Cuando hace tres lustros la sociedad vasca suspiró aliviada por el final de ETA, hubo quien no lo celebró. En las cárceles, la mayoría de los presos de la banda terrorista descansó. Se abría un nuevo tiempo y quizá su salida de prisión estaría más cerca. Pero en algunas celdas, aquel “cese definitivo” anunciado por las tres capuchas blancas se vivió como una suerte de traición. Una cesión y claudicación ante el ‘enemigo’ y una deshonra a la memoria de los militantes ‘caídos en la lucha’ durante cinco décadas. Acusaron a la dirección de la banda, a sus excompañeros y a los dirigentes de la izquierda abertzale de acceder al final de las armas por el mero beneficio de las moquetas del poder y la política.
El modo en el que se había precipitado aquel viraje de la izquierda abertzale dejó sectores descontentos que lo vieron como una suerte de ‘rendición sin contraprestación’. Entre los más críticos, que no tardaron en levantarse, algunos de los presos de ETA ligados al sector más duro y ortodoxo y otros vinculados a la izquierda abertzale. Optaron por organizarse, por unir su descontento para trasladárselo a quienes hasta entonces habían movido los hilos del conglomerado que siempre rodeó a la banda. El objetivo no pasaba por reivindicar una vuelta a las armas, sino otro final para los 700 presos que aún cumplían condenas en la cárcel y la memoria de la ‘lucha’ que llevaron a cabo.
Ibil, ATA... y Jardun
Apenas un año después del final de ETA, comenzó a irrumpir un movimiento hasta entonces desconocido: IBIL. Con este grupo se relacionaron algunos de los actos de sabotaje y kale borroka que en Bizkaia y Gipuzkoa empezaron a registrarse contra sedes de partidos, pintadas o ataques a mobiliario urbano. Aquel intento por resucitar la violencia callejera no tuvo seguimiento. Ni la izquierda abertzale, ni el colectivo mayoritario de presos, el EPPK, ni la propia ETA lo secundaron. Más aún, la banda llegó a desmarcarse y a desautorizar públicamente a IBIL. Su rastro se perdió pocos años después.

Enseguida surgió otro nuevo movimiento disidente: ATA (Amnistía Ta Askatasuna). Corría el año 2014 y ETA, aunque no mataba, aún no se había disuelto. No ocurriría hasta mayo de 2018. Quienes impulsaron ATA seguían mostrándose críticos con la ‘rendición’ de ETA. También con los pasos dados por organizaciones ‘oficiales’ de ese mundo como Etxerat -colectivo de familiares de presos de ETA- o Sare -colectivo de apoyo a los presos-. ATA defendía la necesidad de exigir la amnistía para los cientos de presos a cambio de haber dejado las armas e insistía en rechazar la legalidad penitenciaria española.
En la órbita disidente de la corriente oficial de presos, la influencia de los ‘duros’ de ETA fue significativa en algunos sectores durante los primeros años. Nombres como Iñaki Bilbao, alias ‘Txikito’, Kepa Preciado, Jon Iurrebaso o Agurtzane Ezkerra figuraban entre el sector que más cuestionaba el ‘aburguesamiento’ de Sortu y EH Bildu. El sector duro de la banda, veterano de la organización terrorista, intentó reorganizarse y ganar adeptos. En este tiempo, el crecimiento de organizaciones como ATA ha sido muy limitado.
Amnistía para los presos: "Les debemos respeto"
Mientras tanto, otras organizaciones han capitalizado mejor esa disidencia y discrepancia con la izquierda abertzale tradicional, si bien en muchos casos más al margen de lo que ha sido ETA y sus presos. Organizaciones como Gazte Koordinadora Sozialista (GKS) han logrado penetrar con fuerza en entornos juveniles vascos. Su discurso se orienta con más intensidad hacia proclamas ideológicas de izquierdas y en menor medida de reivindicación del pasado de ETA. La independencia también está presente, pero en un segundo plano. En sus actos no hay ikurriñas, sólo banderas rojas, como la corriente ‘antifa’ que florece en muchos puntos de Europa.

Al calor de esa carrera por buscar el respaldo de las nuevas generaciones ‘postETA’, en el entorno más próximo a las reivindicaciones de los ‘duros’ y críticos de ETA se volvió a dar un paso. En 2020 nace Jardun, la organización que estos días ha saltado a los medios de comunicación tras la detención y encarcelamiento provisional de dos jóvenes a los que la Justicia vincula con esta organización. En sus actos apenas hay veteranos; el perfil juvenil que muestra representa una suerte de relevo generacional. En ellos, la amnistía de los presos de ETA y la lucha revolucionaria por la independencia de Euskadi es una de sus reivindicaciones clave, pero no la única. Jardun se presenta como un movimiento, una “organización revolucionaria” vasca para la clase obrera.
Para Jardun, los miembros de ETA fueron ”militantes revolucionarios” que lucharon “por la libertad de Euskal Herria”. Una lucha, un “proceso de liberación”, rezan sus fundamentos ideológicos, contra España y Francia y su “actitud represiva arrestando, torturando y asesinando a varios militantes revolucionarios”. Para Jardun, los presos de ETA y los “deportados y exiliados” de la banda libraron “una ejemplar lucha”: “Les debemos a los presos, refugiados y deportados que han luchado el máximo respeto por su compromiso”. La independencia y la amnistía se completan con otros objetivos: el socialismo, la búsqueda de la ‘solidaridad entre los oprimidos’, el feminismo y la ecología.
Durante el acto que organizaron con motivo del 'Gudari Eguna', la reivindicación del legado de los presos de ETA fue evidente. Junto al escenario, la imagen de cientos de ellos junto al lema "no caerán en la oscuridad", indepoendenica y socialismo.
Sus referentes intelectuales
Bajo el cobijo de Jardun conviven otras dos organizaciones: Aske y Jarki. La primera de ellas se presenta como una herramienta “para dar respuesta efectiva a los ataques represivos” y para “visibilizar” la “represión que sufren los trabajadores”: “La amnistía no busca en absoluto la reconciliación ni el entendimiento entre clases, sino la victoria del pueblo obrero vasco”, asegura Aske. Jarki es la segunda de las organizaciones que forma parte de Jardun y sobre la que cae la dirección política y doctrinal del movimiento.
Uno de los referentes ideológicos actuales es Iñaki Gil San Vicente, padre de Kikitza Gil (condenada por pertenencia a ETA y pareja de David Pla, uno de los jefes de ETA que anunció el cese definitivo en 2011). Será el encargado de impartir una charla en las jornadas organizadas para este fin de semana por Jardun. Gil San Vicente disertará sobre ‘Fascismo e imperialismo, las dos caras del capitalismo’. Independentista vasco, marxista ortodoxo y crítico con la estrategia seguida por la izquierda abertzale tradicional, escribió tras el final de ETA un artículo en el que aseguraba que la banda “como proceso histórico complejo pero activo y actual, permanente, ha sido y es el factor decisivo para la supervivencia del Pueblo Vasco, aunque no actúe con las armas”.

