Vivimos una (otra) época en la que la política mundial parece dominada por hombres que gritan. Gritan desde palacios presidenciales, desde tribunas parlamentarias o desde pantallas que amplifican cada gesto de poder. Gritan porque el poder, cuando se vuelve viejo, suele volverse también ruidoso. Nuestro tiempo está sacudido (otra vez) por guerras, populismos y autócratas que confunden la fuerza con la intimidación.

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En ese paisaje áspero donde resurgen viejas pulsiones autoritarias y la testosterona política parece en permanente ebullición, cada vez se escuchan con más claridad otras voces. Voces de mujeres que lideran, resisten o gobiernan desde una lógica distinta. Menos obsesionada con dominar el poder y más orientada a comprender su responsabilidad. No es una cuestión estética ni un gesto simbólico. El liderazgo femenino se está convirtiendo, cada vez más, en un antídoto democrático frente a una cultura política autoritaria que ha vuelto para confundir, de nuevo, autoridad con imposición.

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Hay muchas mujeres que encarnan de manera especialmente certera esa resistencia y liderazgo frente al autoritarismo tiránico

Hay muchas mujeres que encarnan de manera especialmente certera esa resistencia y liderazgo frente al autoritarismo tiránico. Los regímenes autoritarios siempre empiezan por controlar a las mujeres, porque saben que, cuando una mujer conquista su libertad, toda la sociedad empieza a ser libre. Por eso las reprimen, las encarcelan o intentan silenciarlas. Y por eso las temen.

Pero, para mí, son dos las que articulan ese imparable movimiento global en este momento.

La primera es María Corina Machado, en Venezuela. Durante años ha enfrentado uno de los regímenes más represivos de Iberoamérica con algo que los tiranos temen más que cualquier arma: credibilidad y legitimidad, el único poder que las dictaduras no pueden fabricar. Inhabilitada, perseguida, convertida en objetivo permanente del poder, Machado encarna la esperanza de millones de venezolanos que no han renunciado a recuperar su libertad.

La segunda es Maryam Rajavi, líder del National Council of Resistance of Iran. Desde hace décadas encarna la lucha de millones de mujeres iraníes contra un régimen que ha convertido el control sobre sus vidas en un instrumento de dominación política.
Pero el liderazgo femenino no se limita a la resistencia frente a las dictaduras, desde Venezuela hasta Irán. También está transformando el ejercicio del poder democrático.

En Japón, Sanae Takaichi se ha convertido en la primera mujer en alcanzar la jefatura del gobierno, y ha logrado un nivel de aceptación inédito en su país, desde la claridad de sus convicciones y programa político, y desde un ejercicio de la autoridad desarmante por lo disruptivo y eficaz. En México, aun con su deuda política y su debilidad ejecutiva, Claudia Sheinbaum gobierna el país más poblado del mundo hispanohablante. En Namibia, Netumbo Nandi-Ndaitwah, elegida presidenta en 2024, representa una nueva generación de liderazgo africano que enfatiza la diplomacia regional y el desarrollo económico inclusivo. En Taiwán, la expresidenta Tsai Ingwen dejó un legado crucial: consolidó la democracia taiwanesa frente a la presión estratégica de China y fortaleció alianzas internacionales en defensa del orden democrático en el Indo-Pacífico.

Europa tampoco es ajena a esta transformación. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, con todas sus sombras y debilidades, ha liderado algunas de las decisiones más trascendentales de la Unión en décadas. En el Parlamento Europeo, Roberta Metsola se ha convertido en una voz firme en defensa de los valores democráticos. Y desde 2024, la estonia Kaja Kallas ejerce como Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y vicepresidenta de la Comisión, en uno de los momentos geopolíticos más complejos para el continente.

Estos liderazgos son distintos entre sí, responden a ideologías diversas y a contextos políticos muy diferentes, pero comparten un rasgo común. Suelen incorporar una cultura política menos basada en la confrontación permanente y más orientada a construir acuerdos duraderos.

Escuchar, dialogar y buscar soluciones innovadoras no son signos de debilidad. Son, en realidad, los atributos más exigentes del liderazgo democrático. Pero hay una condición imprescindible para que esas virtudes no degeneren en mera retórica: la verdad.

La escucha sin verdad es oportunismo, y el diálogo sin verdad es cálculo. La apelación a la dignidad humana sin verdad se convierte en impostura, en ese tóxico populismo que hoy tenemos en exceso, y que actúa como el peor colesterol en las arterias de nuestras democracias.

En casi ochenta años de historia, Naciones Unidas nunca ha tenido una mujer como secretaria general. Quizá ha llegado el momento de corregir esa anomalía histórica

Por eso el liderazgo político que el mundo necesita no es solo más inclusivo. Debe ser también más honesto.

Hay una institución donde este debate adquiere una dimensión especialmente simbólica. En casi ochenta años de historia, Naciones Unidas nunca ha tenido una mujer como secretaria general. Quizá ha llegado el momento de corregir esa anomalía histórica.

Entre las figuras que representan esa posibilidad destaca la economista costarricense Rebeca Grynspan, actual secretaria general de UNCTAD y antigua vicepresidenta de Costa Rica. Su trayectoria combina experiencia multilateral, solvencia económica y una cultura política profundamente orientada al diálogo.

El liderazgo femenino no resolverá por sí solo los conflictos del mundo. Pero lo que está probado es que introduce algo que la política internacional necesita con urgencia: una cultura del poder distinta. Una cultura en la que gobernar no significa dominar, en la que la fortaleza no se mide por la capacidad de intimidar, sino por la capacidad de proteger. Un liderazgo que no consiste en levantar muros, sino en abrir caminos para avanzar y crecer.

En un tiempo de tiranos y déspotas, de ruido político permanente, quizá la mayor esperanza de la democracia sea que cada vez más mujeres están dispuestas a ejercer el poder con la convicción radical de que sirve para hacer el mundo más libre, no para dominarlo.


Beatriz Becerra es psicóloga y escritora. Doctora en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas, fue eurodiputada y vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo (2014-2019) y es vicepresidenta y cofundadora de España Mejor.