Salud

"Todo empezó en la cuarentena": la anorexia que ha impulsado la pandemia

El Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid no da abasto para atender la demanda de hospitalización de adolescentes con TCA. Aina y Victoria, que acuden a tratamiento ambulatorio en Son Espases (Palma de Mallorca), cuentan su experiencia y cómo es el camino de su recuperación.

Imagen que representa los trastornos alimenticios, en la que se ve a una chica con parte de la imagen distorsionada

Carmen Vivas

Una, dos y tres. 14 niñas levantan a la vez la tapa de una bandeja. Descubren un plato de pasta, un filete, una pera y un bollo de pan. Suena La fama de Rosalía y tres enfermeras supervisan que todo vaya según lo previsto. La hora de comer es el acto principal del día de las adolescentes hospitalizadas por trastornos de la alimentación en el Hospital Universitario Niño Jesús de Madrid.

«Tienen 40 minutos para comer y luego reposo. Tienen que hacer una comida normal, no hacer trocitos muy pequeños, tener una buena posición sentadas, comérselo todo… Cuando llegan aquí han perdido esa relación normal con la comida y el objetivo es recuperarla», explica desde un rincón de la sala Montserrat Graell, la jefa de Psiquiatría Infantil y Juvenil del Hospital.

Algunas niñas tienen la mirada perdida, otras parecen más contentas. No hablan mucho entre ellas. Todas las que se sientan ese día a la mesa están ingresadas por anorexia nerviosa restrictiva, el trastorno de alimentación que más hospitalizaciones requiere. Para ser hospitalizadas han tenido que llegar a un nivel de desnutrición severo y tener complicaciones de salud asociadas a la enfermedad. «Cuando llegan tan desnutridas suele haber complicaciones como la bradicardia, que es una frecuencia cardíaca baja que es un mecanismo de adaptación del cuerpo cuando no puede latir al ritmo normal porque no teien energía. Esto es muy grave y puede afectar a muchos órganos», explica Graell.

El comedor es la última estancia de la unidad de hospitalización de trastornos de la alimentación del hospital infantil, que se compone de seis habitaciones dobles y dos individuales. Son amplias, con luz y muy austeras. No hay mamparas en el baño ni espejos. «Es por seguridad, no porque no se miren. Porque se pueden ver en los cristales y lo harán cuando salgan de aquí», explica Graell. En medio del pasillo hay un control de enfermería, con un circuito cerrado de televisión donde se controlan todas las habitaciones.

La Unidad de Hospitalización de Trastornos de Alimentación del Hospital Niño Jesús ya estaba llena antes de la pandemia pero ahora ha aumentado la lista de espera

Dentro del hospital, no se usan móviles. Las habitaciones dan a una galería donde hay futbolines, juegos y una mesa de ping pong. Desde allí se ve el patio exterior donde pueden salir también a jugar a la pelota o cuidar el jardín y el huerto que forman parte de la planta. De él disfrutan tanto las niñas ingresadas por anorexia como las que acuden al hospital de día (seis o siete horas de lunes a viernes) o al tratamiento ambulatorio. «El 70 o 75% de las pacientes con TCA no requieren ingreso. Eso ha mejorado desde hace 30 años, cuando era al revés», afirma Graell, que reconoce sin embargo que la pandemia ha empeorado la situación.

«Esta unidad de hospitalización está siempre al 100% pero ya lo estaba antes de la pandemia. Lo que ha aumentado es la lista de espera. En la pandemia lo que hemos visto, además de un aumento de los casos, es una eclosión de los síntomas«, explica la psiquiatra. «Algunos llegan con más tiempo de evolución y otros llegan con poco tiempo pero mayor intensidad de los síntomas y más emocionalidad».

Ricardo Camarneiro es el psiquiatra coordinador de la unidad y confirma el efecto de la pandemia: «Hemos visto más casos de todas las edades, también niñas más pequeñas, pero sobre todo se ha producido una mayor brusquedad de los casos y la sintomatología asociada, con inestabilidad, autolesiones e incluso ideas suicidas».

