Historia

Los guardianes judíos de Auschwitz

Casi 2.000 judíos fueron empleados por los jerarcas nazis en los crematorios de Auschwitz como mano de obra imprescindible para ejecutar de forma eficaz la aniquilación de su propio pueblo

Instalaciones del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Flickr/ Daniel Briot

Ven aquí, acércate -tú, feliz ciudadano del mundo que vive en aquella tierra donde aún existe la dicha, la alegría y el placer-, y yo te contaré cómo los modernos y viles criminales trocaron en desgracia la felicidad de un pueblo, haciendo que su alegría se esfumara, se convirtiera en una pena eterna y destruyendo para siempre su bienestar».

Con estas palabras se iniciaba un manuscrito que el polaco Haïm Wollnerman, un sobreviviente de los campos de concentración, adquirió en la primavera de 1945 a un joven que decía haberlo desenterrado en los alrededores de un crematorio en Birkenau. El texto, que llevaba la firma de Zalmen Gradowski, presenta el relato desgarrador de una persona que se presenta como testigo directo «de la cruel y oscura noche», que supuso «la completa liquidación del pueblo judío».

«Birkenau-Auschwitz es uno de los diversos lugares -aunque hay más rinconcitos de muerte diseminados en diferentes sitios- en los que han exterminado a nuestro pueblo de variadas maneras», señala en otro de los manuscritos.

Sin duda, Gradowski sabía de lo que hablaba. Él mismo había contemplado con sus propios ojos el horror de la «solución final»; él había palpado la maquinaria de destrucción que el nazismo había puesto en pie para aniquilar al pueblo judío; él había estado «en el corazón del infierno». Y a diferencia de la gran mayoría de los judíos que habían cruzado las puertas del crematorio, él (todavía) podía contarlo.

Porque Gradowski no era igual que la mayoría de los judíos encerrados en el campo de Auschwitz. Él era un Sonderkommando.

«¿Qué quiere decir Sonderkommando?», preguntó Shlomo Venezia al prisionero que le había explicado que a partir de ese momento formaría parte de esa división. «Comando especial», le respondió este. Y nuevamente Venezia preguntó: «¿Especial? ¿Por qué?». «Porque debemos trabajar en el crematorio… Donde se quema a la gente», fue la respuesta que recibió.

Los líderes nazis concibieron la ‘solución final’ como una auténtica cadena de montaje industrial

Venezia, un judío nacido en Grecia que había sido deportado con su familia a Auschwitz-Birkenau apenas un mes antes, no pareció asustarse. «Para mí, era un trabajo cualquiera; ya me había acostumbrado a la vida en el campo. Pero en ningún momento me dijo que los cadáveres que se quemaban eran los de personas que habían llegado vivas al Crematorio…», rememora en el libro Sonderkommando. El testimonio de un judío obligado a trabajar en las cámaras de gas (RBA, 2010).

La historia del complejo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau es de sobra conocida -aunque no por ello menos estremecedora-. Construido a lo largo de 1940, a partir de unos barracones del ejército polaco, en una pequeña localidad ubicada en la confluencia de los ríos Vístula y Sola, inicialmente fue concebido como un campo de tránsito para prisioneros polacos.

Sin embargo, sus funciones variarían rápidamente y un año después Heinrich Himmler, jefe de las SS, ya había decidido que aquellas instalaciones debían ser una parte fundamental en la solución del problema judío. Se calcula que un millón de ellos perdieron sus vidas tras sus puertas.

Para llevar a cabo estos planes, los líderes nazis dispusieron la creación de lo que el historiador Marcello Pezzetti ha calificado como «las mayores estructuras de ejecución que el hombre haya elaborado nunca». Durante la primavera de 1943 se pusieron en marcha en el área de Birkenau cuatro krematorium, destinados a la ejecución masiva de los presos enviados a aquel campo.

