Vemos a Sánchez de crucero por Fuenlabrada, en fiestas con el baile de los pajaritos, en achuchones de chotis con la chati. No parece una campaña sino que Sánchez se ha jubilado y se despide (y a la vez se resiste a despedirse) bajo luces de churrería de verbena. Esos besos que son sólo un fruncido de los labios, como un fruncido de cretona; esos bailoteos que son ya la radiografía de mañana; esa alegría como de moscatel, agrandada por la escasez, enturbiada por la melancolía; todo eso me suena a adiós y artrosis. Sánchez se ve ya jubilado, me parece, y quizá por eso habla tanto de los jubilados, aunque sea para meterles miedo (ningún partido les va a quitar la pensión; sería, ya saben, un suicidio político y como a paraguazos). Ya no hay amor sino dolores, ya no hay ilusión sino testamento, ya no hay fiesta sino fisioterapia, eso es lo que se le nota a Sánchez y lo que se le nota a su PSOE. Lo de Sánchez era un numerito de mimo viejo con camiseta de Miliki. Lo de Begoña era un beso de corchopán, con chirrido y dentera, como si hubieran sacado una ampolla inyectable de su caja. Lo de María Jesús Montero era algo entre el telele y la línea en un bingo. Y lo de Óscar López era el colocón sospechoso y preocupante del soso del guateque. Lo de Fuenlabrada, en fin, fue una de esas fiestas que son, sobre todo, su resaca o su ambulancia.
Uno no termina de entender, en nuestros tiempos, el sentido de estos mítines, falsos como besos de Sánchez, que besa como un espadachín de película de espadachines, en la barbilla empolvada o en la oreja veneciana, y sólo como señal para los violines. Nada en un mitin es cierto, ni el público ni las promesas ni las certezas ni el entusiasmo ni el amor con nieve o violín de los enamorados melodramáticos, más falsos cuanta más nieve y más melodrama. Menos todavía en un mitin de Sánchez, que ya sabemos lo que hace con la verdad, con la palabra, con los sentimientos y con sus morritos fruncidos, hinchados y afresados como esas mangas de jamón de las damas de honor. A mí me parece imposible que el baile de Sánchez, como el baile de Trump, o el beso de Sánchez, como el beso de la misma muerte, o los éxtasis como de tragaperras de Montero, o el cabeceo de Óscar López, como el del rarito de la esquina de la discoteca, puedan convencer ni movilizar a nadie. Yo diría más bien que espantan y que hacen sospechar, que cuando la gente se quiere tanto, se ríe tanto, se menea tanto, más si no parece haber motivo, uno ya sospecha de todo, de que la nieve de los amantes o los soldados era otra cosa, de que la tía abuela ha encontrado el anís o de que el político ya no encuentra más motivación que el dopaje o el autoengaño.
El PSOE intenta aparentar vitalidad, marcha, alegría y hasta cursilería, que es una manera indirecta de transmitir juventud y esperanza, aunque no tanto al electorado sino a ellos mismos. El amor de Sánchez y Begoña no es ni política ni judicialmente relevante, que también se querían Bonnie y Clyde. Es más, el amor puede justificar cualquier locura, atracos con calentón, suicidios de Pierrot con un violín o un pico de la luna, un numerito como de karaoke de Grease en un mitin, y hasta una gran cloaca erigida para tu amada, como un Taj Mahal de mierda. El amor a cierta edad es una acusación directa de inmadurez o de estafa, como esas rusas de mantequilla que enamoran a los atontados de por aquí. Es cierto que el amor infantiliza, que parece que sólo los ingenuos e inocentes pueden enamorarse, y Sánchez quiere que lo volvamos a ver ingenuo e inocente, como una damisela con virginal. Ábalos se intentó presentar también como un hombre enamorado (el ridículo senex amans), pero el amor funciona mal a cierta edad y con cierta historia detrás. Es más probable la estafa, sobre todo estando ahí Sánchez.
Lo de María Jesús Montero era algo entre el telele y la línea en un bingo. Y lo de Óscar López era el colocón sospechoso y preocupante del soso del guateque
Sánchez su fue a Fuenlabrada como de crucero en el barco del amor, con romanticismo otoñal, con pasión pellejuda, que a lo mejor no es ya romanticismo ni pasión sino sólo calorcito. Lo que parecía, ya digo, es que Sánchez se despedía, que se jubilaba, o quizá que intentaba estafar a jubilados con sellos o con multipropiedad, llevándolos a su terreno con fiestas de pasodobles y chistes de Arévalo. Todo el PSOE parece una colección de achaques y chistes, o una estafa alrededor de esos achaques y chistes, y el misterio para mí es cómo aún siguen a Sánchez, haciendo de pirulí en las gradas y en los órganos del partido (parecían pirulís rojos en Fuenlabrada), haciendo de mirones ante el colchón de Sánchez o haciendo de gogós en los mítines, aunque sean rarísimas gogós con baile de San Vito, como Montero. María Jesús Montero quizá está ya tan jubilada como Sánchez, ya no va a tener otra oportunidad para el salseo ni para el orujo, y en cuanto a Óscar López, es el soso que está atado sosamente, como un pachón, al destino de Sánchez. El sanchismo consiste en eso, en que no puedes ser más que sanchista y durarás ni más ni menos que el sanchismo.
Sánchez, Begoña, Montero, López y todos los demás que no se movieron tanto en ese mitin del amor o del cringe están en el mismo barco, en la misma cola de la jubilación o del desahucio, o en la misma estafa piramidal. Ninguno puede abandonar, ninguno va a abandonar, sólo pueden seguir jaleando a ver si la rueda sigue girando y la gente sigue picando y te compra pagarés de Zanzíbar, la solución al problema de la vivienda (no descarto la solución de la multipropiedad), o el irresistible amor de los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él. Estafar y estafarse quizá es lo único que pueden hacer, incluso metiendo el amor, aunque parezca ese wasap de una patinadora rusa que se derrite sobre el hielo por ti. No se trata tanto de engañar al españolito, que hasta Sánchez sabe que ya ha tenido tiempo para calar a todos los partidos y candidatos, sino de engañarse ellos para, al menos, no salir a los mítines como a su entierro. Sánchez, Begoña, Montero, López y los demás están todos igual, esperando la muerte o el milagro. Y habrán pensado que es mejor presentarse ante el destino con buena actitud, toreándolo con el pasodoble, bailándolo con tacataca, besándolo con sus puentes dentales, enganchados como alas, y sus morritos cerrados y fruncidos como cortinas con cenefa.
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