Lo saludable es tendencia. Cada vez se miran más las etiquetas, hay más gente que decide dejar la lactosa o tomar agua con limón en ayunas, aunque no sepan muy bien por qué o si tiene algún sentido. Lo cierto es que cada vez hay más preocupación por lo que comemos, pero la atención termina cuando los alimentos entran en la boca. Y ese es el error que denuncia Ángela Quintas, una química y nutricionista que se ha propuesto introducirnos en un viaje de 33 horas. Porque ese es, aproximadamente, el tiempo que los alimentos permanecen en nuestro cuerpo y que resulta vital para la salud.

Los detalles de este viaje los ha plasmado Quintas en El secreto de una buena digestión (Planeta). «Lo primero a lo que deberíamos prestar más atención es a la masticación. En ella empieza ya la digestión. Y ésta es tan importante que las aves de corral que no tienen dientes tragan piedras para que les ayuden a machacar los alimentos. Las usan hasta que pierden las aristas y entonces las devuelven y vuelven y tragan otras nuevas», explica la nutricionista. Sin necesitar las piedras, Quintas incide en que «hay que masticar bien, cosa que no siempre se hace y hay muchísima gente que muere por atragantamiento». En concreto, cada día en España mueren cinco personas atragantadas, más que por accidentes de tráfico o consumo de drogas.

Cada día mueren atragantadas cinco personas en España, más que en accidentes de tráfico o por consumo de drogas

Si masticar es importante, también lo es la postura en la que comemos. «Especialmente para personas con disfagia [dificultad para tragar] es importante la postura de la barbilla para que pueda tragar mejor», indica la autora de La buena digestión, donde recuerda cómo uno de sus pacientes solucionó sus problemas para tragar bajando la barbilla al comer y evitando mezclar texturas en las comidas o los alimentos muy fríos o calientes.

Pero si de todo este proceso tenemos ahora información detallada, debemos dar gracias – por la parte que le toca – a un trampero (trabajaba poniendo trampas a animales) estadounidense llamado Alexis St. Martin. La mala suerte quiso que fuera alcanzado por una escopeta y que el destino le cruzara con el cirujano militar William Beaumont. Quintas relata en el libro que la herida provocó al trampero una fístula (un agujero que comunicaba su estómago con el exterior) y cómo el cirujano la aprovechó para realizar todo tipo de experimentos gracias a los cuales pudo conocer con mucho detalle el proceso digestivo. Por ejemplo, introducía a través de una cuerda distintos alimentos y los sacaba al tiempo para saber qué ocurría con ellos. Así descubrió que, además de mecánico, la digestión es un proceso químico o cómo los cambios de humor afectaban a sus secreciones gástricas.

La microbiota, nuestro «código de barras»

Aunque muchos años han pasado desde la historia del trampero, no son tantos desde los que se sabe la composición de la microbiota, el conjunto de millones de bacterias al que hasta hace pocos años llamábamos flora intestinal. «Le cambiamos el nombre porque lo que tenemos dentro no son flores sino bichitos. Y ahora sabemos que importa muchísimo. Yo le llamo nuestro código de barras porque cada uno tiene el suyo, único, muy diferente al del vecino, algo parecido al de su primo y algo más al de su madre. Su papel es importantísimo, hace de barrera, ayuda a sintetizar algunas vitaminas y a la fase metabólica de algunos alimentos, entre otros».

Cuando la microbiota está alterada se denomina disbiosis y puede provocar diversas patologías. «A veces los síntomas son más claros, como estreñimiento o dolor abdominal, pero otras son más difíciles de identificar con el aparato digestivo, porque pueden ser desde un eczema a un dolor de cabeza, de articulaciones o mucosidad», explica Quintas.

Esos síntomas que tan poco se corresponden con el sistema digestivo pueden ser el síntoma de que nuestra microbiota está alterada pero, ¿por qué? «La microbiota se puede alterar por culpa del estrés, de una gastrointeritis, de la obesidad o de tomar ultraprocesados», indica la nutricionista, que explica cómo algunas de esas situaciones de disbiosis son más comunes de lo que parecen. «Aproximadamente la mitad de la población puede estar infectada de helicobacter pylori. No todo el mundo tiene síntomas pero sí mucha gente. Esta bacteria se ancla a la parte alta del estómago y secreta una sustancia que neutraliza el ácido del estómago y puede producir mucho malestar, dolor, reflujo, algunos pacientes me lo describen como si les clavaran un puñal. Sin embargo, se soluciona con antibióticos y alguna cepa probiótica».

Otra de las bacterias comunes que colonizan nuestro intestino es la candida albicans, que produce esos síntomas difíciles de identificar con un problema digestivo. «Todas las mujeres tenemos un reservorio de cándida en la vagina, pero si crece y coloniza zonas donde no debería estar como el intestino puede producir dolor en las articulaciones, cambios de humor, ganas de comer dulce todo el día, mucosidad o molestia con los olores fuertes. Y lo que está pasando es que un hongo ha alterado su microbiota. La gente tarda en descubrirlo y para eliminarla solo hay que dejar de alimentar al hongo, al que le gustan sobre todo los antibióticos y el azúcar, y emplear algún fungicida y probiótico», añade la autora de La buena digestión.

Dime cómo es tu caca y te diré qué te ocurre

Quintas también se ha propuesto que «la caca deje de ser un tabú». «Cuando tenemos niños estamos todo el día mirando y hablando de cacas, preocupados de cuántas hacen, de qué color y con qué textura. Pero pasada esa etapa ya no volvemos a hablar de ellas, es un error», asegura. Por eso, la autora anima a volver a mirarlas y en su libro repasa las distintas formas, texturas e incluso colores que puede tener la caca, e incluso la receta de la caca perfecta.

Con un 75% de agua, 20% de bacterias y 5% de alimentos no digeridos, sus características pueden determinar desde si tenemos cáncer de colon – si hay sangre en las heces – hasta el porqué de que estemos durmiendo mal. «Las heces no deberían flotar. Cuando lo hacen es indicativo de que contienen mucho gas metano, relacionado con una menor producción de serotonina», relata Quintas en el libro. En el intestino se fabrica el 90% de la serotonina del organismo y ésta es el neurotransmisor precursor de la melatonina, esa que nos hacen dormir de manera profunda.

Quintas se detiene por último en los gases, que afirma que «las mujeres tienen menos pero huelen peor». Asegura la experta, sin embargo, que no hay que preocuparse si no resultan molestos. «Pueden ser un síntoma de mala masticación, de que un alimento esté sentando mal o que se ingiera demasiado aire al comer o fumar».