Carlos Arias Navarro junto a Francisco Franco. Dutch National Archives, The Hague, Fotocollectie Algemeen Nederlands Persbureau (ANEFO), 1945-1989

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Arias Navarro, el hombre que 'mató' a Franco

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Arias Navarro, el hombre que 'mató' a Franco

Recordado por poner voz a la muerte del dictador, el último presidente del franquismo fue, sin pretenderlo, artífice esencial de la descomposición del régimen

Su voz supuso la sintonía de un cambio de época. Su legendario «españoles, Franco ha muerto» representó para millones de españoles una puerta abierta a la esperanza tanto como a la profunda incertidumbre del qué vendría después.

Que lo que vendría después sería diferente a lo que había imperado durante las últimas casi cuatro décadas en España lo sabía hasta el propio dictador, Francisco Franco, quien así lo admitió en conversación con el ministro falangista José Utrera Molina un año antes de su muerte. Lo que quedaba por determinar era cómo de diferente habría de ser ese nuevo escenario.

Y ahí le tocaba desempeñar un papel esencial a Carlos Arias Navarro. El presidente del último gobierno del franquismo se había convertido de la noche a la mañana en el primero de la monarquía y debía pilotar una situación nada sencilla, en la que las demandas de cambio de una gran parte de la sociedad se entremezclaban con las amenazas de regresión de un grupo de los cuadros políticos del franquismo con un peligroso influjo sobre las fuerzas armadas.

Para Arias Navarro aquella no era una batalla novedosa. Desde que, de forma un tanto sorprendente, fue elegido presidente a finales de 1973 para sustituir al almirante Luis Carrero Blanco, asesinado por ETA, su mandato se había caracterizado por la compleja búsqueda de un equilibrio entre los sectores más reformistas del Gobierno y los más reaccionarios.

Los nulos resultados de aquella política explican que, cuando le llegó el momento de suceder a Franco, Juan Carlos I deseara prescindir de Arias Navarro -con el que había protagonizado ya varios roces- para dar paso a un presidente más acorde a sus intenciones de hacer evolucionar el régimen hacia un sistema democrático. Pero la necesidad de revestir sus primeros pasos de un aire de continuidad, para no azuzar suspicacias prematuras, favoreció la continuidad del antiguo alcalde de Madrid.

Lo cierto es que Arias estaba lejos de representar a los sectores más inmovilistas (el denominado búnker) del régimen y, de hecho, al poco de asumir el mando del Gobierno, aún en vida de Franco, se convirtió en portador de las esperanzas de los miembros del régimen más proclives a una apertura del mismo.

Lo hizo a través de un discurso protagonizado el 12 de febrero de 1974 -que dio lugar a lo que se denominaría «el espíritu del 12 de febrero- que resultó «una declaración de intenciones sorprendentemente liberal», en palabras de Paul Preston.

Arias Navarro sorprendió a todos con un discurso de tono aperturista el 12 de febrero de 1974

En él se recogían una serie de propósitos para impulsar una mayor participación política de la ciudadanía que no por limitados dejaban de resultar una novedad en una dictadura tan poco proclive al cambio. Se podían resumir en una reforma restringida para la elección de alcaldes y funcionarios locales; un aumento del número de diputados elegidos mediante sufragio (aunque muy limitado); más poder de negociación para los sindicatos verticales; y, más importante aún, un proyecto para dar cabida a las asociaciones políticas dentro del sistema.

Lógicamente, este paso se encontró pronto con la cerrazón del sector ultra, que denunciaría a través de la pluma del extremista Blas Piñar que la apertura de Arias era «una puerta abierta a la subversión».

El convulso escenario social con el que habría de lidiar el Gobierno de Arias no haría sino alimentar los miedos y, por ende, la reacción de estos sectores reaccionarios, que encontrarían en Franco la palanca más eficaz para desvirtuar los planes de Arias.

Las primeras dificultades económicas derivadas de la crisis internacional del petróleo de 1973, los encontronazos con la Iglesia o el terrorismo de ETA componían un cóctel explosivo que se vio agitado por los sucesos de la Revolución de los Claveles, que acabó con la dictadura de Portugal en 1974, y la enfermedad de Franco en el verano de ese mismo año, que alimentaron las esperanzas de una oposición cada vez más atrevida.

