Ocho de cada 10 pacientes que acuden a la consulta de Eduard Vieta, jefe de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona, ocultan la enfermedad que padecen. Lo hacen, en ocasiones, incluso a su propia familia, y bajo la recomendación de su psiquiatra.

Porque Vieta, que es además director científico del Centro de Investigación en Red de Salud Mental (CIBERSAM) y uno de los mayores expertos en trastorno bipolar, considera que contarlo supone un riesgo de estigmatización o pérdida de empleo. “Analizamos siempre cada caso pero si el riesgo de contarlo es la pérdida del empleo, la recomendación es que no lo hagan. Y si van a contarlo a su entorno, incluso en gente de confianza, les pedimos que se anticipen y solo lo hagan si creen que les van a entender”, explica Vieta.

Esta enfermedad, que padece el 3% de la población, tarda cinco años en diagnosticarse en España

Sin embargo, esta enfermedad que hasta los psiquiatras recomiendan ocultar, es una de las más frecuentes enfermedades mentales. La sufre el 3% de la población (en España son cerca de millón y medio de personas) y sería el caso, según han confirmado fuentes cercanas a su familia en varios medios, de la desaparecida Blanca Fernández Ochoa. En contrapartida, también es una de las enfermedades mentales más difíciles de identificar y dos de cada tres enfermos están sin diagnosticar. El tiempo medio es de cinco años, algo mejor que en Estados Unidos, donde el diagnóstico correcto se demora siete años según los datos de Vieta. “Cuando son muy graves, los síntomas se confunden y se considera que la persona es débil, inmadura o inestable. Cuando son graves, también hay mucha confusión con trastornos de depresión – si hay un episodio depresivo – o esquizofrenia, si el episodio es de manía (euforia); en los niños suele diagnosticarse erróneamente como un TDAH”, indica el psiquiatra.

Estas dificultades suponen la demora de un diagnóstico que suele llegar tras la pubertad (la edad media está en torno a los 19 años), pero que puede producirse desde la infancia y hasta la tercera edad. Prácticamente a cualquier edad puede debutar esta enfermedad que justifica frases como la de que “el amor es química”. No sólo éste, todos los sentimientos vienen determinados biológicamente. El cuerpo tiene unos mecanismos que regulan los estados de ánimo y es al no funcionar éstos cuando se desata el trastorno bipolar.

“Es muy común escuchar el apelativo bipolar pero estamos ante una enfermedad muy seria”, indica Josep Ramón Domenech, psiquiatra y vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría Privada. “El requisito para diagnosticarla es que la persona haya sufrido al menos un episodio de manía o hipomanía (euforia) y otro de depresión”, añade.

Esa es la característica principal de una enfermedad que tiene una base genética [cada vez más conocida] aunque está muy influida por factores ambientales. “El consumo de sustancias, el estrés o la falta de sueño pueden influir muy directamente en el debut de la enfermedad”, explica Vieta, que considera dos factores claves para determinar qué tipo de vida podrá llevar alguien diagnosticado con este trastorno.

“El primero es el tiempo empleado hasta el diagnóstico. Porque cuantos más brotes o episodios de manía o depresión se produzcan, más se producirán a futuro. Por ello es tan importante reducir el tiempo de diagnóstico y conseguir hábitos de vida saludables”, apunta el psiquiatra del Clínic.

Asumir la enfermedad

Para Vieta, lo más complicado, especialmente cuando se diagnostica la enfermedad en la adolescencia, es conseguir que la persona siga el tratamiento farmacológica y, sobre todo, el cambio que le exige la enfermedad en cuanto a estilo de vida.

  1. Tomar conciencia de la enfermedad sin estigmatizarse a uno mismo
  2. Tomar la medicación de forma correcta
  3. No consumir drogas (cannabis, alcohol, etc.)
  4. Tener regularidad en los hábitos, dormir lo que toca o no tener, por ejemplo, un trabajo a turnos.
  5. Aprender a detectar las alarmas de recaída.

