La pequeña ciudad de Bath, en el suroeste de Inglaterra, mantiene su esplendoroso pasado suspendido en el tiempo. En su compacto centro histórico se pueden visitar tanto las elegantes casas de las épocas georgiana y victoriana, como las termas romanas dedicadas a la diosa Sulis, donde el vapor aún emana desde de las profundidades de la tierra y las aguas del río Avon alcanzan temperaturas de 46 grados, adquiriendo una llamativa tonalidad verde debido al calor, las aguas del fondo y la luz del sol. A ellas, hace unos dos mil años, acudían los ciudadanos romanos de todas las partes del imperio buscando algo más que un baño.
La antigua ciudad balneario Aquae Sulis, llamada así por la divinidad celta Sulis, diosa del inframundo, y sincretizada por Roma con Minerva, fue uno de los grandes santuarios termales de la Britania romana. El agua caliente que brotaba a borbotones convirtió este enclave en un lugar de peregrinación donde no sólo se ofrecía el conocido Salus Per Aquam. Los complejos termales romanos además de SPA eran lugares de encuentro y de culto, cuya arquitectura estaba condicionada por el valor simbólico y terapéutico del agua.
Entre columnas corintias (las que actualmente enmarcan la piscina principal coronadas con estatuas de mármol son una recreación realizada durante la época victoriana), piscinas y altares había también una dimensión más oculta. Los que visitaban el templo de Sulis Minerva seguían una serie de rituales que iban desde la ofrenda y la promesa hasta el conjuro y la maldición.
Monedas, deseos y ofrendas
Para los antiguos romanos los manantiales operaban como umbrales sagrados. No eran únicamente un regalo de la naturaleza sino una manifestación del poder divino con la capacidad de conectar el mundo de los vivos con el inframundo de los dioses. Desde su fundación en torno al año 75, personas procedentes de distintos puntos de la Britania romana acudían a Aquae Sulis atraídas por sus aguas a 46º centígrados y por la fama de sus poderes curativos. Algunos de los visitantes buscaban alivio para dolencias físicas y otros participar de un ritual de devoción.
Por eso, al acercarse al santuario de Sulis Minerva, situado a pocos metros de las termas, muchos visitantes dejaban monedas en el agua como ofrenda a la diosa. Cada una de esas monedas, como las que hoy arrojamos en las fuentes de todo el mundo, eran un símbolo de esperanza para contar con el favor de la divinidad para, por ejemplo, recuperar la salud o no perderla. El metal, asociado al valor y a la permanencia, se convertía en un mensajero y cada pieza arrojada al manantial era una invocación.

Cartas al más allá escritas sobre plomo
La acumulación de monedas en los depósitos sagrados revela la enorme popularidad del santuario. Junto a estas monedas aparecieron otros objetos depositados deliberadamente en el agua: joyas y pequeños utensilios que perseguían la misma magia divina. Pero además también se encontraron unas enigmáticas tablillas metálicas con mensajes dirigidos a la diosa que tenían un propósito distinto. Mientras una moneda podía expresar gratitud o un anhelo, las tablillas revelaban objetivos más mundanos: venganza, castigo y la reclamación de una justicia divina implacable.
Recogían textos breves, grabados normalmente sobre plomo o aleaciones similares, que reflejaban las preocupaciones de personas corrientes. El plomo era el material más habitual porque era barato y maleable, pero también tenía un trasfondo místico. Sus cualidades físicas, frío y resistente, eran interpretadas como atributos mágicos. El metal actuaba como un vehículo capaz de conectar el mundo terrenal con las divinidades que habitaban las profundidades.

