Opinión

¡Mi pluma lo mató!

El exvicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, durante el encuentro bajo el título ‘Frenar a la extrema derecha’, en el Ateneo de Madrid.
El exvicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, durante el encuentro bajo el título ‘Frenar a la extrema derecha’, en el Ateneo de Madrid. | Europa Press

El domingo 7 de septiembre de 1986, el dictador chileno Augusto Pinochet regresaba a Santiago desde su residencia de descanso de El Melocotón, en el Cajón del Maipo. Al llegar a la cuesta de Las Achupallas, su comitiva cayó en una emboscada preparada por el comando de la organización "político-militar" Frente Patriótico Manuel Rodríguez, cercana al Partido Comunista Chileno. Los atacantes habían bloqueado la carretera y descargaron sobre los vehículos fusiles, granadas y cohetes antitanque. Cinco miembros de la escolta murieron, pero Pinochet sobrevivió con lesiones leves porque uno de los cohetes dirigidos contra su automóvil no explotó y el vehículo consiguió abandonar el lugar. La llamada Operación Siglo XX fracasó en su objetivo de matar al general que dio el golpe de Estado contra Salvador Allende y dejó abierta una pregunta mucho más antigua que la dictadura chilena, la de si es legítimo matar a un tirano.

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Cuarenta años después, Pablo Iglesias, el tertuliano, no el fundador del PSOE, disertó sobre aquel intento de asesinato en su canal de televisión para reivindicar a sus autores como "héroes y heroínas de la libertad". Su argumento no se limitó a justificar el tiranicidio, sino que reivindicó la lucha armada como un recurso que, en determinados momentos históricos, ha sido el único disponible para quienes aspiraban a liberarse de la opresión. Como buen marxista, Iglesias se mueve bien con la tesis, la antítesis y la síntesis y por eso acotó más adelante que la violencia política tiene sus peligros, sobre todo, que puede terminar creando un escenario que convenga más al opresor. Desde su perspectiva, la Operación Siglo XX no habría sido la ocurrencia de unos jóvenes dispuestos a matar, sino una acción meditada y dirigida a acelerar el fin de la dictadura. Por eso considera a sus protagonistas combatientes populares y sostiene que intentar matar a Pinochet fue un acto "moral y patriótico". Para Iglesias, matar a un dictador puede ser un acto legítimo de lucha política. Imagino que pensará lo mismo de todos los intentos de asesinato que hubo en contra de Fidel Castro.

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Iglesias tiró de criterio de autoridad para fundamentar su diatriba y citó a santo Tomás de Aquino y a Juan de Mariana: ambos vinculan su teoría del tiranicidio a la legitimidad del gobernante y a la forma en que este accede al poder. El segundo proviene de una tradición de pensamiento político —heredera de Vitoria y otros autores de la Escuela de Salamanca— que sostenía el origen popular de la soberanía y, por tanto, contemplaba la posibilidad de que el pueblo se quite de en medio a un gobernante que traicionara el pacto original por el que se le delegó el poder. La verdad es que me llamó la atención que el profesor asociado de Ciencia Política se fíe tanto de la doctrina de Mariana para matar tiranos, cuando da tan poca credibilidad a lo más relevante de su obra que tiene que ver con el liberalismo económico.

El copropietario de la Taberna Garibaldi no es el único apologeta del tiranicidio. La leyenda dice que, en 1875, el escritor y periodista ecuatoriano Juan Montalvo exclamó: "¡Mi pluma lo mató!" cuando se enteró de que un marido despechado y un grupo de jóvenes liberales habían asesinado a machetazos al presidente conservador Gabriel García Moreno, quien, entre otras cosas, impulsó el sistema educativo y universitario ecuatoriano a la vez que consagró el país al Sagrado Corazón de Jesús.

Como corresponde a un continente donde la violencia y la política se mezclan con demasiada facilidad, América Latina ha sido el escenario de otros "tiranicidios". El de Rafael Leónidas Trujillo, dictador de República Dominicana durante más de tres décadas, no solo implicó el fin de la dictadura sino que sirvió también de material para Mario Vargas Llosa. En La fiesta del Chivo reconstruye la noche del 30 de mayo de 1961, cuando un grupo de conspiradores esperó el automóvil del tirano en la carretera entre Santo Domingo y San Cristóbal. El relato explica cómo hombres que habían vivido dentro del propio sistema trujillista llegaron a convencerse de que matar al dictador era la única salida posible.