Su actitud represiva ante el desorden público acabaría por socavar su credibilidad

Y si la acción ultra resultaba un freno casi insalvable para los planes de Arias Navarro su obsesión por el orden público -había sido durante ocho años director general de Seguridad-, plasmada en una intensa represión de los movimientos opositores, acabaría por socavar la credibilidad de su proyecto.

«El rígido compromiso contraído con el pensamiento franquista y la determinación, recalcada especialmente, de aplastar la subversión era una garantía de que la reforma, tal como la concebía Arias, no iba a producir ningún cambio verdaderamente sustancial. Por añadidura, en los dos años siguientes el búnker se encargaría incluso de reducir esa mínima reforma a la nada», indica Preston en El triunfo de la democracia en España (Debate, 2018).

Con todo, Arias no estaba dispuesto a dar por fracasada su reforma sin pelear por ella y así, entre declaraciones contradictorias, seguiría defendiendo la vigencia de la misma: «La bandera del 12 de febrero sigue firmemente izada», exclamaría a principios de 1975.

Para entonces ya su proyecto de asociaciones se había visto rebajado a un burdo e ineficaz retoque que le obligó a casi excusarse ante los españoles, pidiendo «comprensión» y «generosidad» para «contribuir al nacimiento de una ilusión que la experiencia nos permitirá, con sucesivos pasos, firmes y seguros, ir completando en la medida en que la conveniencia nacional…lo vaya aconsejando».

También por entonces se había visto obligado a prescindir de algunos de sus ministros más liberales, como Pío Cabanillas, y aunque a cambio también logró deshacerse de algunos elementos reaccionarios del gabinete, acabó perdiendo la confianza de la mayor parte de los reformistas. «Debemos pensar que una línea política ha muerto desde ayer», señalarían desde el Grupo Tácito tras la salida de Cabanillas del Gobierno.

Su errático proceder tampoco le valdría la confianza de la camarilla más próxima a Franco, que por momentos pareció convencer al dictador de la necesidad de relevar a Arias Navarro. «Arias no es de fiar y no terminará el año de presidente», se dice que llegó a comentar el Caudillo a Francisco Ruiz-Jarabo, ministro de Justicia en el último Gobierno de la dictadura.

Los sectores más ultras, con el apoyo de Franco, lograron frenar los intentos reformistas

Pero lo cierto es que, pese a la parálisis política, su falta de sintonía con Franco y los evidentes síntomas de decadencia que proyectaba el régimen, Arias Navarro llegó a los últimos días del dictador al frente del Ejecutivo y se mantendría en ese puesto tras la entronización de Juan Carlos I.

Por un momento, el presidente del Gobierno volvió a revivir las esperanzas pasadas al hacer suyo el programa reformista de su nuevo ministro de Interior, Manuel Fraga, con el cual se manifestaba partidario de una reforma de las instituciones representativas para ensanchar la base social del régimen, así como de la ampliación de las libertades y derechos ciudadanos, en especial el derecho de asociación y del reconocimiento institucional de las regiones y en general de las autonomías locales, a fin de que el ordenamiento jurídico-político español «tienda a una mayor homogeneidad con la comunidad occidental».

Pronto quedaría claro, no obstante, que detrás de aquel mensaje persistía la disposición a no ir más allá del tímido reformismo del 12 de febrero, que si ya nació insuficiente a estas alturas, tras la muerte de Franco, resultaba ya del todo desfasado.

«A partir de ese momento Arias -esa esfinge sin secreto, en expresión acertada de Cabanillas- quedó atrapado entre su lealtad al pasado y su vanidosa ambición de protagonizar el futuro», considera Charles T. Powell en España en democracia, 1975-2000 (Plaza & Janés, 2001).

Su incapacidad para dirigir los cambios que demandaba la sociedad española quedaría pronto manifiesta. «Nunca tuvo un programa claro: en un principio pareció coincidir con los reformistas jóvenes, pero la identificación con ellos fue superficial y efímera; luego, durante los siete meses de su presidencia durante la monarquía, asumió el programa de Fraga. Pero nunca tuvo la personalidad suficiente para ser presidente: se embarullaba en las decisiones fundamentales, avanzaba e inmediatamente frenaba y daba marcha atrás y, al mismo tiempo, se enzarzaba en disputas inacabables con quiénes había nombrado», sostienen Tusell y Queipo de Llano en Tiempo de incertidumbre (Crítica, 2003).

