Todavía ciego de sol, sordo de agua y mudo de arena, Pedro Sánchez se plantó en la SER a reivindicar sus vacaciones, santas y medicinales. Todavía con sueño de oleaje, música de caracolas y todo un Egeo en el ombligo, el presidente currito, cansado, descansado, huido, esportivo o perezoso, nos decía que era “su derecho”. Y quizá tiene razón, porque Sánchez es en el fondo un particular, alguien que no es presidente del Gobierno sino que está en la Moncloa como un limpiapiscinas o jardinero sexy, que ni arregla la piscina ni el jardín, ni mucho menos España, pero lo cobra y lo disfruta y luego se va de vacaciones cambiando sólo de piscina y de jardín. Sánchez, en realidad, no es ni un currito ni un presidente del Gobierno, es sólo un particular privilegiado, con estatus mayestático. Un currito tiene derechos y vacaciones pero también horarios, obligaciones y un jefe inescrutable y temible del que depende toda su vida. Sánchez no reconoce jefe, autoridad, límites (ni siquiera las leyes) ni responsabilidades, pero sí se reconoce el derecho a meter la cabeza en un charco, una cubitera o un canalillo un mes entero, mientras España se va al garete. Si fuera un currante ya lo habrían despedido, como un jardinero que sólo posa en el jardín, indistinguible de una estatua meona.
Sánchez, todavía con las piernas en la baca como esquíes, con la sal en los labios, con guijarros en el culo, con los dedos despellejados de pelear, como si fuera Jasón, contra cangrejos, bogavantes y langostinos gigantes (me acuerdo de la primera vez que fue a Doñana y ordenaba saquear Bajo de Guía de marisco con una voracidad presidencial que no habían conocido nunca allí); Sánchez, todavía con legañas de sargazos, pecas negras del eclipse, pelo de espuma y concha de tortuga, nos hablaba del derecho y la necesidad de sus vacaciones. No es una cuestión jurídica sino existencial, no es que Sánchez pueda poner sus derechos y necesidades por encima de los de los españoles, sino que Sánchez no reconoce otros derechos y necesidades que los suyos, que coinciden, regiamente, con su santa voluntad. Y esto tenía él que decirlo, tenía que dejarlo claro antes que nada, apenas aparcara sus chanclas como dos barquitas de recreo. No es tanto que se respeten sus vacaciones tranquilas, apaisadas y horteras con barbacoa y esnórquel, como un Curro de la Moncloa, sino que se respete su persona, su estatus, su arbitrariedad, su deseo, que es absoluto.
Por supuesto, un presidente del Gobierno no está sujeto al Estatuto de los Trabajadores ni al del Empleado Público. Ese derecho a las vacaciones no se recoge en ningún sitio, es evidente que sería incompatible con sus deberes y obligaciones, que afectan a todo el país y no se pueden aparcar porque el presidente quiera nadar en pelota, remojarse las trenzas en el agua o pescar perlas en su ombligo (su ombligo es todo un ecosistema, como una albufera, o todo un botín, como una gruta de piratas). No existe tal derecho, sólo la costumbre de la prudencia y la virtud del equilibrio, dos cosas que, claro, nuestro presidente desconoce. Aunque quizá lo interesante sería plantearse qué entendemos exactamente por vacaciones de Sánchez. Quiero decir si hay alguna diferencia práctica entre Sánchez posando en la Mareta, como un sirenito de bronce, y Sánchez posando en el sofá de la Moncloa, como si fuera Pitita; entre Sánchez flotando en una barquita, con la mano en el agua como una princesa egipcia, o Sánchez flotando en el Falcon, como un roquero; entre el Sánchez que no gobierna en agosto y el Sánchez que tampoco gobierna el resto del tiempo.
Sánchez hace mucho que no gobierna, sólo posa para la postalita, como si el Estado fuera la Torre de Pisa
Sánchez mirándose en espejos ondulantes, Sánchez oyendo a los grillos y a los pájaros, Sánchez mojándose la barriga de risa, vino o zumo, como un fauno; Sánchez con baño de fango, con peinado de brisilla, con masaje de pies, con antifaz para la siesta… La verdad es que así es imposible saber si nuestro presidente está en la Mareta, en la Moncloa, en el Congreso o con Aimar Bretos, que le hablaba como una geisha, entre biombos y cantos (la radio siempre le ha parecido a uno que es sobre todo vozarrón: no se puede hablar tanto, tanto tiempo y de todo metiendo siempre ideas, así que llega un momento en que la cosa se queda en meter vozarrón, confiando ya más en la hipnosis que en la palabra). Estamos exigiéndole a Sánchez que sea presidente, que se olvide de sus vacaciones para ser presidente, que se olvide sus pies en la Mareta, como si se olvidara las raquetas, por ser presidente, que piense en Ceuta porque es presidente o piense en España porque es presidente, y Sánchez, simplemente, no es presidente sino un hortera con paquete vacacional perpetuo y de lujo.
Sánchez está siempre de vacaciones, sólo que con distinto paisaje o distinta actividad, o sea distinto paquete de experiencia, que se dice ahora. Ser un jardinero sexy en la Moncloa, ser un renegrido pescador de coplas, como Antonio Molina, en la Mareta o en Doñana, ser influencer o evasor fiscal en Andorra, ser odalisca en Rabat, ser emperador en China, ser ranchero en Venezuela, ser pirata en el Congreso... Hasta Begoña puede ser fundraiser en la Complutense y catedrática en su imaginación, si es lo que le divierte. Sánchez hace mucho que no gobierna, sólo posa para la postalita, como si el Estado fuera la Torre de Pisa. No gobierna no ya porque no pueda aprobar una ley ni unos presupuestos, sino porque no le importa nada salvo su ego y su supervivencia, cueste lo que cueste (que nos está costando mucho más que una vuelta al mundo, toda la democracia), y eso no es gobernar. Sánchez está siempre de vacaciones y por eso no es ni un currito ni un presidente. Está siempre de vacaciones no porque sea su derecho sino porque es su voluntad, y nada hubiera cambiado en Ceuta ni en España sacándolo ahora de una piscina o de un palacio para llevarlo, como un amorcillo de jardín, a otra piscina o palacio. Desnudo como en la calita, desnudo como está ya en política, Sánchez no defendía sus vacaciones sino su psicología, no su descanso sino nuestra desgracia.
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