El piloto que sacó a Franco por los aires, esa cosa que quedó entre política, industrial y teológica, como la santa dormición de una grúa de Fomento, va a ser el representante militar ante Ayuso. Esto, más otras responsabilidades que tienen esos militares de vuelo de hormigonera y de tránsito angelical. No sabía uno que el piloto de aquel traslado o ballet celeste, de aquella ceremonia un poco egipciaca o de Indiana Jones, con sarcófagos volando, momias crujiendo, maldiciones resurgiendo y remolinos de ira divina y grava, es ahora nada menos que general de división. Usamos tan poco el Ejército que tenemos a los generales de conductores de funeraria o de limusina, por aprovechar el uniforme, o de gruistas, llevándose a un dictador igual que un palé de ladrillos. En realidad, cuando el traslado aún era coronel, que no deja de ser un rango muy elevado para llevar un helicóptero por la sierra, como lleno de montañeros. Quizá tenía que ser un coronel de aviación el que se llevara a un generalísimo de mesa camilla, bastante degradado ya por la historia y por el meneo, y así se simulaba un combate igualado y una revancha justa entre los Cielos sanchistas y los avernos fascistas. Lo mismo ahora se trata de que el general tenga otro combate con Ayuso, o de que se la lleve enganchada por el moño, que de otra manera Sánchez no puede.
Alfonso María Reyes Leis, entre general y chófer, entre héroe y operario, ha sido nombrado nuevo jefe del Mando Aéreo General del Ejército del Aire, que además implica ser representante institucional de las Fuerzas Armadas en Madrid y en Castilla-La Mancha (nuestros generales no se reparten continentes, potencias, cabezas de puente ni escuadrones de MiG, sino las tejas y las cigüeñas de las comunidades autónomas). Este cargo, este mando general del general, me parece a mí un poco como llegar al cielo de la aviación acarreando gavillas o llevando al jefe de obra, o sea con mucho mérito de obrero santo o de santo obrero más que de santo militar, matadragones o matamoros. No encuentra uno ahora si Reyes Leis ha llevado alguna vez al propio Sánchez en helicóptero bíblico, papal, justiciero, dragontino o wagneriano, pero desde luego estaba entre sus funciones y los helicópteros de su ala, ala VIP con helicópteros como de plumón, son los que suelen trasladar a los reyes, al presidente del Gobierno y a otros altos cargos cuando tienen que parecer ángeles que ya no hay o yupies que tampoco hay. Si fuera así, podríamos ver al general un poco como un Koldo de altos vuelos, un poco Koldo y un poco Hannibal Smith del Equipo A. Pero esto sólo se lo imagina uno, como se puede imaginar su misión secreta en Madrid.
Al general Reyes Leis a lo mejor lo han mandado a Madrid contra la generala Ayuso, que me parece un combate más interesante que contra la momia de encofrado de Franco y contra las prisas de montañero friki o de festivalero pijo de Sánchez (se fue en el Falcon a ver a The Killers yo creo que para hacerles competencia de pop star, sólo para bajar por el aire igual que Katy Perry). El 2 de Mayo ya está aquí y a Ayuso le gusta ir de mujer de bandera con bandera, de Margarita se llama mi amor, de hija del regimiento, de generala de zarzuela, con los soldados, los ayusers o simplemente los madrileños tirándole el capote y la gorra. Ayuso queda bien en las procesiones y los desfiles, con esa cosa suya de morena de relicario y celosía, con los pecados más castos o la castidad más pecadora, y de novia de la mili, entre la patria, la fidelidad y la pasión, con caricia y ojos de pasamanería. Eso se tiene o no se tiene, y por ejemplo no lo tienen Pedro Sánchez, que está en los desfiles como un ciprés, de mal agüero, o Margarita Robles, que está en los desfiles como una maestra de gimnasia, que se nota que manda pero en otra cosa, en algo que se parece pero no es lo mismo.
A Sánchez le pegan los desfiles como no le pega el Congreso. Y rabia con Ayuso, o con el rey Felipe, que se lo recuerdan constantemente
A Ayuso ya no le quieren poner soldados el 2 de Mayo, no porque no pegue sino precisamente porque le pega demasiado, que es como si le pusieran tunos. Aunque no se trata de si a Ayuso le pega ir de muñeca legionaria o de cupletera con bandera. Lo que pasa realmente es que todavía no hemos normalizado la presencia militar en los actos institucionales, que a algunos les sigue pareciendo una amenaza o un desafío al poder civil. Eso de que un desfile o una salva, con o sin dama de justa, con o sin generala con encaje y banda, parezca que llama al tejerazo o al porrazo no es una opinión democrática sino al contrario, antidemocrática. El Ejército cumple una función constitucional y su presencia sólo recuerda esa función, que no está mal recordar, por cierto. Los militares ya no son guardianes de alegorías ni de purezas, los generales al final obedecen al Gobierno y no a las sombras ojivales de los cuartos de banderas, y no van a formar un batallón malasañero tras Ayuso aunque le echen piropos de recluta. No es que los militares no sepan estar en las celebraciones institucionales, es que son algunos políticos los que no saben estar en lo institucional, que es lo que le pasa al sanchismo.
Un general con helicóptero como con pajarita, un general que se llevó a Franco como el que va a vaciar un cenicero de Cinzano, va a representar a las Fuerzas Armadas ante Ayuso, que en principio, aunque curioso, es lo normal, lo institucional, lo educado. No pasa nada porque el general se ponga al lado de Ayuso con tacón y bandera (Ayuso, no el general), y hasta le rinda honores, que me parece una bella manera de recordar que los militares están sometidos al poder civil. Yo no voy a pensar que el general viene en misión sanchista, que los militares hacen política o complot en vez de recibir, simplemente, órdenes, que es lo que piensan en la izquierda. Yo lo que pienso es que Sánchez ya no puede ser institucional, ni ante un batallón de infantería ni ante un batallón de operarios de Renfe, ni ante las rotondas con artillero ni ante los leones de Ponzano, ni ante una verbena ni ante los jueces.
A Sánchez no es que no le pegue lo castrense, es que no le pega la democracia. No le pegan los desfiles como no le pega el Congreso. Y rabia con Ayuso, o con el rey Felipe, que se lo recuerdan constantemente, creo yo, no porque sean generales o generalas, o más o menos pintureros al sol de las cornetas, sino porque no contradicen la simbología con los hechos. En realidad, lo de Ayuso sólo es estética, que igual que una plaza con soldados, como un tren con soldados, le pegaría un cántaro de aceite o un cura enamorado de ella. Si Sánchez ha enviado a su general contra una generala, es que no ha entendido nada.
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