Como observa Salomé Guadalupe, el proceso de ejecución diseñado por los jerarcas alemanes en Auschwitz-Birkenau fue planificado meticulosamente como una auténtica cadena de montaje industrial. «Cualquier retraso en el transporte de las víctimas o en el funcionamiento de los talleres suponía la única y verdadera tragedia para los verdugos: un contratiempo que entorpecía todo el proceso y generaba tensiones a lo largo de esta cadena de muerte. El proceso de eliminación de un convoy entero duraba, comprendido el exterminio y la reducción de los cuerpos a cenizas, unas setenta y dos horas», explica.

Para el eficaz funcionamiento de este proceso, era necesario contar con un grupo de trabajadores que hicieran la función de conducir a las víctimas hacia la cámara de gas, ayudarlas a desvestirse con la mayor rapidez posible, reunir sus ropas, sacar los cuerpos de las cámaras tras la ejecución y, tras retirarles las prótesis, los dientes de oro y cortar los cabellos de las mujeres, quemar los cuerpos en los hornos y limpiar la cámara de gas. Y por supuesto ese trabajo debía ser realizado por los propios judíos. Había nacido el Sonderkommando.

Los ‘Sonderkommando’ eran frecuentemente depurados para que sus miembros no pudieran contar lo que habían visto

Se estima que durante el tiempo que estuvieron en activo, alrededor de 2.000 judíos, seleccionados de entre los prisioneros más fuertes y sanos a su llegada al campo de concentración, formaron parte de estos comandos, que frecuentemente eran depurados y renovados para asegurarse de que sus miembros, testigos privilegiados del horror, nunca pudieran transmitir al mundo lo que allí había ocurrido.

La historia de estos comandos especiales de judíos que contribuyeron con su trabajo en los crematorios a asegurar el funcionamiento ininterrumpido de la maquinaria de destrucción diseñada por el nazismo ha quedado frecuentemente oculta tras el silencio y el oprobio, como ha sucedido con casi cualquier indicio de cooperación de personas judíos con los destructores de su propio pueblo, una verdad incómoda, como bien pudo comprobar el historiador Raul Hilberg tras la publicación de su obra La destrucción de los judíos europeos (Akal, 2005).

Llegada de un convoy de judíos al campo de concentración de Auschwitz.

La vergüenza ha sido durante mucho tiempo el sentimiento imperante al aproximarse a la historia del Sonderkommando, un sentir cargado de reproches que proviene desde los mismos días del Holocausto. Poco después del final de la guerra, el prestigioso escritor Primo Levi, que sobrevivió a su internamiento en Auschwitz, se refería a ellos en términos muy duros: «Emanaba un olor nauseabundo de sus ropas; siempre estaban sucios y tenían un aspecto completamente salvaje, unas verdaderas bestias feroces. Eran escogidos entre los peores criminales condenados por graves crímenes de sangre».

Juicios semejantes eran habituales entre los judíos encerrados en Auschwitz, que en ocasiones, cuando eran conducidos hacia las cámaras de gas, les recriminaban su colaboración con las SS en aquella tarea.

Philippe Mesnard y Carlo Saletti defienden en el prólogo de En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz – 1944 (Anthropos, 2008), obra que recoge los escritos de Zalmen Gradowski, que estos juicios estaban condicionados por el desconocimiento y la incomprensión. Los privilegios de los que disfrutaban -mayores raciones de comida, cambios de ropa más frecuentes, posibilidad de dormir en cama- contribuían además al resentimiento del resto de presos, con los que tenían prohibido cualquier contacto.

«Durante el periodo en el que Birkenau estuvo en actividad, el horror que emanaba de ese lugar en el que trabajaban los miembros del Sonderkommando, pero también el aislamiento al que estaban sometidos, contribuyeron, en gran medida, a construir en la mayor parte de los deportados una imagen transfigurada, incluso fantasmal de esos deportados», señalan Mesnard y Saletti.

Algunos presos judíos reprochaban a estos hombres su cooperación en el exterminio de su propio pueblo

Pero también los propios miembros de aquellos comandos llegaron a sentir en parte esa vergüenza, como se trasluce de los relatos de los pocos sobrevivientes que se animaron a contar su experiencia. Así, Venezia, por ejemplo, reconoce «que me siento algo cómplice, aunque yo no los maté», al recordar cómo en alguna ocasión había tenido que sujetar a alguno de los presos para que fueran ejecutados por los guardias nazis.