En uno de sus constantes encontronazos con Juan Carlos I llegó a confesarle que no podía gobernar de otra manera que como lo había hecho con Franco. La presencia en su despacho de un enorme retrato del dictador, en contraposición con una pequeña foto del nuevo rey, es entendida hoy como el reflejo del «contraste del peso abrumador de su propio pasado frente a un presente que no comprendía», según Tusell y Queipo de Llano.

El rey no tardó en asumir la necesidad de prescindir de Arias, quien se sentía injustamente tratado por el nuevo monarca -al que llegó a comparar con un niño-, y aunque se vio obligado a contemporizar antes de adoptar una medida que le atormentaba, acabó tomando la que, en opinión de Powell, resultaría «una de las decisiones más difíciles de todo su reinado, y también una de las más acertadas».

Juan Carlos I habría querido sustituir a Arias desde un inicio, pero prefirió contemporizar

Sus declaraciones a la revista estadounidense Newsweek en las que afirmaba que Arias Navarro era «un desastre sin remedio» fueron sólo la antesala de una destitución que aún se dilataría hasta el 1 de julio de 1976.

Concluía así el mandato de un hombre que había acabado sobrepasado por la difícil tarea de manejarse entre su apego al pasado y su conciencia de la necesidad de cambio. Como indicaría el que fue su ministro de Relaciones Sindicales, Rodolfo Martín Villa, «la cabeza del presidente Arias comprendía la necesidad de la reforma, pero probablemente a su corazón le costaba aceptarla».

Si aquel fue un final amargo para Arias Navarro, más duro sería el trago de su última aventura política, protagonizada apenas un año después, cuando, por sorpresa, decidió presentarse a las elecciones al Senado por Alianza Popular, el partido fundado por Fraga.

No fue, ni mucho menos el titular de Cuadernos del Díalogo («Elecciones. Franco se presenta») lo que más dolió al expresidente, sino la avalancha de críticas que le llovieron desde los más distintos ámbitos -incluso, desde buena parte de los que habían sido sus compañeros de Gobierno- y que alcanzaron no sólo a aquello de lo que se sentía más orgulloso, su gestión como alcalde de Madrid, sino que se extendieron hasta 1936 para hacerle responsable de viles ejecuciones tras el estallido de la guerra -«Carnicerito de Málaga» le llegó a motejar el periodista Francisco Cerecedo.

Tras su derrota inapelable, Arias decidió recluirse en la intimidad de la vida privada, donde se lamentaría, hasta su muerte el 27 de noviembre de 1989, de la marcha de una sociedad que avanzaba mucho más de lo que él era capaz de aceptar, rompiendo lazos con el único mundo en el que él se sentía confortado y a cuya defensa había dedicado su vida política: el del franquismo.

Y sin embargo, visto con perspectiva, no puede obviarse que fue su propia acción una de las que más pronto y más decisivamente contribuyeron a socavar las opciones de pervivencia del régimen franquista.

Arias fue un político sobrepasado por su lealtad al pasado y su conciencia de la necesidad de cambios

Si Preston le reconoce la importancia de haber contribuido a aunar a la oposición, incluso empujando hacia ella a numerosos funcionarios y empresarios franquistas, frustrados por la imposibilidad de la reforma, Tusell y Queipo de Llano son más generosos en el reconocimiento de su involuntaria aportación a la transición hacia la democracia.

En su opinión, los años de su mandato durante el franquismo, «aunque en aquellos meses no lo pareciera en absoluto, fueron el inicio de una destrucción, la del régimen de Franco, no solo por la movilización social y política de la oposición que provocaron sino, sobre todo, por el efecto que tuvieron sobre el propio sistema político vigente».

Al fin y al cabo, «sin el 12 de febrero no cabe la menor duda de que todo hubiera sido más difícil o distinto. Incluso puede decirse que algo parecido al 12 de febrero era imprescindible para que las cosas siguieran luego el rumbo que tomaron». Porque, aunque su reforma no llevara a nada sí contribuyó a destruir el sistema vigente: «El periodo tuvo la virtud de mostrar la división encrespada de la clase dirigente del franquismo, su parálisis en un momento decisivo e incluso el hecho de que ella misma no creía en su sistema político», observan.

Así puede decirse que, cuando Arias Navarro transmitió con visible emoción, aquel 20 de noviembre de 1975, al conjunto de los españoles la muerte de Franco, había comenzado ya, sin ser consciente de ello, a matar también, en cierto sentido, el legado del dictador.