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Historia

Si todo es fascismo, nada es fascismo: el peligro de banalizar

Hace unos días la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, animaba al PP a realizar algún tipo de valoración sobre los mensajes de WhatsApp filtrados a militares retirados, a los que definió como un “grupo de fascistas”. Es, al menos, la tercera vez en poco tiempo que la vicepresidenta utiliza el término fascista para referirse a un grupo de personas en concreto, o a un adversario político. En septiembre, mientras presentaba la nueva ley de Memoria, destacó que la misma serviría para “defender la democracia frente al fascismo de Vox”, a los que ya antes había acusado de representar el “fascismo organizado” del siglo XXI.

Al mismo tiempo que Calvo sacaba de paseo esta semana el fascismo por el ámbito político, la red social Twitter se convertía en sede de un nuevo y acalorado enfrentamiento entre dos famosos usuarios, nada nuevo. En esta ocasión se batían en duelo tuitero el exdiputado de Ciudadanos Juan Carlos Girauta y el pianista James Rhodes, quien publicó un post en el que se burlaba de la estatura del alcalde de Madrid, que desencadenó la guerra entre ambos. Entre descalificaciones varias, a las que acabó sumándose otro habitual de la gresca, el eurodiputado de Vox Hermann Tertsch, Rhodes terminó por invitarles a crear «un club para fascistas y solitarios”, antes de anunciar acciones legales.

Fascismo, un viaje de la tele al pleno con correspondencia en las redes

Esta utilización tan ligera del término fascista en diferentes foros no es nueva. Ha tenido incluso cabida en programas del corazón como Sálvame, no obstante, el pasado junio su presentador estrella, Jorge Javier Vázquez, anunció que en su espacio “de rojos y maricones” no iba a “dar voz al fascismo”.

En este episodio, el líder de VOX Santiago Abascal se sintió aludido y respondió, a través de Twitter, que no le iba a permitir “al millonario progre” Jorge Javier que le considere fascista. Ese eco fascista llegó a la alcaldía de Barcelona, lugar desde el que Ada Colau aplaudía que el presentador callara “la boca al fascismo en prime time”.

Este viaje de mensajes con ese denominador común fascista también tiene, desde hace años, una parada en el púlpito del Congreso, lugar desde el que ERC llamó fascista a Albert Rivera, y una diputada de Junts hizo lo propio con el coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos. Desde otro parlamento, el de Cataluña, hace algo más de un año miembros de la CUP también acusaron de fascista a Cayetana Álvarez de Toledo.

Ahí empezó otra guerra de delaciones fascistas con billete de vuelta que hicieron alzar la voz, desde ese mismo Parlament, a miembros de Ciudadanos, que también se quejaron de los insultos de “los fascistas de la CUP” tras un debate sobre el acoso que sufrió la propia Álvarez de Toledo en la Universidad de Barcelona, hecho que Inés Arrimadas consideró, también, fascista. El Gobierno no está exento, ya que perdió la ‘inmunidad fascista’ cuando la cofundadora de UPyD, Rosa Díez, acusó a Sánchez de liderar el fascismo rojo. Así, pasando por el principal partido de la oposición que, también según la CUP, está presidido por un fascista llamado Pablo Casado (sucesor del Gobierno de un Rajoy que para Puigdemont también era tan fascista como los jueces españoles). Ni siquiera el jefe del Estado Felipe VI tiene inmunidad en este ámbito ya que es, según Mertxe Aizpurúa (Bildu), también un reconocido fascista.

Este cruce de acusaciones trasciende al ámbito institucional y se multiplica a diario en redes sociales, donde se acusa de fascista casi de forma inmediata a todo aquel que piense de manera diferente. Un ejemplo muy representativo de esta curiosa situación se observa cada vez que emite una opinión el cantautor Joan Manuel Serrat, considerado por algunos claramente como un separatista de izquierdas y por los propios independentistas de izquierda… como un peligroso fascista por no aplaudir sus ideas. La paradoja del gato de Schrödinger, pero en versión fascio.

Todo este ruido mediático, social y político en torno al fascismo ha logrado de forma tangencial generar un interés en la sociedad sobre este fenómeno, según los datos que arrojan diferentes herramientas de medición de búsqueda de palabras clave como Google Trends o Sistrix. Algunas de las búsquedas que más crecieron este año son “origen del fascismo”, “fascismo qué es” o “fascismo de izquierdas”. “Fascismo”, así sin más, aglutina alrededor de 50.000 búsquedas mensuales desde el inicio de 2020, principalmente a través de dispositivos móviles. Eso sí, ese interés histórico en internet tiende a desembocar en Wikipedia, que lidera el ranking de links más consultados. Es este dominio web el que parece saciar lo suficiente la curiosidad del usuario medio para dejarla morir después, ya que mayoritariamente no llegan a profundizar mucho más sobre el asunto en cuestión.

