se enamoró decidió salir del país para trasladarse a la ciudad donde vivía su novia, en la República Federal Alemana. Desde entonces cada mes solicitaba el permiso para viajar. Ya estaba harto de que le consideraran forastero en su propio hogar, y quería ser libre para estar con la mujer que amaba.

En 1982 conoció a un abogado que le ayudó a canalizar su solicitud, basándose en el compromiso adquirido por el presidente de la RDA, Erich Honecker, de respetar los derechos humanos y las libertades de los ciudadanos de su país.

Dos semanas después de su 22 cumpleaños, Johannes recibió luz verde. El 30 de mayo de 1983 se despidió de su familia en la estación de Weimar y puso rumbo a Fráncfort, donde le esperaba Susanne.

Meses después se separaron. Ni él encajaba en la vieja vida de Susanne ni ella en la nueva de Johannes. Ahora vive en Colonia y se gana la vida como artista con otra pareja distinta y un hijo. Supo que la Stasi le había vigilado pero no quiso saber quiénes habían sido los informantes.

Descubrió pronto que en el Oeste no eran tan libres como imaginaba. También tenían sus ataduras.

La familia decepcionada

Tampoco siguen juntos los Selig. Después de todo lo que lucharon por una vida mejor para sus hijos. Vivieron en la incertidumbre durante cinco años hasta que el 13 de junio de 1989 pudieron dejar atrás su vida en la RDA para empezar de cero en Berlín oeste. Apenas cinco meses después el Muro de Berlín dejaba de existir.

Tuvieron la sensación de haber perdido cinco años de su vida. Brigitte Selig reconoce que aquel día lloró. «Pero no de alegría, sino de decepción». No sabían que aquel mundo del que querían huir se desmoronaba.

Habían sufrido mucho hasta que consiguieron el permiso para salir definitivamente de la RDA. En diciembre de 1988 tres hombres y dos mujeres irrumpieron en su domicilio y les obligaron a dejarlo.

Tuvieron que salir a toda prisa y dejar solos a sus hijos. Era un nuevo interrogatorio a la pareja, y lo hicieron por separado. Buscaban que alguno de los dos traicionara al otro.

«No queríamos que nuestros hijos fueran unos mojigatos. No queríamos que vivieran callando. No queríamos seguir repitiendo eso de ‘que esto quede entre nosotros, no lo contéis a nadie más'», relata en el libro Brigitte, que entonces sufrió consecuencias laborales al igual que su marido.

Brigitte era técnico de laboratorio en un centro que investigaba sobre el cáncer. Su jefe le dejó claro que nunca podría tener un puesto de responsabilidad. A su marido le ocurrió algo similar. Les impidieron cualquier ascenso.

Sus hijos no quieren saber nada de la vida en la RDA. Brigitte ha rehecho su vida. Reside en Potsdam, ya jubilada, con su segundo marido, un hombre de negocios.

El último verano con Muro

La familia Paul vio la ocasión para poner tierra de por medio con la excusa de un viaje por los países «amigos» de la RDA en el verano de 1989. Detlef Paul, que tenía 36 años, trabajaba en una fábrica en Magdeburgo y su esposa, Marina, en exportación de muebles. Tenían dos hijos.

Christian Paul y su hermano mayor eran buenos nadadores. De lunes a viernes entrenaban al salir de la escuela. A Christian aquello le agobiaba. Prefería tener más tiempo para ver los canales del Oeste, sobre todo, sus dibujos favoritos, Tom y Jerry.

Habían conseguido un alojamiento en Varna, en el Mar Negro. Viajaban en su Trabi, el típico utilitario de la RDA. Christian sabía por su hermano que iban a intentar huir al Oeste. A Christian aquello le parecía una gran idea. Ya no tendría que entrenar cinco días a la semana.

En el viaje, Christian descubrió cómo Rumanía apenas tenía carreteras asfaltadas. Y lo caro que podía ser dormir en el extranjero, aunque fuera un país «amigo».

Apenas se dio cuenta de que sus padres habían fracasado en varios intentos de pasar al Oeste. El último, en la frontera turca, cuando intentaron comprar billetes en una agencia donde la empleada, al ver un posible problema por sus pasaportes, cerró la taquilla.

Al regresar, decepcionados, el padre de Christian escribió al líder de la RDA, Erich Honecker, a quien mostraba su decepción, ya que tras ver cómo vivían sus vecinos se había dado cuenta de que no tenían futuro. «He perdido toda esperanza… Queremos empezar de nuevo», escribió un ingenuo Detlef Paul a Honecker.

Empezaron a notar claramente que estaban bajo observación, un hecho que aumentó sus ganas de dejarlo todo. Una amiga de la familia que trabajaba de funcionaria intentó disuadirles. En el Oeste no hay trabajo. Perderéis a vuestros amigos. Hasta que vio que seguían en sus trece. Entonces les aconsejó que fueran a Praga. Desde allí podría viajar a la República Federal.

A finales de septiembre de 1989 fueron a Praga, donde buscaron la embajada de la RFA en la capital checa. En el Palacio Lobkowicz se congregaban unas 4.000 personas procedentes de la RDA. Allí no podían estar con los niños, así que tras una breve estancia, decidieron regresar a Magdeburgo.

Pocos días después, el propio ministro alemán de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, anunció a los refugiados que podían viajar a la RFA, tras recibir luz verde de Honecker.

Los Paul decidieron unirse a las manifestaciones de los lunes en demanda de libertad en Magdeburgo. «Somos el pueblo», gritaban en cada vez más ciudades alemanas de la RDA. A principios de octubre la Stasi citó a los Paul para informarles que podían salir del país. Renunciaban a su nacionalidad para irse al Oeste.

Tardaron cuatro semanas en venderlo todo y despedirse de los allegados. Mientras tanto, cayó el Muro. ¿Sería la mejor opción irse?

La primera canciller del Este

La actual canciller, Angela Merkel, nació en Hamburgo en 1954 pero su familia se trasladó cuando tenía mes y medio a Templin, en la RDA. Su padre, Horst Kasner, era pastor protestante y fue destinado al Este para evangelizar.

Con un brillante expediente académico, con menciones especiales en matemáticas y ruso, Angela Dorothea Kasner ingresó en las Juventudes Alemanas Libres, como era tradición en los adolescentes de la RDA. La familia no era bien vista por la labor pastoral del padre.

Angela Kasner estudió Físicas en la Universidad de Leipzig, donde vivió con su primer marido, de quien adoptó su apellido, Merkel. A finales de los 70 se instaló en Berlín Este, donde en 1986 logró el doctorado en Física por la Academia de Ciencias. Su director de tesis, Joachim Sauer, sería su segundo marido, y con quien aún comparte su vida.

Merkel no se dio cuenta de la trascendencia del derrumbe del Muro el día 9 de noviembre. Escuchó la noticia sobre las nuevas disposiciones para viajar pero se fue tranquilamente a la sauna, otra tradición muy arraigada en la RDA.

Poco después empezó su carrera política, primero en Despertar Democrático (DA, en alemán) y luego en la CDU. Su ascenso al poder fue fulgurante, como das Mädchen (la chica), como solía llamar a su protegida del Este el canciller federal Helmut Kohl.

La canciller ha declarado recientemente sobre la reunificación alemana: «Oficialmente la reunificación está completada, pero la unidad de los alemanes no fue completada el 3 de octubre de 1990, y eso sigue siendo así en la actualidad».

Quizá en el 50 aniversario del derrumbe del Muro los alemanes de la RDA y los alemanes de la RFA sean alemanes europeos. O europeos alemanes.