BESO CON BIGOTE DE GAFA CON NARIZ. El beso de Sánchez a Begoña ha estado aleteando toda la semana, pegajosamente, como un murciélago. Planeado como otro episodio de la telenovela de Sánchez, después de los desmayos en la biblioteca, los comisarios malvados, la muerte de la abuelita y los duelos de reojos en la plantación, yo diría que, sin embargo, el beso pinchó enseguida, como esos globos de chicle, como esos besos con globo de chicle de los escolares. Entre la fuerza del amor, bastante forzada, y la fuerza de la necesidad, bastante más evidente, el airoso o membranoso beso quedó aplastado como por un matamoscas. En Espejo Público, José Luis Martín Ovejero, experto en comunicación no verbal, hacía notar que Sánchez abrazó a su mujer con una mano en el atril, una manera rara de abrazar a un amor de telenovela salvo que tengas en la otra mano un florete o las riendas del corcel. También veía a Sánchez tenso e incómodo justo después del beso. Y es verdad, se le ve con los labios apretados, en un gesto que, si no fuera porque conocemos al poeta, al amante, al bandido, al héroe y al cachondo, se diría de asco o, como poco, de vergüenza. Quizá no es tan buen enamorado ni tan buen actor.

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Ana Rosa Quintana, que parecía volver a la prensa rosa pero con alfiler, para pinchar ese corazón de chicle electoral como un globo o un cojín con forma de corazón, aguaba la fiesta: “Estamos ante la precampaña del amor. Un amor muy Maduro. Nunca hemos visto un beso menos espontáneo desde la época de los Kirchner (…). Podría ir en el montaje final de Cinema Paradiso con la música de Love Story de fondo (…). Ha sido todo tan cursi que parecía ideado por Iván Redondo”. Pero lo cursi es lo contrario de lo real, y eso en política aún es peor que en la literatura o en la televisión (Iván Redondo era aciago en la política pero sólo es ridículo, como esos videntes fosforescentes y ululantes, en la televisión). “En la vida pública tienes que tener un nivel de pudor”, opinaba Nicolás Redondo Terreros, que de repente parecía desconectado de nuestra impudicia política. En La Roca, Manu Mostaza manifestaba que ese gesto “humaniza al personaje” y produce un efecto “underdog”, o sea simpatía por el débil. Yo diría que no, que destroza al personaje. Sólo la mentira resultaba natural en Sánchez, pero ese beso era tan falso que hasta él sucumbía. Así de mala es la telenovela, que a Sánchez casi se le despega el bigote, ese bigote que ya era de gafa con nariz.

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CLAQUÉ EN ADAMUZ. El siniestro Óscar Puente, con su sombra descoyuntada de hombre lobo por las tapias cementeriales de España, acudía a lo de Marc Giró, que es alegre hasta la grima, como esos cuartetos de barbería con canotier, y por tanto igual de siniestro o incluso más. La alegría sin interrupción es siniestra o incluso perversa, como en las sectas, como en Leticia Sabater, como en las mascotas deportivas, como en los tunos. Ni el tuno ni Marc Giró pueden evitar hacer la pingaleta en la tragedia, esa tragedia en la que siempre actúan los tunos o esa tragedia en la que siempre está envuelto el macabro Óscar Puente, con sus hechuras de moverse con guadaña. La polémica ya había empezado con la promo: Puente entraba en el habitual ascensor de Giró, convertido esta vez en autobús o tren, y éste sufría un abrupto parón o choque, cosa que sólo provocaba en el ministro las ganas de tuitear y, luego, en todos, las ganas de bailar. Hay a quien le pareció un insulto a las víctimas de Adamuz, pero yo creo que fue algo más sutil y obsceno.

La alegría sin interrupción es siniestra o incluso perversa: en las sectas y en el ascensor de Marc Giró y Óscar Puente.

Por casualidad o por ósmosis, la moraleja de la promo era puramente sanchista: los accidentes simplemente ocurren, no hay responsabilidad sino sólo resignación, breve duelo y, enseguida, olvido y hasta bailoteo. Y si queda algo de la tragedia, no sólo de Adamuz sino de toda esa filosofía del fracaso y la ineptitud, es sólo la simpática y zapatona autoparodia del político, que pasa de incompetente o criminal a tío enrollado que se ríe de sí mismo. Se ríe de nosotros, en realidad, que solo le faltó ir de tuno o que lo acompañara María Jesús Montero allí en ese ascensor de Giró entre la discoteca y la sala de traumatología. Giró llegó a preguntarle por Adamuz y Puente contestó que la investigación será larga, que “necesitamos trenes nuevos y acabar las obras y, mientras tanto, vamos a sufrir un poco”. Enseguida, el ministro siniestro pero guay y la España sufriente, trágica y salmantina fueron reconducidos hacia la música, las películas y el recitado de Molière, que en Puente parecía un monólogo con calavera, como todo en él. Giró no sólo nos descubría al tierno hombre detrás del caos, sino que no dejó de acompañarlo, durante todo el programa, con una especie de claqué con bastón y canotier. Quizá sólo el claqué puede ser tan siniestro como Puente.


