Iba uno de velatorio, a la capilla ardiente de Raúl del Pozo, que descansaba o disimulaba bajo madroños góticos y retratos de señores calatravos en la Casa de la Villa de Madrid, como un infante, y lo del Hodio contra el odio parecía, claro, un chiste de velatorio. A Raúl del Pozo se diría que lo habían metido en una cajita de costura, bajo enredaderas pintadas, flores de lana, dedales de mármol y botones de gente muy abotonada por el luto, la amistad, el magisterio y la pérdida lejana y cercana (uno se sentía familia del finado, pero luego se daba cuenta de que no: que esa familiaridad era de leerlo o imaginarlo, y en realidad uno estaba allí un poco de bastardo, de friki o de gorrón). Raúl del Pozo, en su última columna, describía a Sánchez como un “individuo que gobierna un país sin ganar elecciones, sin mayoría parlamentaria, sin mayoría social, rodeado de corrupción, con su familia imputada…”. Como en el velatorio o velorio, que es igual pero sin tanto drama o ya con anís, daban gratis El Mundo, negro, caliente y tiznado, como de panadería, uno leía la frase con los dedos manchados de periódico como de magia negra, y casi parecía posible que Raúl del Pozo resucitara para hacer el chiste de velatorio de su propio velatorio, sobre ese tipo que gobierna gracias al odio y encima se quiere hacer una oenegé justiciera o una startup camisetera con el concepto.
Lo de Hodio suena a organización malvada y evidente de Ibáñez, contra la que quizá el profesor Bacterio desarrollaría un bebedizo de amor catastrófico e irónico (a lo mejor el sotanillo de la Moncloa ya es el laboratorio de la T.I.A.). Raúl del Pozo, desde su última columna, destacada en amarillo en el papel o avejentada repentinamente de amarillo por la muerte, como el encaje de un ataúd entornado, llamaba a Sánchez “máquina de perder”, y yo pensaba que también es una máquina de darle la vuelta a las cosas, a la verdad, a las chaquetas, a la democracia. Los políticos, en general, nunca promueven nada que les vaya a perjudicar o a contradecir, pero sólo Sánchez es capaz de defender la propia palabra dada la vuelta ante nuestros ojos como una jarra de agua. Si Sánchez habla de justicia se refiere a controlar a los jueces como marionetas de guante satinadas, si habla de libertad de expresión se refiere a censura, si habla de proteger ante el odio se refiere a protegerse ante la crítica. Todo eso me parecía aún más obsceno estando uno ante el ataúd de Raúl del Pozo, que era como un altar pagano del periodismo, hecho de troncos, helechos y aves sobrevoladoras, porque el periodista puede tener sus opiniones, su ideología y hasta sus obsesiones, pero no puede trabajar ni tragar con palabras dadas la vuelta, como un linotipista cabeza abajo.
Por la capilla ardiente, con algo de bosque de cristal, algo de catafalco de Blancanieves, algo de tumba de benefactor de colegiata y algo de baile de parroquia, pasaban periodistas escolares y mesoneros sin cliente, ministras teresianas y antiguos estrellones con o sin gafa gorda de viuda de Hollywood, todos lentos de pasos y de abrazos, y a uno casi le parecía un insulto o un vacile que Sánchez sacara eso del Hodio, que era un anzuelo periodístico irresistible con errata moral incluida, estando Raúl con indisposición eterna y los demás como con lira en la mano y la crónica fiada ya a su memoria. La profesión tiene muchos padres y nos vamos sintiendo abandonados y enternecidos muchas veces los mismos, y eso es una putada. A Joaquín Manso, que me recibió con mano pastoral, me parece que ya sólo lo veo en los entierros, aunque no sea así, y es ya como mi párroco. Juanma Lamet, por ejemplo, otro huérfano, de repente me señalaba que había unas flores muy amarillentas que le habrían dado mal fario a Raúl, y a uno eso le parecía lo más tierno del mundo, preocuparse de la suerte de los muertos, de la coquetería de los muertos, de la pelusa que tiene el muerto en la solapa, no ya como un amigo sino como una esposa. Yo creo que Sánchez se aprovecha de que nos vamos a llevar una temporada así, llorando en el arpa, para soltar más tonterías y esbirros.
