Opinión

EL GOLPE

Las secretarias cantan

Las secretarias cantan
La secretaria del exministro José Luis Ábalos, Ana María Aranda Jaraices declara en el juicio al exministro José Luis Ábalos | EFE
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Las secretarias veían pasar todo, las gentes, el poder y las cenizas, como esfinges. Han declarado en el juicio por las mascarillas, que tiene mucho más que mascarillas, las secretarias de Ábalos y Aldama, que parecen mucho más que secretarias, algo así como sacerdotisas o Moiras. La verdad y el secreto, la fidelidad y la severidad, se confunden en estas mujeres que son paso, custodia, agente, arca y no sé si verdugo. En el descuido o en la intención de una secretaria pueden volar la agenda o el cargo, el recado o la reputación. Ana María Aranda, exsecretaria de Ábalos, sólo tenía que comentar por dónde entraba Aldama, si pasaba por un patio cartujo o cogía un ascensor de jaula; o si Koldo llamaba, ordenaba o recibía como un marquesito en chándal; o si la Jesi aparecía con su maleta de piel y su bikini de rayas, como la Eva María de la canción; o si Javier Hidalgo pasaba por el ministerio como si fuera el cura, a merendar y a catequizar (Hidalgo tiene algo de misionero en las Américas, pero de misionero del negocio); o si todos se movían por las antesalas y los acolchados de Ábalos entre la oficialidad y la clandestinidad, entre el desparpajo y la prudencia… Y sólo con eso, con esas notas de diario, uno puede sacar toda la arquitectura de la trama.

Las secretarias, que ya saben todo antes de que pase, que ya lo tienen todo preparado antes de que se lo pidan, pueden salvar, regañar o condenar a sus jefes, como monjas de colegio de monjas. Las secretarias, con silencio y libreta, con invisibilidad y mil ojos, podrían sellar con tamponcillo el destino de casi todos los poderosos de España. Sin duda es por eso que el cargo de secretaria personal de un ministro es de libre designación. En el caso de Aranda, venía del Grupo Socialista y sigue siendo, lo que son las cosas, secretaria de Óscar Puente, algo que la hace de repente un personaje interesantísimo y novelero, como si fuera un secretario de Richelieu, o al menos de ese Richelieu zangolotino y patán que es Puente. La secretaria de Ábalos ni siquiera tiene que desvelar grandes misterios, no tiene que llevar a cabo una gran traición ni un aparatoso apuñalamiento. Todo en esta trama está resultando ser justo lo que parecía, así que una secretaria que simplemente confirma que todos estaban donde sabíamos que estaban nos termina de atar y sellar el paquete, listo para que lo recoja al vuelo el juez como un mensajero en moto.

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Las secretarias cantan, no tanto secretos ni escándalos sino, al contrario, las evidencias cotidianas, como dedazos de tinta, que suelen condenar a los torpes o los confiados

La secretaria de Ábalos nos dejaba algo así como el directo veredicto de los ascensores, que en los ministerios puede ser de vida o muerte como en los hospitales. Sí, Aldama subía en el ascensor del ministro, uno imagina que con llavín del ático, de penthouse con mucho Penthouse, y pasaba por los claustros y salas capitulares del ministerio no como el desconocido mindundi que decían algunos, sino como algo mucho más familiar y poderoso, entre ángel custodio y experimentado trotaconventos. Y allí, en ese íntimo recogimiento, se reunieron varias veces con Hidalgo, que es una manera también de saltarse en ascensor arcangélico, de atajar por entre los propios huertos del Señor el procedimiento legal de un rescate o una concesión. La secretaria de Aldama, por su parte, nos dejaba la ingenuidad definitiva y destructora de que “el Jefe” era el jefe y éste era Ábalos. No puede estar más clara la jerarquía que en el caso de una secretaria que sabe perfectamente quién es el jefe y, sobre todo, el jefe al que quiere acceder o camelar su jefe. Eso sí, si el Jefe es Ábalos, nos queda todavía por adjudicar la plaza y el ático para el Uno. Porque de las grabaciones se desprende que el Jefe y el Uno no son el mismo, ni siquiera como parte de algún truco escolástico o teológico del sanchismo. Nos queda por adjudicar el Uno o, por eliminación, resulta que ya está adjudicado, claro.

Las secretarias cantan, no tanto secretos ni escándalos sino, al contrario, las evidencias cotidianas, como dedazos de tinta, que suelen condenar a los torpes o los confiados. O sea que una secretaria, mirando la puerta o contando los que suben y los que bajan, los que llaman y los que ordenan, los que son jefes y los que son jefes del jefe, nos tiene dibujada la trama en un trocito de papel o en una uña. Parece que las secretarias sólo les recogían a estos tipos la gabardina y les indicaban el pasillo, pero lo público como garbeo y como atajo es justo lo que les acusa. La corrupción es algo así como la escalera de servicio, el pasadizo de biblioteca que deja disponible lo que para los demás está oculto o prohibido.

La corrupción es esa movilidad milagrosa por lo público, como la teletransportación, pero que no le pasa desapercibida a quien vigila y registra quién pasa las puertas de caoba y quién llega a las orillas alfombradas. Recuerden cómo Koldo se movía por despachos, ministerios, administraciones y empresas públicas, aunque desde luego no teletransportándose sino dando tumbos y pisotones de poderío, como un señorito con jaca en la feria. Igual que Begoña se movía, también como en jaca monclovita, por entre los grandes empresones, universidades, patrocinios y hasta oenegés internacionales o internacionalistas, a pesar de no tener título universitario y hablar un inglés de taxista de Benidorm o de Tarzán. Esa movilidad, esa permeabilidad, esa jurisdicción inexplicable (nadie por arriba ni por debajo se extrañó ni protestó), y que no se limitaba a un solo ministerio ni ministro, ni a un solo secretario de Organización, es lo que tiene al sanchismo donde lo tiene.

Las secretarias cantan, sin tener que hacer tampoco muchos alardes ni cometer sangrientas traiciones, simplemente limitándose a seguir siendo secretarias. Una secretaria en el umbral, viendo pasar, quietísima y atentísima, el personal, el sol, el poder, las tribus, los reyes y los muertos, como la esfinge de su propio pisapapeles, puede decirnos más que los peritos, los chivatos y hasta las pitonisas. Una secretaria de Ferraz y otra de Moncloa, y se acabaría toda la historia.

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