Camarneiro subraya que la pandemia ha sido un factor de riesgo para que afloren los trastornos alimenticios en la población vulnerable. «Se piensa a veces que esta es una enfermedad social, pero tiene un factor genético importante. En quienes lo padecen, hasta el 50% de las causas se pueden atribuir a factores genéticos, que tienen que interactuar con el ambiente. Yo les explico a los padres que el factor genético es como una brecha en un puente. Pueden pasar los coches durante muchos años sin peligro, pero de repente pasa un camión y la brecha se abre. Y la pandemia ha sido como un tráiler», explica.

Este aumento de los trastornos alimenticios se ha visto en general en toda España, de ellos han alertado los pediatras y otros hospitales, como el San Joan de Deu de Barcelona, que ya en octubre de 2021 cifraba en un 60% el aumento de casos, que también eran «más graves que nunca». En el origen, la gran incertidumbre de la pandemia y la sobreexigencia que llegó de golpe. «Los adolescentes quedaron bastante tocados, yo diría desconcertados. Se cambió su vida escolar, se anularon sus actividades… Las familias, también con más presión, quizás no pudieron ver los síntomas o si los vieron se encontraron también con más trabas de acceso al sistema sanitario», apunta Graell.

La prevalencia estimada de TCA en las mujeres de 12 a 21 años de entre el 4,1 y el 6,4%, y un 0,3% en los chicos, según datos de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG). A escala mundial el número de casos de TCA ya se había duplicado de 2000 a 2018 entre el 3,4% de la población a 7,8%, según publicó The American Journal of Clinical Nutrition en mayo de 2019. La anorexia es la enfermedad mental con mayor tasa de mortalidad por encima de la bipolaridad o la esquizofrenia, tal como afirmó en una campaña por la Anorexia la Fundación Cofares.

En un reciente estudio publicado en The Lancet se analizaba la mortalidad adolescente en los últimos 40 años por enfermedades no contagiosas. Aunque la tasa ha bajado un 40%, los científicos se mostraban preocupados precisamente por el aumento debido a las enfermedades mentales y particularmente a los trastornos de la alimentación. Alejandro de la Torre, uno de los firmantes del estudio y director del grupo de investigación en epidemiología psiquiátrica (EPISAM), afirma que «la pandemia ha influido de forma dramática en los trastornos de alimentación, que se han disparado tanto los TCA como los de alimentación disregulada, como trastornos por atracón».

De la Torre indica que en la pandemia «la comida sirvió para regular las emociones» con un efecto especialmente dañino en los jóvenes «a quienes se quitó prácticamente su vida diaria». Explica que en el Hospital Clínico San Carlos, donde investiga, hay varias líneas bajo el foco. «A nivel biológico se buscan tratamientos antiinflamatorios, porque hay pacientes con TCA que tienen una mayor respuesta inflamatoria que la población general. También está en estudio la oxitocina, la hormona del apego, a la que se estudia como un posible biomarcador».

Ania: «Todo empezó en la cuarentena»

«Todo empezó en la cuarentena», arranca Ania, 18 años, en tratamiento de anorexia restrictiva nerviosa en el hospital mallorquín de Son Espases, «durante el confinamiento no me restringía [este término se usa para hablar de los alimentos que dejan de comer] pero empecé a comer muy sano y hacer deporte. Después de verano empecé a obsesionarme con lo que comía y me instalé una aplicación en la que contaba todo lo que comía y las calorías que tenía».

Los excesos de la Navidad de 2020 fueron el detonante y en enero de 2021 empezó «lo heavy». «Estaba muy obsesionada y en abril caí en una depresión muy fuerte. Hablé con mis padres para pedir ayuda profesional, aunque en realidad ahí yo no me quería recuperar», reconoce la joven.

Durante todo aquel tiempo Ania asegura que la red social Tik Tok ejerció una mala influencia para ella: «Creo que fue lo que más me influyó, porque yo buscaba cosas relacionadas con la comida y el deporte y la red me empezó a mostrar gente con TCA. Ver cómo a la gente le da miedo comerse X alimento o dando consejos para no tener hambre o evitar comer me sentaba bastante mal».