Ni las salvas de aplausos ni el sofá adolescente de Broncano lograron aflojar el rictus de Sánchez.

LA FLOR EN EL CULO. El partido del amor sin duda es también el de la risa, que no sólo hace gracia Óscar Puente tuiteando en un vagón estremecido, sino Sánchez con su “flor en el culo” y su camisa de persona normal, que es como su mono de fontanero o fontanera, allí en el sofá de doritos y pesetones de lo de Broncano. Sánchez es un ventajista, alguien capaz de cualquier cosa pero que sólo se atreve a presentarse ante un cuarentón quinceañero (lo son todos ahora, parece) que sólo le va a decir “qué guapo eso, tío” o “yo no entiendo mucho”, y ante un público a la altura, en una silla de gamer o en una bañera de una demolición, como con resaca o flojera de gomilla de calzoncillo perpetuas. Y ni aun así, ni con ese público de kebab, ni con ese entrevistador tirillas y como deshuesado, que además fue un empeño personal suyo, se le vio cómodo a Sánchez.

Sánchez, de colegueo en el sofá de pelusas y clínex de la adolescencia más adolescente de la historia de España, sólo parecía un quinqui. Hace mucho que lo parece, con las venas de alambre, con los ojos como dados. El seductor se ha consumido bajo el plástico de la piel y en la sonrisa sólo hay miedo y mono. No hay ya manera de disimular eso, y aunque quiera seguir el rollo del panoli que tiene delante todo tiembla por dentro y por fuera. Sánchez no es capaz de fingir los besos de amor ni es capaz de ignorar que está entre el susto, la muerte y el asco. Cuando se reía parecía que abría y cerraba una cremallera, cuando se defendía se le veía el cartón con la caducidad. Ante una gente que votaría a Ignatius Farray, especie de koala totémico que representa la intelligentsia de esta generación, y ante un chaval que le debe la carrera, Sánchez podía decir, por ejemplo, que en el móvil sólo tenía “fotos familiares”, o que “muchas veces los presidentes del Gobierno no saben cuáles son los obsequios que te dan”, y seguir oyendo aplausos. A pesar de todo esto, la tensión, el rictus, no lo abandonaban, y la adrenalina como de lucha o huida, que le salía como por las branquias que casi tiene, mojaba ese sofá ya de por sí muy mojado.

Canten con Silvia: con más gente a favor de Sánchez en cada pueblo y nación habría menos gente difícil y más gente con corazón.

Sánchez es un ventajista, se va a los programas de sus propios empleados, donde solo le van a replicar con una bromilla; se va a seducir a los que ya están seducidos por su propio calcetín o ya no se acuerdan de quién los sedujo, si Aitana o Farray, y aun así se diría que el presidente no lo consigue. Fue gracioso ver La Hora de la 1 el viernes, donde al personal de Silvia Intxaurrondo, monja de excursión sanchista, le parecía que Sánchez había conquistado a la juventud, como el papa, y que nos había ganado a todos mostrándose humano, como si no supiéramos perfectamente lo humano que es. Justo eso es lo que pasa, que el gurú del amor y de la risa ya no tiene nada que enseñarnos que no conozcamos, ni la flor en el culo ni la chorra achistorrada.


ARDE PARÍS. Mientras Sánchez llora y ríe, sufre y ama, se divierte y suda para adentro con su camisa de sudar, Francia arde como en las películas donde arde París, por sus bulevares, sus barquitas, sus sedas, sus campanas, sus libros, sus guerras. Porque aquello ya es una guerra, no una protesta, y la gente ya no sale queriendo cortar una calle sino queriendo cortar gargantas. Delante de la reportera de TVE, con casco de trinchera, un energúmeno se dirigió a la cámara, o sea a toda Europa, o a todo el mundo, y se pasó el dedo por el cuello. Sus motivaciones no parecían guerrilleras ni políticas ni sociales, sino sagradas, porque seguramente lo son. La gran República Francesa, anterior a la americana, aunque construida y dubitada entre más sangre, parecía vencida por una turba que ya no es ideológica ni religiosa ni de clase sino meramente anticivilizatoria. Entremetidos con la izquierda destructora y caótica, pero casi más amparados por los bobos bien pensantes, los nuevos bárbaros ya no se ocultan. Aquí también se van haciendo realidad esos llamamientos a que no haya paz en las calles, que Sánchez lo necesita, y los que están deseando que todo arda se preparan y se regocijan. No está tan lejos París, que el infierno llegó a estar en Montmartre, y la esperanza en su Mayo, y su Napoleón en Madrid, donde ahora, por Sol, quizá vuelvan los mamelucos y los alfanjes.

Los nuevos bárbaros ya no se ocultan.