Los historiadores avisan del peligro de banalizar el término

El historiador y catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova ha encontrado también en internet un lugar perfecto para poder llegar a un público más amplio y, desde su canal de Youtube, ofrece diferentes charlas sobre temas de interés histórico. En uno de sus vídeos abordó precisamente el fenómeno de los fascismos, y ahí ofrece muchas claves de lo que fue ese movimiento nacido en Italia, así como su influencia posterior.

Casanova asume ante todo que “fascismo es uno de los términos más controvertidos” pero que, a diferencia de los tertulianos, políticos o líderes de opinión, “los historiadores no lo utilizan para descalificar”. El fascismo es consecuencia de la I Guerra Mundial y está asociado directamente a la figura de Benito Mussolini. Para Casanova hay un aspecto, un hecho esencial y diferencial para poder entender qué es fascismo y qué no es, y no es otro que la violencia “intrínseca al movimiento desde sus inicios. El fascismo tuvo la violencia paramilitar como eje central, unida al terror, palizas, asesinatos, institucionalización del poder, propaganda y el culto al líder. Todo ello conjugado con un entorno de crisis post bélica que hizo posible su auge”. Si bien el fascismo original es el creado por Mussolini, de aquel movimiento italiano bebió el nazismo (que introdujo entre otros elementos el antisemitismo), y también el franquismo.

Musolini.

En el caso de España, Franco necesitó de la ayuda fascista y nazi para ganar una guerra y, después, su modelo compartió durante algunos años elementos con el fascismo italiano, principalmente la represión de posguerra. Pero a Franco no le quedó más remedio que ir dulcificando el régimen para adaptarse a la nueva realidad y poder ser medianamente aceptado internacionalmente tras la II Guerra Mundial, las muertes de Mussolini y Hitler, y la consiguiente caída de los regímenes fascista y nazi. El debate de si Franco fue fascista o no, está claro para el hispanista Paul Preston, quien en una entrevista para Letras Libres afirmó que “Franco no era fascista. Era algo peor. Era africanista”.

Esta falsa identificación de lo que no es más que un trampantojo fascista, no solo ocurre en España».

El italiano Emilio Gentile es quizá el experto más reconocido en el estudio del fascismo. En su libro Quién es fascista analiza este fenómeno del ‘todo es fascismo’ que el historiador cataloga como peligroso. Ofrece también una explicación a esa identificación del fascismo en comportamientos actuales como la hostilidad hacia la inmigración de partidos de ultraderecha, la defensa de la identidad religiosa, o el desprecio a la corrupción y las instituciones. Estos elementos, según Gentile, pueden confundirse con la identificación de la llegada de un nuevo fascismo. Si bien son motivo de alerta por coincidentes con algunos de los de aquel movimiento italiano de Mussolini, no dejan de ser más que ecos de un fascismo que no está regresando. Para Gentile esta confusión produce una banalización errática del pasado y no es nueva, ya que se viene repitiendo desde el final de la II Guerra Mundial cuando los comunistas italianos, por ejemplo, denominaban fascistas a los demócratas cristianos que, paradójicamente, habían sido perseguidos en época del Duce.

Esta falsa identificación de lo que no es más que un trampantojo fascista, no solo ocurre en España, también en otros países, o con líderes controvertidos como Trump o Bolsonaro, y lo que genera es el efecto contrario al buscado al perderse el rigor histórico del fascismo en favor de la retórica o demagogia. Así, con la deslegitimación del término se origina un problema que es el de “agravar la desinformación e impedir la mejor comprensión del presente”. De esta manera, las amenazas reales, incluso las realmente fascistas, podrían llegar a entrar más fácilmente al quedar inutilizado el sentido histórico de un movimiento marcado claramente por una seña de identidad violenta y que desprecia el parlamentarismo.

Fomentar por tanto una sociedad donde se señalan casi a diario fascistas en cada escaño, cuenta de Twitter o en cada plató de televisión es, a ojos de los expertos, totalmente contraproducente. Quizá por ello Casanova también advierte a los tertulianos –y por extensión a otros líderes de opinión- de que el mecanismo de lucha y control más útil y seguro contra el peligroso fascismo es “no mentarlo en vano”. Porque si el término se deslegitima y se manosea, si todo es fascismo y todos son fascistas, ya nada es fascismo.

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