La verdad es que Raúl parecía haberse muerto contra lo imposible, contra la eternidad, como los roqueros, así que el ambiente roquero quizá pegaba más
Mientras uno seguía esperando la magia negra, la broma o la columna de Raúl del Pozo contra el Hodio, con nombre ridículo pero mortal de antipolillas, por allí seguía apareciendo o comulgando la gente. Ayuso llegó subiendo las escalinatas de zarina con séquito de zarina, pieles discretas o falsas de zarina sobre los hombros pianísticos de zarina y la mano flaca de zarina, quizá de tanto guante o de tanto dar la mano. Me pareció que sonreía demasiado, no como una zarina sino como una patinadora, y entonces MAR, a su lado, parecía el malo de El lago de los cisnes, que no me acuerdo cómo se llamaba. También llegó Margarita Robles, que después de Ayuso sólo parecía el aya. Yo creo que se fue con prisa, que a lo mejor perdía la fragata como la que pierde el autobús de La Sepulvedana. Massiel, que era como una dama a la que han pillado entre el jogging y el endomingamiento, se acercó a acariciar el féretro y no sé si a hablarle, con complicidad, con ternura, con intimidad, como si le hablara a través de la puerta del cuarto de baño. Aquello me sonó a historia de amor o amistad de mil noches, pero esto no lo sabe uno, sólo se lo está imaginando, aunque no vi a nadie más queriéndose meter en el ataúd así como en la litera de un tren o en una tienda de campaña.
Los viejos compañeros (José María García es ya como un acomodador viejo, pero aún impone) parecía que se habían quedado sin pareja para la partida o para el cierre del periódico, y llegaban con una cartera o un cartapacio como un mazo de naipes frescos o de teletipos frescos, para tirarlos o para nada, como poemas malos. Los jóvenes compañeros, algunos ya jefes, tenían legañas de obituario y hermandad verdadera y falsa de padrastro. Jorge Bustos y Rafa Latorre diría que ya no se mueven como plumillas (los plumillas parece que siempre están mirando por una mirilla, la mirilla de lo que van a escribir, lo que les da un estatismo y un lumbago especial, como los lascivos de mirilla), sino que se mueven como los roqueros de la radio que son. La verdad es que Raúl parecía haberse muerto contra lo imposible, contra la eternidad, como los roqueros, así que el ambiente roquero quizá pegaba más que el del plumilla mustio o pervertido.
Luego, estaban los del círculo o cenáculo más íntimo de Raúl, porque uno se ha dado cuenta de que la cosa literaria y periodística consiste, sobre todo, en comer y beber y contarlo, como cosas de mosqueteros. Antonio Lucas, que escribió un magnífico y casi enciclopédico o paleográfico obituario en El Mundo, sigue pareciendo resfriado de padre desde lo de Umbral y ahora es como si hubiera cogido una pulmonía doble de poeta. Lo entiendo porque uno está también así, desmayándose por todos lados. No podía faltar Pérez-Reverte, silencioso, caballeroso, bajito, con la sonrisa del escritor como la de la azafata y la pana y el sombrero del escritor como las calzas y el sombrero de Robin Hood. Es un escritor que parece su propio librero o su propio lector, y yo creo que eso lo simplifica y lo explica casi todo.
Con otros no coincidí, por ejemplo la reina Letizia, que a veces se escapa como en carroza de calabaza para ser periodista sin poder serlo ya. Pero sí vi cómo paseaban o procesionaban durante varios minutos la corona de flores rojigualda que mandó don Juan Carlos, que primero pusieron a los pies del ataúd, luego en los medios, luego como aureola santa o patriótica, y al final yo creo que quedó simplemente en el aire, como las coronas heráldicas. Alguien me hizo notar que era la segunda corona que mandaba el emérito en pocos días (la otra fue para Fernando Ónega), pero me pidió discreción, que quizá no está bien dejar a un rey de violetero o de gafe.
Decía Umbral que uno va al velatorio siempre como a matar al muerto, pero en realidad uno no deja de pensar que el muerto se va a levantar en cualquier momento para gastarte la broma o reventarte el asesinato de cafetín y la adoración petrarquista. Yo creo que me llevé tanto tiempo allí, entre sahumerios del periodismo, su pureza, su tristeza, su celebración, sus roneos y sus cocidos, por si Raúl del Pozo se despertaba dentro del ataúd como debajo de una mesa de Chicote y hacía el chiste y la columna del día contra Sánchez y contra el Hodio, con mella ortográfica que casi suena a jodío de Cela. No es que no quisiera hacer la columna uno, que al final la he hecho o medio hecho, aunque mareado o atravesado de muerte, pérdida y flores de vidrio. Pero es que a uno ya se le caen el arpa y el alma a los pies cuando se van los muertos inolvidables, sin levantarse del ataúd ni de la mesa, y nos queda tanto vividor insufrible, sin separarse de la mentira ni de la náusea. Fíjense que hasta se me olvidó firmar en el libro en el que firmaron todos, lentamente, como novios, que quizá está garabateando uno ya muchas lápidas.
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