Estos mensajes de reparación y desagravio eran escritos a veces por escribas que redactaban los conjuros por encargo. Estos profesionales utilizaban artificios visuales, como invertir las letras o trazar frases en espiral o en vertical, a fin de conseguir el resultado mágico esperado ya que cuanto más compleja e ininteligible fuera la grafía más potente se consideraba su efecto.
En las aguas de Bath aparecieron alrededor de 130 de estas pequeñas láminas metálicas, a veces enrolladas o dobladas. Conocidas como defixiones, su cronología se extiende a lo largo de dos siglos, desde el II hasta el IV. El fondo de las termas de Bath se convirtió así en una especie de archivo secreto de la vida cotidiana de los romanos en Britania hasta que fue sacado a la luz y expuesto en las salas del museo que albergan las termas.
Lo más fascinante de estos pedacitos de historia sumergida es que no son documentos sobre emperadores o grandes acontecimientos sino pequeños testimonios de la vida diaria de voces corrientes que normalmente desaparecen y que dejaron escritas sus frustraciones y miserias: la rabia ante un robo, el deseo de resarcimiento y la necesidad humana de encontrar respuestas que son imposibles de hallar.
Muchas de las tablillas de Bath estaban relacionadas con la desaparición de objetos en las termas, un problema que debía ser recurrente y que llevó a algunos visitantes a pedir ayuda directa a la diosa Sulis: «Quien se llevó mi vaso de bronce, sea maldito. En el templo de Sulis mujer o varón, esclavo u hombre libre, niño o niña, el que hiciera esto, que derrame su propia sangre en el mismo vaso».
También las capas y otras prendas de vestir eran muy apreciadas por los amigos de lo ajeno. «Docimedio ha perdido dos guantes y pide que el ladrón responsable pierda la cabeza y los ojos en el templo de la diosa». Las inscripciones muestran una sociedad en la que la frontera entre religión, magia y vida cotidiana formaba parte de un todo. No eran supersticiones aisladas sino parte de una forma de entender un universo en el que un hurto al descuido podía convertirse en un asunto a tratar entre un ciudadano y los poderes invisibles.
Un viaje a los influjos de Italia
Hoy Bath sigue siendo una ciudad balneario, pero sus visitantes descubren que hay mucho más por ver y que la ciudad conserva otros vestigios influenciados por el espíritu de Italia. Y es que la otra parte de la ciudad que no es protagonista por las aguas termales fue construida siguiendo las ideas del arquitecto renacentista Andrea Palladio, nacido en Padua, cuyas proporciones clásicas, simetría y armonía marcaron profundamente la arquitectura georgiana británica, dando lugar al conocido como estilo regencia.
Esa influencia se aprecia de manera excepcional en dos de los lugares más emblemáticos de Bath. El primero es The Circus, un conjunto residencial de planta circular cuyo diseño evoca intencionadamente la forma de un circo romano, reinterpretando el legado de la Antigüedad clásica con un estilo típicamente inglés.
El segundo protagonista es Royal Crescent, una majestuosa sucesión de treinta viviendas unidas por una elegante fachada que describe un semicírculo y que constituye uno de los ejemplos mejor conservados de este tipo de construcción urbanística del siglo XVIII. La vivienda conocida como "Nº1" es visitable y ayuda a comprender cómo vivía la alta sociedad de la época georgiana. Con mobiliario, pinturas y objetos originales de entre 1776 y 1796, se recrea la vida cotidiana de la familia propietaria y de su sufrido y numeroso servicio doméstico a través de proyecciones audiovisuales y locuciones que recrean el ambiente doméstico de la época. El exterior de la residencia resultará familiar para los fans de ‘Los Bridgerton’, la popular serie de Netflix, ya que es el escenario elegido para ubicar el hogar de sus primos pobres, los Featherington.
Jane Austen no tuvo la fortuna de residir en Royal Crescent, pero paseaba por las inmediaciones para recrear los escenarios de sus novelas en los apenas cinco años en los que residió en Bath, donde se la venera y homenajea a pesar de que se sospecha que su llegada a la ciudad en 1801 supuso un verdadero trauma para ella. Nadie lo diría al visitar el pequeño y divertido museo de Gay Street, su última dirección en la ciudad, en el que varios actores recrean alguno de los azarosos capítulos de su vida y donde los visitantes pueden disfrazarse con trajes de la época e incluso disfrutar de su bollito favorito, llamado Sally Lunn en honor de la repostera hugonota que los amasaba, en un pomposo salón de té.

No lejos de allí se encuentra la casa del músico y astrónomo William Herschel, desde cuyo jardín consiguió acreditar en 1781 la existencia de Urano, el primer planeta localizado con ayuda de un telescopio que había sido construido por él mismo. En su honor se ha reconvertido su casa en el museo de astronomía de Bath.
De la superstición a la ciencia, Bath ofrece un recorrido único en apenas unos kilómetros donde historia, arquitectura, literatura y ciencia se entrelazan de forma única.
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