Karl Marx no hubiese necesitado que el empresario textil Friedrich Engels le pagara las cuentas si hubiese cobrado un céntimo cada vez que algún hereje como yo lo cita diciendo que "la religión es el opio del pueblo". La frase de marras ha acabado convertida en un aforismo, perdiendo el contexto y los matices del argumento original, pues cierra un párrafo un tanto críptico que empieza hablando de la "miseria religiosa" como expresión de la "miseria real" y, a la vez, como protesta contra ella. Es verdad que posteriormente describe la religión como "el suspiro de la criatura oprimida" y "el estado de ánimo de un mundo sin corazón", pero son imágenes que suenan más a consuelo que a condena y, solo entonces, aparece el opio.
Tratando de afinar el sentido de las palabras del "joven Marx”, entablé una conversación con mi buen amigo Philipp Altmann, profesor de la Universidad Central del Ecuador, y vimos que el Elend del original alemán, esa "miseria" con la que abre el párrafo, se traduce más bien como "sufrimiento" en las ediciones inglesas de la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, la obra donde aparece la narcótica referencia.
Puede parecer una minucia de traductores, pero no lo es. En castellano la miseria huele a pobreza y a pésimas condiciones de vida, mientras que el sufrimiento remite a un dolor profundo que no solo pueden permitirse los pobres, sino que también está al alcance de los ricos. Según cómo se traduzca, Marx estaría conceptualizando la religión como una forma de control social vinculada a la miseria, semejante al opio en China cuando el Imperio británico era el mayor narcotraficante del mundo, o como una manera de alienarse —ya que nos ponemos marxistas— para soportar el sufrimiento, cual analgésico para el alma. En este caso, el opio sería el láudano, tan popular contra el dolor en la Europa de Marx.
Lo que no ofrece dudas es el párrafo anterior, donde Marx le da la vuelta al Génesis. Si en el inicio de la Biblia Dios crea al hombre, para el autor alemán es "el hombre" quien "hace la religión". Y no se trata de cualquier hombre, sino del que vive en un Estado y en una sociedad concretos. Ambos, Estado y sociedad, fabrican la religión a su imagen y semejanza, y la religión les devuelve la cortesía bendiciendo el orden establecido y consolando a quienes lo padecen. Por eso, para Marx, criticar la religión era una forma de enjuiciar su relación con el Estado en cuanto mecanismo de dominación.
El asunto adquiere otra dimensión cuando la religión deja de ser solo una creencia y se convierte en institución. Cuando la fe tiene código postal, jerarquía y representante legal, comienzan los problemas con el Estado, pues muchas iglesias pretenden que el Estado entero se rija por sus preceptos, hasta que los códigos civil y penal acaben siendo una extensión de su catecismo. Y ahí está en juego algo más que una disputa teológica, porque cuando una confesión transforma su doctrina en norma que obliga a todos —creyentes o no— a vivir según una fe que no han elegido, atenta contra la libertad, fulcro de la democracia y del sistema de derechos.
Por eso creo que la separación entre el Estado y la Iglesia católica es clave para entender la historia de América Latina y lo que la distingue de sociedades como las del norte de África o el Oriente Próximo, donde los Estados siguen unidos a la religión institucionalizada. Fue una de las batallas decisivas de su modernización, larga y violenta, y en muchos casos desencadenó guerras civiles, porque, como siempre digo a mis alumnos, una de las mayores causas de mortandad en la historia de la humanidad ha sido decidir quién es el único dios verdadero y quién se encarga de representarlo en la tierra.
El gran ejemplo de Estado laico en la región es Uruguay, cuya independencia arrancó con la cruzada de los Treinta y Tres Orientales, una cifra en la que hay quien ve un guiño a los masones, ese grupo que tan buenos y leales servicios ha prestado al desarrollo político latinoamericano. Con el presidente José Batlle y Ordóñez la separación se hizo radical, pero vino acompañada de tolerancia. El país fue además tierra de acogida, como demuestran sus comunidades judía y armenia; a esta última la honró siendo el primer país en reconocer su genocidio.
Más tormentoso fue el caso de México. El presidente Plutarco Elías Calles buscó una ruptura total y en 1926 restringió el culto y el poder del clero, lo que desató la guerra cristera: tres años de levantamiento campesino y conservador al grito de "¡Viva Cristo Rey!" que dejaron decenas de miles de muertos. Aquel catolicismo de trinchera encontró herederos en los Legionarios de Cristo, fundados por Marcial Maciel, sobrino de tres obispos cristeros. Afortunadamente, ese ser ha pasado a la historia como lo que era, un violador de niños y, para más inri, adicto a los opiáceos.
En Ecuador, la modernización del Estado arranca con la Revolución Liberal de 1895, que abrió el camino a la separación entre el Estado y la Iglesia y dio paso a la educación pública, el registro civil y el sistema estatal de beneficencia. Otros países fueron más lentos. En Colombia, el concordato de 1887 ató los destinos del país al Vaticano hasta 1973, y solo la Constitución de 1991 enterró el Estado confesional.
Ya no se trata del cura que pretendía dictar la ley desde el púlpito, sino de quienes predican desde otros púlpitos y han hecho de la fe el eje de su identidad y de su movilización política"
Si hay un país que sirvió de faro a los liberales latinoamericanos que se enfrentaron a la Iglesia, ese fue Francia. La Revolución de 1789 erigió la libertad de conciencia en derecho del ciudadano y no tuvo reparos en mandar al cadalso a curas y creyentes, si bien la ruptura tardó en llegar y solo en 1905 la República separó por fin al Estado de la Iglesia. Desde entonces, la laicidad es casi una seña de identidad nacional, consagrada en el artículo primero de la Constitución.
Por eso resulta paradójico que la República vuelva a encontrarse con el viejo problema bajo un nuevo rostro. Ya no se trata del cura que pretendía dictar la ley desde el púlpito, sino de quienes predican desde otros púlpitos y han hecho de la fe el eje de su identidad y de su movilización política, aspirando a que sus preceptos rijan la vida en común. Para no caer en el mismo fanatismo que se critica y porque es de justicia, conviene distinguir entre los millones de franceses que viven su religión como un asunto de conciencia y esos grupos que la convierten en un proyecto de poder y control social. Una pretensión que choca de frente con la famosa tríada que la República esculpió en sus edificios. No puede haber libertad si una fe se impone a quien no la comparte, ni igualdad si una doctrina establece jerarquías entre los sexos o entre fieles e infieles, ni fraternidad si el otro es visto, antes que como conciudadano, como alguien que vive fuera de la verdad. No hay que olvidar que demasiadas dosis de opio acaban matando, pero antes atormentan a quien lo consume y a su entorno.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com
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