«Cortar la mala hierba antes de que salga»

En ese último punto, el de detectar las alarmas de recaída, está una de las claves, según Vieta, para controlar la enfermedad. «Aunque el enfermo tome la medicación y tenga su enfermedad controlada, siempre puede sufrir picos y valles. La enfermedad se hace más grave cuantas más crisis se sufren y, por tanto, es importante evitarlos y cortarlos antes de que crezcan, como la mala hierba antes de que salga», explica el psiquiatra.

«Cada paciente debe controlar sus propios síntomas, que pueden ser muy específicos de cada persona. Hay quien ante el comienzo de la fase depresiva puede dejar de ducharse por la mañana, o el de la fase eufórica que comienza con un envío descontrolado de emails por la noche… es importante que ahí acudan al psiquiatra para evitar que se desarrolle el episodio», afirma el psiquiatra.

El litio es el fármaco más eficaz pero el tratamiento más complicado de seguir

Un control para el que será imprescindible, como coincide la psiquiatra Ana González-Pinto, presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica: «En todos los casos es imprescindible medicarse a diario y con el tratamiento adecuado, aproximadamente el 60% puede llevar una vida normal. Otros estarán regular y alrededor de uno de cada 10 responde mal a la medicación».

Los expertos coinciden en que en el trastorno bipolar, la llamada adherencia a la medicación (los que la toman de forma correcta) es complicada. El fármaco más conocido y que toma, según los datos de Vieta, un tercio de los bipolares es el litio. «Es el medicamento más eficaz pero también el más complicado. La dosis efectiva de litio está cercana a la toxicidad y por ello requiere de la realización periódica de análisis. Además, es aún más complicada, pues es una sal, para deportistas, que deben realizar aún más controles. Además, es peligrosa para quienes no la tomen de forma correcta, pues si se cesa el tratamiento puede tener efecto rebote con recaídas importantes. Por ello, algunos médicos prefieren recetar fármacos menos efectivos pero más fáciles de tomar», afirma.

Una vida normal

Por ello, para conseguir llevar una vida normal – algo que puede hacer de un 60% a un 80% de los enfermos, según los psiquiatras – deben confluir tanto la buena aceptación de la medicación como la identificación de esos síntomas de alerta y los hábitos de vida indicados por Vieta.

Por lo demás, la propia enfermedad puede variar mucho. De dos en toda una vida a crisis quincenales, incluso 24 al año. Esas crisis variarán mucho, según indica González-Pinto, y pueden quedarse en lo que llama «síntomas subsindrómicos, que son momentos en los que personas en tratamiento sufren síntomas leves de lo que serían las crisis, desde el insomnio, la desgana, la tristeza o la falta de interés que caracterizan a la depresión o la euforia, energía, alegría o no necesidad de sueño que caracterizan a las fases de manía», explica la psiquiatra.

Los genes que se asocian a esta enfermedad se relacionan también con la creatividad y el liderazgo

Para Vieta, esa vida normal hay que ponerla entre comillas, pues «todos los enfermos pasan un coste, que sucede sobre todo en los años previos al diagnóstico, una ‘etapa de desconcierto’. A muchos, cuando debuta en la pubertad, la enfermedad puede costarles terminar unos determinados estudios, o en otros puede suponer no acceder a un trabajo de mayor cualificación. Por ello es tan importante que la gente conozca la enfermedad, para que pueda reducirse el tiempo de diagnóstico. Eso reducirá las crisis y mejorará su pronóstico», concluye el jefe del Clínic.

Si la enfermedad puede afectar más a deportistas de élite, lo cierto es que los genes que se asocian a esta enfermedad se relacionan también con la creatividad y el liderazgo. Según Vieta, «hay estudios que confirman que en las familias de personas bipolares hay más artistas, políticos o deportistas y profesionales destacados en todos los ámbitos».