El imperativo categórico, de Victoria Szpunberg, que también asume la dirección de la obra producida por el Teatre Lliure, pertenece a esa clase de teatro que convierte el desconcierto contemporáneo en materia escénica. Interpretada por Sandra Monclús (Ella) y Xavi Sáez (Él), el texto se adentra en un territorio donde las certezas se han ido desmoronando y solo quedan, flotando en el aire, preguntas incómodas sobre cómo vivir, cómo relacionarnos y, sobre todo, cómo seguir perteneciendo a un mundo que parece empeñado en expulsarnos.
La obra avanza como quien picotea en estrellas sin luminosidad. Hay algo de tentativa, de búsqueda a tientas, mientras las manos se enfrían por ese sudor frío que aparece cuando la realidad deja de resultar reconocible. Las pasiones miméticas, ese deseo que nace de mirar al otro y querer lo que el otro quiere, parecen haberse evaporado, o quizá se han transformado en otra cosa: en una competición silenciosa, en una supervivencia cotidiana donde cada cual va a lo suyo. Se borran las huellas, los vestigios de lo que alguna vez llamamos enseñanza. Ya ni siquiera parece posible hablar de educación: quedan huecos.
Y esos huecos tienen una dimensión profundamente material. Viviendas precarias, relaciones precarias, afectos precarios. Acosadores disfrazados de simpáticos. Barcos sin velas que no saben hacia qué orilla dirigirse. La precariedad deja de ser una circunstancia para convertirse en una atmósfera, en una forma de estar en el mundo. La soledad habita la casa de Ella no porque necesariamente esté sola, sino porque siente que ya no pertenece a este mundo. Es una soledad mucho más profunda: la del desarraigo.
Victoria Szpunberg construye así un paisaje de horizontes grises, donde el humo se instala en las relaciones y todavía más en la comprensión humana. Nos cuesta escucharnos, nos cuesta entendernos, quizá porque hemos olvidado incluso el lenguaje necesario para hacerlo.
Una tensión inquietante
Sandra Monclús y Xavi Sáez (este en múltiples personajes que, inexplicablemente, se parecen) transitan ese espacio con una interpretación que sabe sostener la fragilidad, pero también el filo. Entre ambos se establece una tensión que no necesita grandes gestos para resultar inquietante: basta una palabra, una pausa, una mirada que no termina de encontrar respuesta.
Debajo de la ironía y del absurdo late una violencia soterrada. A veces dan ganas de asestar puñaladas, y no solo al aire. La obra parece preguntarse qué ocurre cuando la frustración se acumula hasta convertir la convivencia en un campo de batalla. Y, lo más inquietante, es que no parece que estemos huyendo de la guerra, sino que avanzamos hacia ella.
Entonces aparecen las sombras muertas, las ausencias, la niebla en la mirada. Encogerse de hombros se convierte casi en una estrategia de supervivencia. Quedan deseos de hacerse anacoreta, de retirarse a algún lugar donde el ruido del mundo no alcance. Es El imperativo categórico que nos obliga a guiar nuestra conducta por el deber mismo, sin buscar ningún beneficio personal. Pero ni siquiera ahí hay refugio seguro, porque posiblemente será un trastero, un zulo, un sucio cubículo, un mal llamado loft sin condiciones apropiadas donde tengamos que refugiarnos.
Esa es una de las mayores virtudes de El imperativo categórico: no ofrecer respuestas tranquilizadoras. Victoria Szpunberg coloca al espectador frente a un presente lleno de grietas y le obliga a reconocerlas. Ya no se oyen los trinos de los pájaros porque estamos demasiado ocupados en otras cosas. Ya no hay gorriones, amigos, ya no hay gorriones. Los árboles son todos ahora de hoja caduca. Todo parece destinado a perder sus hojas.
Y, sin embargo, seguimos ahí, mirando. Quizá porque todavía quede alguna estrella, aunque no tenga luminosidad.
'El imperativo categórico', de Victoria Szpunberg, en el Teatro de La Abadía hasta el 4 de octubre
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