Si de tiranos se trata, no podemos dejar fuera a la familia Somoza de Nicaragua. Tiene el dudoso mérito de contar con dos miembros asesinados siguiendo los consejos de Juan de Mariana. Anastasio I, el patriarca, fue asesinado en 1956 en León por Rigoberto López Pérez, un joven poeta que le disparó durante una fiesta y que murió acto seguido a manos de la escolta presidencial. Se sacrificó convencido de que así liberaba a Nicaragua de la dictadura.

Anastasio II corrió la misma suerte. Derrocado por la Revolución Sandinista (entre cuyos líderes se hallaba el actual tirano de Nicaragua), fue liquidado en 1980, durante su exilio paraguayo, mediante una "acción militar" ejecutada por un comando del argentino Ejército Revolucionario del Pueblo. Ahora bien, sin negar que Somoza era un tirano y queriendo dar la razón a santo Tomás de Aquino —lo siento, pero el tomismo me pierde desde niño—, me pregunto si tenía sentido asesinar a un tirano en retiro. Si la justificación del crimen estaba en el gobierno ilegítimo y Somoza ya no lo ejercía, ¿por qué matarlo? ¿Se trató realmente de un tiranicidio o los jóvenes guerrilleros desvirtuaron la doctrina del santo y de Mariana?

Se trata de un debate complejo porque se justifica el asesinato como medio de acción política; pero como aquí no se discute que matar está mal, me quiero centrar en la idea de la legitimidad/ilegitimidad del gobierno que se aduce como justificación. En los ejemplos mencionados se trataba de usurpadores que, para mí, carecían de legitimidad; pero el problema está en que hay personas que piensan lo contrario. No hay que olvidar que Max Weber —en caso de duda, lo mejor siempre es recurrir a él— sostiene que la legitimidad es la creencia de los subordinados en que el poder de quienes mandan es válido. Esa creencia permite que las personas obedezcan sin necesidad de recurrir constantemente a la fuerza.

La discusión sobre tiranicidas, guerrilleros y terroristas muestra que la violencia crea más violencia y genera un ciclo del que resulta difícil salir"

El asunto es intrincado, hasta el punto de que algunas dictaduras latinoamericanas son vistas por sus seguidores como legítimas, algo que podemos observar ahora mismo en El Salvador con Nayib Bukele. Quienes otorgan legitimidad al gobernante pueden, a su vez, considerar ilegítimos a quienes lo combaten mediante la violencia. Así, mientras para Iglesias el Frente Patriótico Manuel Rodríguez estaba formado por combatientes populares, para sus adversarios y para el gobierno de EE.UU. eran terroristas. Esta división se ha hecho patente en forma de revisionismo histórico de los crímenes cometidos durante la dictadura de Pinochet: mientras para unos sus responsables son torturadores, para otros son patriotas que se arriesgaron para salvar al país del caos, la violencia o el comunismo.

Sin entrar a fondo en un debate que no debería olvidar el diferente peso y significado de la violencia ejercida desde el Estado, cuya obligación es proteger a la ciudadanía, el problema mayor está en el uso de la violencia como mecanismo para hacer política. En este sentido, un compañero de universidad que había sido guerrillero en Colombia decía: "Cuando le metes un tiro a alguien, le das el derecho a que te lo meta a ti".

La discusión sobre tiranicidas, guerrilleros y terroristas muestra que la violencia acaba creando más violencia y genera un ciclo del que resulta difícil salir. Al final, quizá Hobbes estaba en lo cierto al advertirnos de lo que ocurre cuando cada uno se convierte en juez de su propia causa y decide cuándo está autorizado a ejercerla. Se empieza matando al tirano en nombre de la libertad y se puede terminar en una guerra de todos contra todos en la que cada muerto tendrá detrás a alguien convencido de que tenía buenas razones para matarlo.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com

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