También han terminado su verano Zapatero, Leire, Begoña, que parece que han pasado todo agosto en el cajón, guardados y olvidados con rencor, como jerséis de cuello de tortuga. No sólo vuelven los niños al colegio, con las rodillas apuñaladas por el verano. Ni los inmigrantes al Trampolín, en procesión de hogueras (prefieren su campamento salvaje a los campamentos burocráticos, con toldo de feria y bombillas de cocina, que les pone mal y tarde el Gobierno). No sólo vuelven los currantes con la tartera heráldica, como una adarga, ni los ministros con moreno de búnker (incluso Sánchez tiene ese moreno enfermizo y parcheado de los que ven el sol sólo a través de altas claraboyas y paseos de preso, tristes, apresurados y vigilados). También vuelven Zapatero, Leire, Begoña, y los demás, que son casi todos. Y los jueces, enmantados en las leyes (diría que ellos son los que finiquitan el verano, vistiéndose antes que nadie con su invierno de ajuar antiguo, como las abuelas); los jueces a los que los corruptos, y sus mentores y arrimados, seguirán poniendo coartadas de carterista. Ha terminado agosto, lo que pasa es que Ceuta no se ha cerrado como el chiringuito. Difícilmente se va a olvidar, ni cuando vuelvan el desamparo del madrugón y el apego o desapego de los viejos conocidos.
Lo de Ceuta no se va a olvidar, ni con Zapatero vestido de miss ni con Begoña o Sánchez vestidos de eso mismo (son ya indistinguibles en jerga, entorchados, merengue y caritas). No se va a olvidar porque, sobre todo, aún no ha terminado, no se ha encontrado ni una explicación, ni una solución ni una cura. Diría que el propio sanchismo ha ido consiguiendo que nada se olvide ya, ha ido alimentando una especie de memoria de la incompetencia y la desfachatez que no se va, una memoria de rencor que no se borra ni cuando viene el calor ni cuando vuelve el fresco, ni cuando se cambia el armario (ya digo que la ropa de la otra temporada la apresamos en el cajón con más rencor que practicidad) ni cuando se cambia de curso. Sánchez no sólo ha acabado con la política, sino diría que ha acabado con el devenir de las estaciones y de los humores, ya no nos permitimos olvidar en verano ni enternecernos en invierno, ya no podemos sentir melancolía en otoño ni picores en primavera, porque no dejamos de sentir el mismo cabreo todo el tiempo.
Sánchez no sólo ha acabado con la política, sino diría que ha acabado con el devenir de las estaciones y de los humores, ya no nos permitimos olvidar en verano ni enternecernos en invierno, ya no podemos sentir melancolía en otoño ni picores en primavera, porque no dejamos de sentir el mismo cabreo todo el tiempo"
Los escándalos ya no pasan como antes, sustituyéndose o empujándose unos a otros, como en las sillitas musicales. Ni siquiera el verano pasa como antes, lento y ocioso (en verano hasta el cielo parecía que pasaba en barquita). Pasan los incendios y hasta los volcanes, que se terminan como cirios, pero dejan más cenizas. Las serpientes de verano cada vez son más catastróficas y menos anecdóticas, el periodista ya no se aburre con festivales, con el balconing, con la mejor o peor paella, con la Vuelta que suena a la ruleta de caramelos de las verbenas (reolina, se dice por mi tierra). El plumilla ya no se olvida del político para escribir de folclóricas, de deportistas (también son folclóricas, con sus pies o sus manos acaracolados), o de libros que tienen dentro todos los veranos o los otoños del plumilla (los libros crean pelusa personal, como el ombligo), y que no suelen interesarle a nadie salvo a él, claro. Hasta teníamos antes a corruptos y corruptelas, incompetentes e incompetencias que olvidábamos por otros más nuevos, como el tebeo que se olvidaba con el siguiente tebeo. Ahora es imposible. Sánchez nos ha dejado sin descanso, sin olvido y como sin desagüe.
Ya es septiembre, un septiembre pleno, astronómico, político y periodístico. Se acabaron las vacaciones, que son derecho presidencial aunque el presidente no nos deje descansar, y ya están aquí Zapatero, Leire, Begoña y los demás, que diría que son casi todos o terminarán siendo casi todos porque el sanchismo es una cosa total, morrocotuda, sincrónica, jerárquica, como una secta con panderos. Hasta tenemos, entre los jueces membranosos y los fiscales de la cuerda, entre los nombres conocidos y las estrellas por conocer, a ese fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Jesús Alonso, que lleva sobre el acharolamiento o el armiño del cargo otro acharolamiento o armiño de bisoñé. Sí, la versión con bisoñé de alguien siempre es peor que su versión sin bisoñé, algo así como Iván Redondo, y esto no es frivolidad ni burla, sino psicología (intentar negar tan aparatosamente, incluso ante uno mismo, lo que no se puede negar, te hace candidato a todas las sospechas; miren a Sánchez). Vuelven todos, sin que nada de lo del verano se haya terminado, y eso es algo así como un atasco.
Ya es septiembre, como en las columnas de septiembre, ese género (este género), pero no se ha ido nada de lo que tiene que irse en septiembre, que es un mes como temporero. No hay nada que añorar ni que olvidar porque todo sigue ahí, en España, en Ceuta e incluso en la Mareta, que es algo que se le ha quedado a Sánchez en la espalda como una quemadura o calva con forma de isla o medallón. Todo sigue ahí, no ha habido serpiente de verano ni reencuentro en septiembre. De Zapatero al Trampolín se acumulan juicios, incompetencias, corruptelas, mentiras, excusas, chulerías, ramajes y pelos, que ya no se van sino que se apilan, y esa pila, ese atasco en septiembre, es el sanchismo. El sanchismo se ha hecho una especie de ovillo de mierda, un negro presente eterno y congelado, sin estacionalidad, sin pausas, sin reinicios, sin comienzo ni fin. El sanchismo eterno conlleva el cabreo todo el año, y eso hace que no se pueda olvidar Ceuta, ni nada de lo de antes, ni vuelva a ser posible olvidar nada de lo que venga. Este verano ha sido como el último verano, ya el relato no puede con la realidad, ya el olvido no puede con la evidencia y ya el sectarismo no puede con la hartura.
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