El Independiente ha consultado a la la red social Tik Tok por este tipo de contenidos y fuentes de la compañía aseguran a que «se eliminan los contenidos que expresan el deseo de experimentar trastornos alimenticios, que comparten consejos o instrucciones sobre cómo padecer trastornos alimenticios, y que muestran retos con el objetivo de alcanzar medidas corporales poco saludables». No obstante, aseguran que recientemente han actualizado sus normas para próximamente «empezar también a eliminar la promoción de los hábitos alimenticios poco saludables o desordenados. Estos cambios se han realizado tras consultar a distintos expertos, investigadores y médicos. El objetivo de esta medida es reconocer más síntomas, como el exceso de ejercicio o el ayuno de corta duración, que con frecuencia son señales poco conocidas de un posible problema».

La anorexia es como esa pareja tóxica que te está maltratando pero tú no lo ves porque la amas demasiado»

Ania tenía previsto cursar este año en Canadá y el pasado septiembre sus padres permitieron que se fuera «con muchas condiciones para que tuviera cuidado de no recaer». Pero «pasó lo que pasó, casi no comía, solo vegetales, hacía mucho deporte, era súper rígida con mis horarios, empecé a bajar muchísimo de peso. Mi madre me pedía que le mandara fotos de la báscula y se las mandaba antiguas, de las que me había hecho nada más llegar. Pero a finales de octubre me dio un ataque de ansiedad en plena calle y toqué fondo. Hablé con mis padres y decidimos que volviera a España».

Poco después de llegar Ania acudió al hospital de Son Espases. Aún era menor de edad pero como le faltaba poco para los 18 la asignaron directamente al hospital de día de adultos. Desde entonces el camino no ha sido fácil ni lo es, afirma, pero lucha cada día por recuperarse. «Estoy en plena recuperación. He trabajado mucho por encontrar la motivación para recuperarme aunque la culpa sigue ahí y ahora muchas veces siento culpa por no sentir culpa».

La culpabilidad es uno de los elementos clave de la anorexia. «Es inexplicable, es muy difícil que lo entienda alguien que no lo ha sufrido. La anorexia es como esa pareja tóxica que te está maltratando pero tú no lo ves porque la amas demasiado».

Ania y Victoria, pacientes en recuperación por anorexia nerviosa restrictiva.
Ania y Victoria, pacientes en recuperación por anorexia nerviosa restrictiva. cedida

Victoria: «La primera vez que oí TCA tenía ocho años»

Victoria, de 19 años, está en tratamiento ambulatorio por su anorexia restrictiva nerviosa en Son Espases. Hace poco que le han cambiado el diagnóstico de la anorexia purgativa que la lleva acompañando casi desde que recuerda: «No saben por qué me vino, siempre he sido muy obsesiva con mi cuerpo, la primera vez que oí TCA tenía ocho años aunque solo he sido consciente y he asumido mi enfermedad desde el año pasado».

La infancia y la adolescencia de Victoria, que creció en un centro de protección de menores, fueron un entrar y salir de unidades de hospitalización y de día. «Entraba allí pero no me quería curar. Sabía que tenía que recuperar peso, lo hacía para que me sacaran y volver a lo mismo». Sus abuelos, con quien mantenía algo de relación, «piensan que ésta es una enfermedad del siglo XXI, aunque cuando me han visto peor sí estaban destrozados y me pedían llorando que me recuperara».

Esta joven con vocación de bailarina siempre vio a la anorexia «como una mejor amiga que me iba a ayudar a ser delgada y bonita, aunque en realidad me estaba destruyendo». Victoria compara su enfermedad con «una voz constante que te dice que no comas, que no hagas caso a los demás, que te insulta si te tomas un helado. Es una voz muy fuerte que se va».

Victoria asegura que el mejor momento de estos años de enfermedad lo vivió justo antes de la pandemia pero que el confinamiento la volvió a llevar, calladamente, hacia ella: «Encerrada, tenía demasiado tiempo para pensar. Me autoengañaba diciendo que no me gustaba la comida. Tenía mucha ansiedad y lo único que podía hacer era autolesionarme».