Fuentes conocedoras del desarrollo de estos movimientos aseguran a El Independiente que Gil San Vicente es un “referente moral” para el entorno del movimiento Jardun. La voz de los presos ya no se escucha tanto, pero sí la de perfiles como Gil San Vicente: “Existe un cierto romanticismo de la lucha armada inspirada por algunos presos, eso enamora a algunos sectores jóvenes”. Esta fuente señala que, en la mayoría de los casos, los simpatizantes de movimientos como Jardun proceden de entornos familiares que han estado implicados en lo que fue ETA y su mundo afín.
¿Conexión con la disidencia del IRA?
Formalmente, la vuelta a las armas no figura en el ideario de estas organizaciones. Quienes han seguido el desarrollo de estos grupos creen difícil que eso pueda ocurrir, por su estructura reducida, por la presión en contra de la izquierda abertzale y por la falta de apoyo social que eso tendría hoy en Euskadi: “Es un contexto difícil para que eso pueda ocurrir”, aseguran. A ello se suma un control policial que se activó hace años para controlar a estos grupos.
Sin embargo, el material encontrado preocupa: planos de ‘zulos’, información de agentes de policía y una relación con un miembro del grupo Saoradh, el partido vinculado a colectivos irlandeses disidentes con el final del Sinn Féin y que rechaza los Acuerdos de Viernes Santo de 1998. Un acuerdo que ven como el pacto que ha ‘oficializado’ la ‘ocupación británica’ en Irlanda del Norte y ha traicionado los principios revolucionarios y la lucha histórica del IRA: “Esa conexión con grupos escindidos en Irlanda existe. Hay que mirar lo que sucede en ciudades como Derry o Belfast. Allí hay incidentes, sabotajes…”. Los episodios de violencia callejera y los ataques contra la Policía se han repetido en estos años.
Jardun lleva años intentando hacerse un hueco en la maraña de organizaciones de izquierda y abertzales que buscan atraer a los jóvenes vascos y navarros. Su presencia se limita por ahora a Euskadi, la Comunidad Foral y el País Vasco francés. En algunas familias vinculadas a ETA, el testigo parece haberse cedido a las siguientes generaciones. El legado de su 'lucha' lo han cogido algunos de los hijos de quienes ocuparon puestos relevantes en la organización armada. El caso de Egoitz Urrutikoetxea, hijo de 'Josu Ternera', es un ejemplo en el ámbito de quienes optaron por dejar las armas en 2011. Egoitz fue condenado por vinculos con ETA. Y entre los 'críticos' con el final de la banda también hay casos. Javier García Gaztelu, alias 'Txapote', también ha visto como su hijo, Aretx García Gallastegi, -hijo de la también miebro de ETA Irantzu Gallastegi-, también simpatizaba con la coordinadora Jardun, según publica El Mundo.
Fuentes policiales estiman en alrededor de 300 su número de miembros. El arresto y encarcelamiento de Aratz Bilbao y Malen Grünig ha vuelto a disparar las alarmas sobre el riesgo de una posible vuelta a la violencia. En ellos ha influido la presencia de Naoise O'Conarain, a quien las fuerzas de seguridad señalan como integrante de Saoradh.
La vuelta a las armas: "Un bulo"
En redes sociales, Jardun no duda en divulgar sus actos y homenajes en recuerdo a presos de ETA. Jornadas como el ‘Gudari Eguna’ son aprovechadas para honrar la memoria de los presos con ofrendas florales y aurreskus. Tras la muerte de Agurtzane Ezkerra, integrante del ‘comando Barcelona’, reivindicaron su figura con un acto de recuerdo en Algorta (Getxo): “Agur eta ohore” (Adiós y honor).
El abogado de ambos, Aratz Estonba, aseguraba en Argia que la policía “sabe que la vuelta a las armas es un bulo”. También que el material incautado a los detenidos, entre ellos planos de posibles zulos de ETA, forma parte del material que una histórica miembro de ETA, Agurtzane Ezkerra, le entregó a Aratz Bilbao. Ezkerra murió en 2024. El abogado asegura en la entrevista que el material formaba parte de la ‘herencia política’ y una parte de la “lucha de Euskal Herria”, entre ellos dos planos que “no se le pasó por la cabeza” localizar.
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