Faltos de elección (al que se negaba, lo eliminaban inmediatamente), aquellos hombres se vieron forzados a trabajar en lo que muchos de ellos describen como un infierno peor que la muerte, guiando hacia el martirio no sólo a su propio pueblo sino en ocasiones a familiares, amigos y conocidos.

«La imagen que veíamos al abrir la puerta era atroz, ni siquiera puedes hacerte una idea de lo que podía ser», comenta Venezia, quien recuerda que «los primeros dias, a pesar del hambre que me atenazaba, me costaba tocar el mendrugo de pan que recibíamos. El olor persistía en las manos, me sentía manchado por aquella muerte. Con el tiempo, poco a poco, fue necesario acostumbrarse a todo. Se convirtió en una especie de rutina en la que no había que pensar».

Ni pensar ni casi hablar, ni siquiera entre ellos. «Que los alemanes consiguieron al menos parcial y temporalmente su propósito de deshumanizar a sus víctimas queda patente en el propio trato que los Sonderkommando se daban entre sí. Shlomo Venecia afirma que apenas hablaban entre ellos y no solían saber los nombres de sus compañeros; normalmente se llamaban con el pronombre tú», apunta Guadalupe.

Fuera por esa vergüenza interna que les corroía, fuera porque las noticias de que estaban llegando los últimos convoyes masivos de judíos les hicieron comprender que pronto dejarían de ser necesarios y, por ello, serían eliminados, los Sonderkommando de Auschwitz intentaron rebelarse contra sus captores.

El 7 de octubre de 1944 varios centenares de ellos protagonizaron una revuelta con el objetivo de escapar. Aunque planificado desde hacía mucho tiempo, el levantamiento se precipitó por la confusión de los Sonderkommando de uno de los crematorios, que creían haber sido descubiertos, y acabó en un rotundo fracaso. Los SS de guardia pudieron desactivar rápidamente el motín y en las horas siguientes procedieron a la liquidación de más de 400 de ellos.

Castigo sin fin

Cuando el trabajo de eliminación que les había sido encomendado había llegado a su fin y el acercamiento de las tropas soviéticas hacía preciso borrar las huellas de la masacre, a los comandos especiales de judíos aún les quedaría la misión de desmantelar los crematorios en los que ellos mismos habían quemado los cuerpos de varios cientos de miles de ejecutados.

No llegaban a los dos centenares los Sonderkommando que seguían con vida cuando se procedió a la evacuación del campo de Auschwitz. Aunque los alemanes tenían reservados para ellos otros planes -básicamente, su eliminación- varias decenas de ellos lograron infiltrarse entre las filas de prisioneros que partían hacia el oeste.

Al término de la guerra, apenas 90 de ellos seguían con vida. Una vida conservada a fuerza de inimaginables torturas físicas, pero sobre todo morales. Un sufrimiento que por momentos pudo llegar hacerles sentir que quizás la muerte era un estado preferible pero al que se impuso el instinto de supervivencia.

Apenas 90 integrantes de estos comandos especiales llegaron con vida al término de la Guerra

Es posible que muchos de quienes compartieron con ellos el horror de aquel exterminio pensaran que el trabajo que realizaron tras las puertas de Auschwitz les hacía merecedores de algún tipo de castigo, al menos de la reprobación de sus conciudadanos.

Ellos, en cambio, sentirían que portaban ya una condena que nunca les abandonaría. Cuando le preguntaron a Venezia qué había destruido en él aquella experiencia, respondió de forma tajante que «la vida».

«Todo me devuelve al campo. Haga lo que haga, vea lo que vea, mi espíritu regresa siempre al mismo lugar. Es como si el trabajo que tuve que hacer allí no hubiera salido nunca, realmente, de mi cabeza… Nunca se sale realmente del crematorio».

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