Victoria llegó a negarse a ingerir alimentos y en noviembre de 2021 ingresó en el hospital con la salud muy afectada. «Me pusieron una sonda nasogástrica, mis análisis eran lo peor. Recuerdo que me desperté un día y me di cuenta que no podía moverme. Lo único que recuerdo es un desfibrilador», cuenta. A Victoria se le paró el corazón. Por la noche, cuando despertó, tenía al borde de su cama a todo el equipo de la unidad. «Estaban la psiquiatra, la piscóloga y la enfermera. Me dijeron que tenía que tomar una decisión: si quería recuperarme o morirme».

Desde entonces, Victoria ha ido dando pasitos hacia esa recuperación de la anorexia. Poco a poco, arrastrando las secuelas de una vida enferma: «Voy a tener anemia toda mi vida. El esófago lo tengo destrozado de vomitar hasta 10 veces al día, también el bazo. Y las secuelas psicológicas son otro nivel. Llegas a un estado depresivo tan fuerte que no quieres levantarte de la cama. Me daba igual morirme».

Ahora está en recuperación, haciendo «afrontamientos» todos los días. Así denominan estas pacientes las situaciones que les producen estrés o miedo en su enfermedad y que van desde ingerir un determinando alimento, comer en público o ir al colegio o al trabajo. «Trabajo con mi cuerpo porque soy animadora en un hotel y bailarina, estos últimos días me ha costado bastante pero lucho cada día para dejar de lado esa voz que te genera tanta culpa».

El jardín de la Unidad de Hospitalización de Trastornos de Alimentación del Hospital Niño Jesús

En Son Espases, Victoria y Aina son atendidas en el equipo de la psiquiatra Iratxe Aguirre, que explica que allí desde el inicio de la pandemia los trastornos de la conducta alimentaria «han aumentado muchísimo, con picos de incidencia nunca vistos antes, tanto en niños y adolescentes como en adultos». La psiquiatra achaca a «el aislamiento, un mayor foco en el cuerpo y un mayor impacto de las redes sociales» entre las causas de esta epidemia. Asegura también que «el pico no ha bajado, los casos aún van al alza».

Victoria, Aina y otras siete jóvenes que reciben tratamiento en Son Espases han lanzado en Instagram la cuenta se.recovery, un espacio en el que quieren transmitir a otros la realidad de su enfermedad, contar cómo avanzan con sus afrontamientos y ofrecer su ayuda a quien la pueda necesitar. «La lanzamos y en dos días teníamos 1.700 seguidores, nos encanta ayudar y que nos escriban personas que están pasando por esto y se sienten acompañadas, o mujeres con hijos que en su día lo pasaron y hoy trabajan, tienen familia… eso nos motiva mucho», explican Victoria y Aina.

La cuenta fue una iniciativa de las jóvenes pero ahora, confirma Aguirre, es supervisada por el hospital. «Nos parece una buena iniciativa pero hasta cierto punto. Creemos que puede estar bien para ayudar a los demás pero tienen que crearse también grupos alternativos para que no se sobreidentifiquen con la enfermedad».

El camino de Victoria y Aina, como el de tantas chicas y algunos chicos (se estima que ellos son un 10%), casi acaba de empezar. La media de un tratamiento de anorexia que empieza en la adolescencia son cuatro años. «En el momento agudo, pasan el 90% de su tiempo pensando en la comida, en no comer. Son pensamientos irracionales de los que poco a poco se tienen que ir desprendiendo», explica Camarneiro.

En su cuenta de Instagram, compartieron Volver, una canción de Los chikos del maíz que define muy bien cómo se sienten. «Miro al espejo y veo un muerto, un ser funesto / Que finge una sonrisa que yo no devuelvo / Empeñado en vivir de los recuerdos / Porque empeñé mi vida por gustar y quedé expuesto». El post se llenó de comentarios de chicas que se sentían identificadas con la canción. Ellas ya están unas estrofas más adelante: «Pero hoy en el espejo ya me reconozco / Reconozco los complejos, veo en mi rostro / Los demonios, fantasmas, las dudas / Pero también el saber cuando pedir ayuda».

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