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Los años críticos en los que Jonathan Andic puso a prueba el negocio de Mango

Una tienda de Mango en Madrid.
Una tienda de Mango en Madrid. | Ricardo Rubio / Europa Press

Durante años, Isak Andic fue mucho más que el fundador de Mango. Fue el rostro de una de las grandes historias empresariales de España, un empresario que convirtió una tienda de moda nacida en Barcelona en un grupo internacional con una estructura patrimonial enorme y una marca reconocida en medio mundo.

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Su figura tenía un peso especial porque no solo presidía una compañía potente, sino que además actuaba como faro estratégico en momentos de crisis. Cuando Mango atravesó años complicados, con pérdidas y caída de beneficio, Andic (padre) volvió a tomar las riendas para reconducir el negocio y evitar que el grupo perdiera tracción.

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Ese papel explica por qué el fallecimiento de Isak Andic dejó a la empresa en una situación delicada desde el punto de vista simbólico y de liderazgo. La sucesión estaba prevista, pero el verdadero problema no era solo quién heredaba el control, sino quién podía sostener el relato, la autoridad interna y la estabilidad de un grupo tan ligado a la figura de su fundador.

Jonathan y la primera línea

Jonathan Andic había sido durante años una pieza visible en la estructura del grupo. Fue vicepresidente de Mango y asumió responsabilidades ejecutivas, especialmente en la línea masculina, donde llegó a estar al frente de Mango Man durante 17 años. Sobre el papel, era una figura preparada para continuar parte del legado familiar.

Pero la trayectoria no fue lineal. En una etapa anterior su padre le había confiado peso ejecutivo dentro de la empresa y después le retiró parte de esa gestión tras un periodo de resultados flojos y pérdidas. Ese detalle es importante porque muestra que la relación entre sucesión, confianza y rendimiento no siempre fue estable.

En junio de 2025, Jonathan dejó la gestión diaria de Mango Man para centrarse en las sociedades patrimoniales de la familia, aunque siguió vinculado al consejo y a la vicepresidencia. Ese movimiento redujo su exposición operativa en la compañía, pero no eliminó su peso dentro del patrimonio familiar.

El momento crítico

El punto de inflexión para entender el peso real de Jonathan Andic dentro de Mango no está solo en su papel como heredero, sino en lo que ocurrió en 2015. En ese momento la compañía atravesó uno de sus momentos más delicados desde su expansión internacional. Aquel año, Mango sufrió pérdidas y quedó claro que el modelo de crecimiento ya no bastaba por sí solo para sostener el negocio con la misma holgura que en etapas anteriores. Jonathan asumió las riendas de Mango en 2014 como presidente adjunto, y al año siguiente, la compañía perdió más de 100 millones de euros de beneficios.

AñoBeneficio neto
2014+107 M€
2015+4 M€
2016−61 M€

En ese contexto de "crisis", Jonathan tenía un papel ejecutivo relevante dentro de la estructura del grupo, especialmente ligado a la línea masculina y a funciones de gestión que lo situaban como una de las figuras llamadas a ganar protagonismo en la transición familiar.

La correlación entre las pérdidas y su rol es clave. Cuando una empresa entra en fase de tensión financiera, el foco suele desplazarse rápido hacia quién toma decisiones y quién responde por ellas. En el caso de Mango, ese deterioro coincidió con la necesidad de reforzar el control estratégico, y eso acabó reduciendo el margen de maniobra de Jonathan dentro del organigrama.

Fue precisamente después de ese periodo cuando Isak Andic decidió retirarlo de la primera línea ejecutiva. No se trató de una salida abrupta en términos públicos, sino de una corrección interna de rumbo tras un ciclo de resultados flojos. La decisión respondía a una lógica muy clara. La compañía buscaba recuperar la estabilidad del negocio y devolver el control operativo a una dirección capaz de reconducir la situación.

Las pérdidas de Mango

La referencia a las pérdidas no es menor porque ayuda a entender por qué Isak Andic era todavía imprescindible en ciertos momentos. Mango ya había atravesado una etapa de debilidad en el pasado, con dos años seguidos de resultados negativos y una caída muy dura del beneficio, hasta el punto de obligar al fundador a volver a intervenir en la gestión.

Ese episodio dejó claro que la compañía no funcionaba solo por inercia familiar. Necesitaba dirección real, capacidad de reacción y una figura capaz de imponer criterio en las decisiones estratégicas. Andic, en ese sentido, era más que un accionista: era el estabilizador del grupo.

Por eso la salida de Jonathan de la gestión diaria se puede leer ahora de dos maneras. Por un lado, como una reordenación lógica del negocio hacia las patrimoniales; por otro, como una señal de que la familia ya estaba separando su futuro operativo del peso de una figura que no acababa de consolidarse al frente de la empresa. La detención posterior convierte esa lectura en aún más delicada.

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